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De que pie cojea el presidente

SOCIEDAD

De que pie cojea el presidente

Desde sus conocimientos de economía para salir de la crisis a su 'sex-appeal'. Once expertos nos descubren los defectos y virtudes de Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba

04.09.11 - 00:21 -
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El último tren. Se la juegan a todo o nada. Llevan más de 30 años chupando rueda y ahora les toca dar el salto a la presidencia. El que se descalabre no tendrá más oportunidades para conquistar La Moncloa. Eso, en principio. Con Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba nunca se sabe. Son dos supervivientes, con trayectorias muy similares dentro del PP y PSOE, que no paran de dar sorpresas dentro y fuera de su partido. Hace solo tres años, al primero lo tachaban de cadáver político y el segundo quería dedicarse a sus labores. Estaban fundidos y con demasiados kilómetros en las piernas.
Ahora -las vueltas que da la vida- se verán las caras en un 'sprint' agónico. Y encima, los laureles muy pronto se convertirán en una corona de espinas. Nadie pone en duda que los primeros tres meses de legislatura serán un calvario, entre medidas impopulares y protestas en la calle. Un trago amargo que igual le cambia la cara al futuro presidente. O no. Veamos, pues, cómo son Rajoy y Rubalcaba de momento. Ya habrá tiempo para ver en qué terminan transformándose.
«Si hay que dar malas noticias, ¡pues se dan sin complejos! Lo contrario es faltar el respeto a las personas. Ahora más que nunca, se echa en falta un discurso que apele a la unidad y el interés común. Algo que tenga el tono justo de épica, capaz de hervir la sangre y subir la moral. Y todo ello, acompañado de verdades como puños», reflexiona Juan Manuel Sabucedo, catedrático de Psicología Social en la Universidad de Santiago de Compostela. Difícil empresa.
A su juicio, ni Rubalcaba ni Rajoy cuentan con el carisma necesario para transmitir esa ilusión. Son hombres del 'aparato político', que conocen a la perfección los engranajes de la maquinaria -han ocupado las carteras de Interior y Educación, además de la vicepresidencia-, pero carecen de «la chispa que ilumina los túneles larguísimos y negrísimos». Menos todavía uno como el que tenemos delante, sin salida a medio plazo. Ya ha asomado la cabeza Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) para alertarnos de que «lo peor está por llegar».
No se les pedirá que suelten discursos incendiarios ni que dejen caer lagrimitas ante las cámaras. Se trata de algo tan raro de ver como un unicornio en la cocina de casa. Hablamos de credibilidad. «¡Tienen que llegar al corazón de la gente! Hacernos ver que todos estamos en el mismo carro. Pocas cosas unen más que tener la oportunidad de solucionar los problemas todos juntos», asegura el profesor Sabucedo, sin vacilar y hasta con un punto de entusiasmo.
«Lucharemos en los mares y océanos; (...) lucharemos en las playas; lucharemos en las pistas de aterrizaje; lucharemos en los campos y en las ciudades; lucharemos en la colinas; (...) ¡Nunca nos rendiremos!». Palabras de Churchill. Aquel primer ministro inglés prometió «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor», con un puro humeante en el cenicero. Y después de pronunciar el discurso de marras en la radio, se fue a dormir la siesta. Vaya tipo.
No perdió los papeles ni en los periodos más feroces de la Segunda Guerra Mundial, cuando las bombas caían día y noche en la ciudad de Londres. ¿Flema británica? Quizás sí. Todo es cuestión de entrenamiento. Eso sí, en la época de Churchill bastaba con una voz bien impostada ante los micrófonos. Daba igual que se leyeran, línea a línea, todas y cada una de las arengas o soflamas.
Ahora hay que saber despegarse del folio. «¡Eso es vital! Y aquí le queda mucho por aprender a Rajoy. En los últimos años, se ha aferrado al tema 'crisis-crisis-crisis' y, aun así, se muestra francamente torpe. Se agarra a los papeles. Tendría que leer menos y mirar más a los ojos», advierte Yuri Morejón, asesor en Imagen Pública y Comunicación Política en campañas electorales de España y América Latina. Si el candidato popular se esforzara en seguir ese consejo, aprovecharía mejor una baza fundamental: según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la mayoría de los españoles valora más a Rubalcaba que a Rajoy, pero resulta que el 40,2% de la población considera más competente al PP en materia económica, frente al 21,1% que continúa depositando su confianza en el Gobierno.
Dicho lo cual, las peleas a nivel interno del PSOE -a raíz del acuerdo para fijar en la Constitución un límite al déficit fiscal- solo contribuyen a echar leña al fuego. Algo huele a quemado. A muy quemado.
Con una tasa de paro del 46,2% entre los menores de 25 años y la perspectiva de alargar hasta el infinito los contratos temporales, se nos presenta un panorama para echar a correr. Queda en manos del Ejecutivo Zapatero (y los futuros gobernantes) ofrecer un poco de esperanza a las nuevas generaciones y los cincuentones que pierden su trabajo. O lisa y llanamente pedir paciencia, una virtud de la que nadie anda sobrado a estas alturas.
En estos últimos 30 años, ni Rajoy ni Rubalcaba han tenido oportunidad de lucirse como expertos de micro y macroeconomía. El bolsillo de los españoles y las Bolsas mundiales -sensibles como un sismógrafo a los caprichos de los grandes fondos de inversión- se han mantenido fuera de su radio de interés. «Estos hombres lo han hecho casi todo dentro del partido, pero son una incógnita en lo que ahora más importa», recalca Ignacio Marco-Gardoqui, exdirector general de La Caixa Banca Privada y columnista de Vocento.
No cabe duda de que les harán falta «más de dos tardes» para ponerse al día. Hoy por hoy, es impensable la gracia que soltó en 2003 Jordi Sevilla, cuando era secretario de economía del PSOE, para consolar a un Zapatero que se hacía un lío con el sistema fiscal, la progresividad y la regresividad... Nadie está para bromas. Más vale que los aspirantes se dejen arropar por un buen equipo de asesores y aprieten los dientes.
«Habrá que tomar medidas duras, imponer recortes y encima todo ello bajo la presión de Bruselas... ¡O sí o sí! Los primeros meses de legislatura no serán nada llevaderos. A Rubalcaba, si sale elegido, le criticarán mucho desde sus propias filas; Rajoy, en cambio, actuará con más tranquilidad», anticipa Marco-Gardoqui. Ah, un consejo de su parte: «Yo, si fuera el candidato del PP, seguiría la línea de Sarkozy cuando escogió a políticos de otra sensibilidad para formar su gabinete. Una buena apuesta sería Feliciano Fidalgo como ministro de Trabajo. ¡Eso sí que sería un golpe de efecto! A mí, por cierto, me parece alguien muy sensato».
A Xesca Vidal, periodista y licenciada en Psicología, además de responsable de comunicación en el Congreso de los Diputados entre 1986 y 1996, no se le escapa ni una. Tampoco la crispación de un hombre que lo controla todo, con la eficacia de un espadachín en plena refriega. A Rubalcaba le gusta mantener el tipo y la elegancia en todo momento pero cuando le sacan de sus casillas, no puede evitar tragar saliva y parpadear compulsivamente.
No hay más que recordar sus paseíllos, estos últimos días, antes de entrar en el hemiciclo o en el bar del Congreso para relajarse junto a los compañeros. O intentarlo. Apretujaba los documentos, sonreía y se le veía con deseos de salir volando. Para hacer algo útil, no para huir. El acuerdo de reforma de la Constitución para fijar el déficit público le pilló a contrapié, sobre todo después de guiñar el ojo al movimiento 15-M y abogar por una democracia más participativa. «En cuanto se ve en circunstancias adversas, se acelera. ¡Más todavía!», confirma Xesca Vidal. Al exvicepresidente le encantan los retos.
En el caso de Rajoy, su ritmo sigue otras pautas. «Es mucho más lento ante los imprevistos. Reacciona con una mueca, un rictus muy feo, ese que tantas veces ha salido en las fotos... O si no, pone cara de susto». Como señala Antonio Andrés Pueyo, catedrático de Psicología de la Personalidad en la Universidad de Barcelona, «el verdadero 'yo' de las figuras públicas aflora en los peores momentos; la persona domina sobre el personaje cuando las circunstancias te desbordan». De ahí se deduce que en la próxima legislatura veremos a muchos políticos sin la careta.
Quitarse entre 10 y 15 años puede tener muchas ventajas cuando se ha dejado atrás la cincuentena o sesentena. Edades que presuponen experiencia, algo más de serenidad y un sano escepticismo que ayuda a relativizar cada vez que se cometen los errores de siempre. Vamos, que uno ya se no se hace tanta mala sangre como antes. Esa es la teoría.
No sabemos si Rubalcaba y Rajoy han llegado a ese punto de sabiduría, pero igual les convendría parecer más jóvenes. En estos tiempos en que la vitalidad y frescura cotizan muy alto -que se lo pregunten a Obama- , haber cumplido 56 y 60 años en principio no les favorece, sobre todo cuando se aparenta más, como es el caso de Rubalcaba, el más veterano de los dos.
Y todo esto, en contra de lo que afirma el publicista Joaquín Lorente, exasesor de Felipe González y Jordi Pujol, que a sus 68 años acaba de presentar el libro 'Tú puedes', después del éxito de 'Piensa, es gratis' (ed. Planeta). En su opinión, «eso de la belleza y la lozanía son bobadas, al final lo que importan son los resultados». Como ejemplo más cercano, recuerda a Pujol, presidente de la Generalitat entre 1980 y 2003, «un hombre brillante, con inteligencia de campesino catalán y un aspecto..., bueno, no demasiado atractivo».
Una postura menos comprensiva defiende Humberto Rodríguez Menés, miembro de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE). A este médico enseguida le entran ganas de ponerse manos a la obra: «A Rubalcaba le inyectaría botox en la frente y entrecejo, además de aplicarle una cirugía ligera en los párpados superiores porque ahí tiene una cortina de piel que ya, ya... También le haría falta algo de ácido hialurónico para definir mejor el óvalo del rostro. ¿Y a Rajoy? Pues le suprimiría las patas de gallo con botox y le quitaría un 40% del lóbulo de las orejas, que los tiene muy grandes y es señal de envejecimiento. Sin que falte, claro, el 'peeling' exfoliante para ambos. Eso ilumina mucho la piel».
El cirujano plástico Humberto Rodríguez Menés, responsable del centro madrileño Medicsa, certifica que al cabo de unos 12 meses «tanto Rubalcaba como Rajoy podrían rejuvenecer entre 10 y 15 años». Siempre y cuando también cambien de peinado y vestuario. En eso coincide al cien por cien Andrea Suárez, una experta en moda que no pierde el pulso de la actualidad en su blog www.diariodeunaestilista.com. Le bastan unos cuantos toques maestros para darle una vuelta a los aspirantes del PP y PSOE.
«Para empezar, deberían delinearse más la barba -nada de dejarla crecer hasta el cuello- y hacerse trajes a medida. Rajoy tiene buena planta y no le saca partido. Con ropa más ceñida se vería mejor. Y con Rubalcaba, habría que prestar más atención a las chaquetas. ¡Nunca le quedan bien! Hay que tener más cuidado con eso...», pone en sobreaviso la especialista. Todavía están a tiempo de actualizar el fondo de armario. Debieran tener corbatas más vistosas y atreverse con los vaqueros y jerséis de cuello vuelto. Y que tomen nota de cara al otoño: las gabardinas y americanas entalladas les pueden sentar como un guante.
Los dos tienen la altura y envergadura suficientes para no desentonar entre los líderes mundiales. Por fortuna, superan el 1,68 de Sarkozy, que nunca sale de casa sin alzas (o tacones, porque a veces alcanzan los 7 centímetros). El aspirante del PP ronda el 1,88 y Rubalcaba se queda en 1,70. Ninguno luce tableta de chocolate -de nada les serviría en las cumbres internacionales-, pero se les ve resistentes. Aunque no ganen a Obama en la cancha de baloncesto, sí aguantan jornadas de trabajo de más de 14 horas. Son todoterrenos muy aprovechables, aunque Andrea Suárez se reserva un tirón de orejas para Rubalcaba: «¡Anda agachadísimo y lleva el pelo demasiado largo!».
A pesar de la chepa y las greñas en la nuca, con las que igual pretende disimular la calva, no se puede negar que este hombre tiene su encanto. Al menos, es lo que le gustaría y en esto, como en casi todo, lo primero es creérselo. Y Rubalcaba tiene mucho poder de convicción.
En alguna entrevista no ha dudado en parafrasear a Raymond Chandler, en boca de su héroe Philip Marlowe: «Si no fuese duro no podría estar vivo; si no fuera tierno, no merecería estarlo». Y si encima le ponemos a todo eso la cara (y todo lo demás) de Cary Grant, mejor que mejor. Era el actor favorito de Chandler. No sabemos si el exvicepresidente prefiere los aires macarras de Robert Mitchum, pero a juzgar por quienes lo han visto de cerca, como Xesca Vidal, «Rubalcaba tiene una mirada con picardía, simpática y brillante». Es decir, que sigue los pasos de Cary Grant. Se gasta un aire desenvuelto, educado y, como quien no quiere la cosa, irresistible. Eso, en el mejor de los supuestos.
Los hay que también le encuentran un halo tenebroso, malévolo y hasta draculino. Como si le crecieran colmillos de vampiro en cuanto despega los labios. Una faceta que el propio afectado tiene asumida. No se le escapa que su imagen pública es «muy esquizoide», proclive a despertar fantasmas y odios dormidos. Su función como portavoz del Ejecutivo socialista en tiempos de Roldán y el GAL, sumada al esfuerzo gestor que puso durante la tregua de ETA, han contribuido a pintarle una semblante lleno de claroscuros. Pero como buen químico que es, con una tesis doctoral que recibió el premio extraordinario en la Universidad Complutense de Madrid, sabe que conviene separar el grano de la paja.
Muy alejado de la novela negra y gótica se muestra el perfil de Rajoy, un político con formación de registrador de la propiedad que sacó la oposición con 24 añitos. Si algo se le reprocha es su carácter previsible y hasta monótono. No despierta pasiones, ni para bien ni para mal.
«Yo a lo mío, y vosotros a lo vuestro». He aquí uno de los lemas del presidente del PP, que le ha permitido fraguar a fuego lento un partido muy distinto al que dejó Aznar. El único reducto de la línea dura es Jaime Mayor Oreja y entre sus más adictos destacan dos mujeres, Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal. Dos pesos pesados que han aplaudido a rabiar sus éxitos. Que no son pocos: conquistó Galicia, fue decisivo en el País Vasco, escaló posiciones en Cataluña y ganó las elecciones europeas. La guinda la pusieron los comicios autonómicos, que han proporcionado a sus siglas una cota de poder regional que jamás habría imaginado. O sí, pero los sueños, sueños son. Rajoy ahora vive en una nube.
Todo lo obtiene sin despeinarse, con cachaza y pulso firme. Es un hombre de orden, amante de la tradición, que ha mamado la política y el respeto a la jerarquía desde muy pequeño. Su padre llegó a ser presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra y supo inculcar disciplina a los cinco hijos. También eran cinco en la casa natal de Rubalcaba, en el pueblo cántabro de Solares, donde el pequeño Alfredo aprendió a rezar el rosario. Vivió la fe con intensidad hasta la adolescencia, cuando empezó a dar algunos quebraderos de cabeza a su padre, un piloto de Iberia que había luchado como soldado en el bando nacional.
A bote pronto, parece que estos dos políticos habían nacido para entenderse. Pero, ya es curioso, hasta la forma de hablar de cada uno les separa, como el agua del aceite. Rubalcaba apuesta por la retórica griega y Rajoy se apunta a la estrategia oriental. El primero recurre a toda su artillería dialéctica mientras que el segundo tiende a mantenerse impávido, con el dedo acusador suspendido en el aire. Uno se desgasta y el otro observa. Esa es la impresión que le causan a Jorge Lozano, semiólogo y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. «Son estilos tan distintos como la noche y el día. Me intriga saber el efecto que puede tener un debate en la tele», confiesa el especialista que, dicho sea de paso, no les aconseja cambiar de actitud. «Que uno hable mucho y que el otro calle. Así les irá mejor. A cada uno y por separado. Que luego gane quien tenga que ganar».
Manuel Campo Vidal, presidente de la Academia de Televisión, ya está moviendo hilos para organizar un 'cara a cara' entre los candidatos. Está por ver si acceden, ya que la mayoría de expertos consultados por V no dudan en aguar la fiesta: «Mariano Rajoy tiene todas las de perder en esa tesitura». De ahí se concluye que el PP hará lo posible para evitar el duelo en la pequeña pantalla. Campo Vidal es más mesurado y no adelanta acontecimientos: «Ambos tienen recursos para defenderse. Eso sí, una cosa está clara: si tiene lugar, todos los mercados estarán mirando».
Hay muchísimo en juego, no solo dinero. Son unos cuantos los españoles que no quitan el ojo de encima a la pareja. No importa que se sepan (nos sepamos) sus caras de memoria. Más pronto que tarde les pediremos cuentas.
Dicen en EE UU -donde se inventó eso del márketing político ya en época de Lincoln- que los líderes se muestran como Dios los trajo al mundo en tiempos de crisis. Sin trampa ni cartón, con todas las vergüenzas al aire. No hay manera de escudarse detrás de una sonrisa profidén o andares de saltador de pértiga olímpico. Ni siquiera lo consigue Obama con la que está cayendo en su país. Y en España, la realidad es bastante más cruda.
Con una tasa de paro que ronda el 21% y unos cinco millones de desempleados, más vale poner la verdad sobre la mesa. «Hay que escuchar la copla que suena, una y otra vez, en la calle. Lo que se oye en los bares, autobuses y oficinas es... ¡¡sacadnos del agujero!!», recalca Luis Arroyo, presidente de Asesores de Comunicación Pública.
Ya es mala suerte. Ese grito de auxilio se dirige a un colectivo que, según los sondeos del CIS, ocupa el tercer puesto en el ránking de problemas nacionales, detrás del paro y la debacle económica. La desconfianza y el hartazgo dominan en el estado de ánimo, y eso solo se remonta a base de algo muy poco habitual en política: la verdad pura y dura. Sin paños calientes.
Es lo que recomienda Juan Manuel Sabucedo, profesor de Psicología Social en la Universidad de Santiago, aunque como es lógico siempre hay matices... No olvidemos que el primer ministro inglés David Cameron se hundió en las encuestas el año pasado, poco antes de los comicios, y luego se vio obligado a gobernar en coalición. Eso le ocurrió por ser demasiado transparente en sus propuestas y anunciar que tocaba «apretarse el cinturón». Al electorado de Reino Unido le entró miedo. Mucho miedo. No le votaron en masa pero las medidas de austeridad se están aplicando de todas maneras. No hay marcha atrás.
Ni allí ni aquí. A nosotros nos tocará seguir pedaleando cuesta arriba, con un líder a la cabeza que igual ha cogido su último tren. Ojalá sepa a dónde le (nos) lleva...
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«Este rostro (en triángulo invertido, con frente más ancha que alta, inclinada y con un hundimiento en la zona central) denota una notable inteligencia concreta, agilidad en la argumentación y en la respuesta, con capacidad de improvisar soluciones. La nariz prominente, sin mofletes, muestra habilidad para las relaciones sociales, en las que la astucia y la ironía siempre estarán presentes. Su mandíbula y el mentón en retroceso reflejan un caudal energético limitado, lo que le hace perezoso en la actividad fisiológica y, como consecuencia, dubitativo en la toma de decisiones y poco perseverante, ya que la seguridad en sí mismo es floja».

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«Esta firma se enmarca en la escritura gladiolada. Nos informa de cultura y evolución, de la búsqueda de lo evidente, de que procede con cautela, cortesía, delicadeza y discreción, de que el sujeto comprende perfectamente a los otros, de cierta timidez y de que la seguridad en sí mismo es floja. Detesta la fuerza y la violencia, es perspicaz y diplomático».

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