Tres minutos de oro en la Liga Adecco Plata. Tiempo esencial para entender hasta qué punto resulta desconcertante el saldo final del choque que Plasencia disputó ayer noche en la cancha de Aurteneche, escenario de una derrota que dejó helada a la expedición del Jerte. Al conjunto extremeño pareció bastarle con ese lapso de tiempo para abrir brecha en la defensa del cinco alavés, minar la moral de su enemigo, obligado desde ese momento a ajustar las bielas perdiendo precisión en sus movimientos, y encontrar la senda que conducía, no sin esfuerzo, hacia el triunfo final. ¿Final? Demasiado pronto para creerlo. Mediaba un mundo. Y éste conducía hacia el abismo.
Ese flashazo después de moverse en el limbo durante los dos primeros minutos del segundo cuarto, un periodo confuso en el que ninguno de los dos bloques dispuso de opciones para el lanzamiento y que Clayton y Robles se encargaron de orientar con dos anotaciones desde el extrarradio, seis puntos de un tacazo que se vieron revalorizados al cometer Thompson una falta en ataque que acabó por desmoronar al cuadro de Mendizorroza. Auterneche despedía, de esa manera, su perfil más cohesionado, más férreo, el que le permitió aguantar la pugna bajo aros, dominada por Thornton, y las diabólicas transiciones dirigidas, fundamentalmente, por Fran Robles para cerrar el primer parcial con un exiguo 17-18.
El equipo de Iñaki Merino no acertaba a encontrar el rumbo de un partido que se le escapaba desde la línea de tres puntos. Ocho mazazos desde el horizonte dejaron a sus hombres contra las cuerdas, cuatro de Robles que se situaba en número de perfección, el cien por cien de sus tiros. Con veinte minutos por delante, se intuía que el duelo quedaba visto para sentencia. Se suponían los minutos de la basura. Pero sin razón.
Plasencia se situaba 21 puntos por encima, todo un mundo para un rival que no encontraba la manera de rasgar la defensa interior de los extremeños, ni conseguía superar la barrera del cincuenta por ciento de acierto en el tiro de media distancia. La estadística se demostró, de nuevo, inapelable. Ante un equipo enrachado, que había acertado a colar nueve de sus diez lanzamientos triples, la remontada se suponía una opción sólo probable de mediar una debacle en las filas de conjunto que dirige Pedro Calles. O un milagro.
Y hubo un momento en el que se dieron ambas circunstancias. Fue en el arranque del tercer cuarto, después de una fase de desgaste que los visitantes afrontaron con un serio hándicap: Robles, Merino y Thortnon cargaban a sus espaldas con tres faltas personales. Y en la cuerda floja, el primero acabó despidiéndose de la cancha antes de llegar al cuarto.
No fue lo peor que podía pasar. Plasencia perdió tensión y acierto, y Aurteneche recurrió a la heróica para poner el partido patas arriba imponiendo una pegajosa defensa en todo el campo para impedir el lanzamiento exterior de sus rivales y lanzarse a tromba abierta hacia el cuadro rival, liderado por Ausina. Calles no daba crédito a lo que veía. Toda la diferencia abierta se venía debajo de un plumazo (52-57) después de un espectacular vuelco sustentado en el parcial 26-10.
El duelo entraba en otra dimensión, en la más lógica. Y comenzaba a jugarse en términos de igualdad. A cara o cruz. Y en ese cara o cruz el equipo del Jerte jugaba sin argumentos para minar desde la periferia a un rival crecido, lanzado, que conseguía colocarse por delante del marcador a un minuto y cuarenta segundos del final (66-65) y disfrutaba de un colchón de cinco puntos a poco más de medio minuto para el cierre de este particular drama (71-65). El tiempo muerto reclamado como oxígeno por Calles no aportó a los jugadores fe. Y la fe mueve montañas. Aurteneche cree en ello después de asestar el definitivo 77-74. Plasencia necesita creerlo.