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Los amos del lujo

SOCIEDAD

Los amos del lujo

Tres magnates controlan la moda más 'chic'. Pero los 'modos' de Bernard Arnault, François Pinault y Johann Rupert no son tan glamurosos como sus marcas

06.11.11 - 00:30 -
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Detrás de LVMH, PPR y Richemont, tres corporaciones de dimensiones colosales, se esconde el mayor arsenal de glamour. Un universo de deseo y ensueño trazado a golpes de exclusividad con las firmas de moda más importantes. Hoy por hoy, la industria del lujo es coto de tres hombres. De dos franceses, enemigos irreconciliables para más señas, y un sudafricano.
Bernard Arnault, François Pinault y Johann Rupert son los amos de este estiloso 'monopoly'. Pero lo suyo no es un juego. Es un negocio con mayúsculas en el que pocas casillas (marcas) escapan a su control. Las que todavía van por libre (Armani, Dolce&Gabbana o Chanel) se protegen con un paraguas económico que les libra de los ataques de estos tiburones financieros. Aunque no siempre su solvencia y prestigio les garantizan la invulnerabilidad. Si algo distingue a estos empresarios es su persistencia martilleada a golpe de talonario. No se andan con chiquitas cuando se encaprichan de algo.
La última en morder el polvo ha sido Bulgari. Con más de 125 años de historia a sus espaldas, la compañía italiana cuyos diamantes, aguamarinas y brillantes han lucido desde Liz Taylor a Julianne Moore, ha caído en las garras de Louis Vuitton Moët Hennessy (LVMH), el mayor conglomerado del lujo, previo pago de 3.700 millones de euros. Es la operación más importante de cuantas se han realizado en la última década en la industria de la moda. Su rentabilidad está por ver.
Estos tres magnates han levantado en los últimos veinte años unos emporios donde se encuentra de todo. Por supuesto, lo mejor de lo mejor. Ni siquiera en tiempos de recesión el lujo cede al empuje de las marcas blancas. Si uno se da una vuelta, por ejemplo, por las tiendas de LVMH puede salir vestido de Louis Vuitton, Dior, Donna Karan New York, Céline... También de Givenchy, una de las etiquetas más fashion del momento, Fendi, Pucci y la española Loewe. Si hay algo que distingue al lujo es su gusto por expandirse sin caer en la vulgaridad.
El PIB de Panamá
La diversificación es clave para satisfacer a una clientela a la par que alimentar la estructura económica de estos gigantes. La empresa de Bernard Arnault, la primera fortuna de Europa y cuarta
del mundo, cerró 2010 con una cifra de negocio récord de 20.320 millones de euros, el equivalente al Producto Interior Bruto (PIB) de Costa Rica o Panamá. Ayudó sobremanera la actividad de sus divisiones de cosméticos (Guerlain) y alcohol (Möet
Chandon y Château D'Yquem). Nadie vive solo de la ropa. Cuando LVMH conquistó Bulgari, una de las marcas más prometedoras en el sudeste asiático, reforzó su división de joyería. Contaba ya con un buen ramillete -Tag Heuer, Chaumet, un habitual en las alfombras rojas, Fred, De Beers, Zenith y Hublot-, pero le parecía insuficiente para competir con garantías contra el segundo grupo del lujo. Bulgari ha sido la guinda. Pero el suizo Richemont sigue siendo el indiscutible rey de la joyería y relojería más selecta. Cartier y Van Cleef&Arpels son su carta de presentación. Basta desplegar su catálogo para descubrir una oferta impresionante: Jaeger-LeCoultre, Piaget, IWC, Baume&Mercier, Vacheron Constantin, Panerai, A. Lange & Söhne... También gestiona Montblanc, Montegrappa y Alfred Dunhill y posee el 18% de la tabacalera British American.
En tiempos convulsos, salpicados de terremotos financieros y desplomes bursátiles, el lujo va a su aire. Richemont aumentó su beneficio un 81% el pasado ejercicio tras ganar 1.090 millones. A Pinault Printemps Redoute (PPR), el segundo entramado más importante de este elitista sector, las cosas también le van sobre ruedas. La facturación de sus principales estandartes -Gucci, Bottega Venetta e Yves Saint Laurent- se dispararon entre un 24% y un 40%. Así que al heredero del imperio galo y marido de la actriz Salma Hayek, no le quedó más remedio que tildar de «estelares» las ventas. Con la crisis, esta industria se ha vuelto si cabe más exquisita.
Cada vez cuenta con menos clientes, pero los que compran gastan más. Algo que PPR, que mantiene un cruento duelo con LVMH por controlar el mercado, pretende aprovechar para abultar su bolsa de etiquetas. A Alexander McQueen, Balenciaga y Stella McCartney se podría sumar próximamente Brioni, la exquisita firma de sastrería italiana. La aventura va más allá del clásico órdago que periódicamente suelen lanzar estas casas para marcar terreno e intimidar a sus posibles víctimas. Con Brioni, Pinault parece ir en serio. Ha puesto sobre la mesa un cheque de 350 millones de euros y detrás está el mercado asiático, que está salvando los muebles a estas empresas.
Las rencillas están a la orden del día entre clanes tan poderosos. Son tan pocas las piezas que les quedan por capturar que la caza resulta de lo más salvaje en cuanto olisquean algún posible trofeo. LVMH y PPR se la tienen jurada desde que Pinault le arrebató Gucci a Arnault tras alcanzar un acuerdo secreto con el diseñador tejano Tom Ford: efectuaron una ampliación de capital que dejó como socio minoritario al dueño de LVMH. Sucedió en 1999, pero esas cosas no se olvidan. Los abogados de Arnault dispararon toda su artillería para hundir a su rival, «ese señor al que vamos a enseñarle modales». Por si semejante humillación no fuera suficiente, Arnault, un virtuoso del piano al que le gusta ofrecer recitales a sus distinguidas amistades, se tragó otro sapo cuando fue invitado a la boda de su rival con la promesa de estar sentado en la mesa presidencial y se encontró con que solo había una para 700 comensales.
Pero el rey del lujo sigue a lo suyo. Al echar el lazo a Hermès ha soliviantado a los 70 miembros de la familia Dumas, que han comparado la compra del 20% de las accciones con «una violación». También al presidente de Richemont, que tildó de «indignante» que Arnault insinuase que su compañía andaba detrás de Hermès. Así se las gastan los magnates del mundo del estilo más exclusivo.
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Pinault, a la izquierda, y Arnault con sus respectivas esposas. :: AP Y REUTERS

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