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«Hay zapatos de los chinos que cuestan un euro. No sé cómo pueden»

Alejandro Roso, Zapatero en Torrejoncillo

«Hay zapatos de los chinos que cuestan un euro. No sé cómo pueden»

17.07.11 - 00:10 -
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Pertenece a la quinta generación de una familia de zapateros que se dedica al calzado, que se sepa, desde 1880. Su abuelo hacía votos camperos y su padre y él hacen cosido billi: la piel está montada para afuera y se cose para afuera mientras que casi todos los zapatos van cosidos o pegados hacia dentro.
Alejandro se dedicaba en la escuela a pintar dibujos que luego cortaba al venir al taller. Al acabar EGB empezó a trabajar con su padre, que había dejado la construcción para seguir la tradición artesana zapatera.
-Si naces en Cáceres, parece que estás predestinado a ser funcionario, es tu destino. ¿Si naces en Torrejoncillo estás predestinado a ser artesano?
-Antiguamente, una casa sí y otra no eran artesanos. Había muchos zapateros, orives, alfareros, hojalateros, quienes hacían pañuelos del gajo, que son esos pañuelos con los que bailamos, que se ponen en la encamisá y están cosidos con lentejuelas. Siempre le he escuchado a mi abuelo que Torrejoncillo era más grande que Coria y más importante que todos los pueblos de alrededor. Luego fue decayendo, los pueblos de alrededor fueron creciendo y nosotros nos quedamos estancados.
-¿Qué artesanos quedan en Torrejoncillo?
-Había más de 40 talleres de zapatería y un montón de familias en cada taller, hoy, solo nosotros. Del oro quedan dos o tres, del barro quedan tres primos, cada uno con su negocio. Cuatro o cinco personas confeccionan pañuelos del gajo. Hojalateros creo que ya no quedan.
-¿Cómo vendían en aquellos tiempos su producción?
-A mi abuelo le he escuchado que cogía el burro y se iba a vender a las ferias. Se tiraban todo el año haciendo calzado, lo colgaban en puntas en las cuadras y al llegar la temporada de las ferias, cargaban el burro y se marchaban.
-¿Por qué razón han conseguido ustedes perdurar como zapateros, los únicos zapateros de Torrejoncillo?
-Nosotros trabajamos con las máquinas que trabajamos siempre, pero si hemos tenido que comprar algo, lo hemos comprado. Hacemos lo de siempre, las botas de toda la vida. Bueno, desde que yo me metí, también hacemos las ibicencas de colores. En este pueblo nunca se habían querido meter con los colores.
-¿A qué se dedican entonces los hijos y los nietos de aquellos cientos de artesanos de Torrejoncillo?
-Muchos se han ido a la construcción, donde se ganaba mucho dinero, mientras que con esto solo ganas para vivir. Eso sí, es tuyo y estás en tu casa. Yo no me arrepiento de haberme quedado.
-¿Cuesta salir adelante trabajando artesanalmente?
-Empecé con 14 años. Antes vendíamos más. Ahora hacemos algo más porque le acabamos una parte de la producción a una fábrica de Toledo. Ellos nos traen las sandalias hechas a medias y nosotros se las acabamos. Pero lo nuestro es hacer zapatos, sandalias, botas, ibicencas y bastantes cosas de marroquinería que he empezado a hacer yo porque me encanta. Podemos hacer 15 pares al día.
-¿En qué se diferencian sus zapatos artesanos de otros zapatos más convencionales?
-Lo primero en las pieles. Esto es piel de vacuno de primera calidad, que cada vez nos vemos más negros para encontrarlas porque los chinos se están llevando las pieles que se curten en España, nos están dejando sin pieles. Las suelas son de suela, de piel curtida de otra manera, cuando la mayoría de las suelas son de cartón, salpa, cosas raras, y se desgastan. El piso es de rueda de coche y esa es una razón de que nos hayamos mantenido tanto tiempo porque hay muy poca gente que haga ya los zapatos así. Ese piso aguanta mucho más, es cómodo y flexible.
-¿De dónde viene la materia prima?
-Los zapatos los cortamos y los hacemos uno a uno. De hecho, un mismo número puede estar por fuera un poco más grande que otro. Por dentro, no porque la horma es igual. La piel la traemos de un pueblo de Palencia llamado Villarramiel, donde hay varias fábricas. La suela la traemos de Valencia o Barcelona y las ruedas de coche para el piso las traemos de Madrid. Siempre hemos traído los materiales de esos sitios. La piel está curtida al natural, sin nada de química. Le echan solo aceite usado de las freidoras de los restaurantes.
-¿Hacen zapatos por encargo dependiendo de las zonas donde se vendan?
-Sí, claro. Por ejemplo, estos zapatos que tenemos aquí tienen la horma un poco más ancha porque son para una zona de Zamora donde tienen los pies más anchos. Son para un vendedor ambulante de la comarca de Aliste.
-¿Qué ha incorporado usted al taller?
-Tonteando con mi novia, le hice una ibicenca, un pie de cada color con una flor dibujada. No era para venderla, pero la expusimos en una feria que había aquí y tuvo tanto éxito que empezamos a hacer la ibicenca. La nuestra es más cara, pero la gente sabe los materiales con que trabajamos.
-¿Cómo llegan sus sandalias a la pasarela Cibeles?
-Un día me llamó Antonio Alvarado, un diseñador de moda, un modisto famoso, que fue de los que empezó en Cibeles. Yo no lo conocía de nada. Me llamó el pasado agosto y me comentó que había visto mis sandalias y que si le podía hacer 15 pares para las 15 modelos que desfilaron en Cibeles. Nos dijo que habían gustado mucho, pero la verdad es que no hemos vuelto a hacer nada. Quedó en que iba a venir a vernos para hacer algo, pero aún no ha venido.
-¿Dónde y cómo venden?
-En Madrid, en Barcelona, en tiendas de toda la vida, en Calzados Nati de Cáceres. En Extremadura vendíamos en muchos sitios, pero ahora lo hacemos menos porque nuestros zapatos valen un dinero y se han metido a comprar cosas de los chinos. La gente que nos conoce viene aquí. Es que al ser la piel natural, no hace daño en el pie, no huele el pie porque absorbe el sudor. Es un zapato para andar, de calle. Lo utilizan muchos taxistas, que lo llevan para conducir. A los guardias civiles de por aquí, antes les daban zapatos y no se los ponían, venían a comprarnos a nosotros. También los camareros. Gente que está de pie mucho tiempo.
-¿El zapato de más número que ha hecho?
-Un 50 para Jiménez, un jugador de baloncesto de la ACB que jugaba en equipos de Barcelona.
-¿Los hace para deportistas?
-No. Hacemos mucho para el Teatro Real, para una tienda de Madrid que les vende sandalias romanas y calzado de ese tipo.
-¿Alguna vez le han pedido que haga inscripciones en un zapato o que lo tunee?
-Hemos hecho el toro de Osborne en una ibicenca, un capote. Hay una chica de Torrejoncillo a la que le hemos hecho una ibicenca con un coche dibujado y ahora tenemos que hacer otra con una muñeca que ha dibujado una niña de dos años.
-¿Hablemos de precios: el más caro?
-Si es que la mayoría de nuestros zapatos valen entre 60 y 70 euros. Si le hacemos algo especial podemos cobrar diez euros más.
-¿Exporta?
-Vinieron una vez unos canadienses a comprarnos toda la producción. Tenían una fábrica de ropa y querían meter calzado. No sé cómo nos descubrieron porque hablaban inglés y no nos enterábamos. Llamamos a un profesor para que tradujera. El problema es que no podíamos venderles solo a ellos porque si aquello se venía abajo, pegábamos el batacazo. Queríamos seguir con los clientes de siempre. Querían que les mandásemos los zapatos y luego nos pagaban. Teníamos que arriesgar muchísimo.
-¿Cuántos zapateros artesanos quedan en Extremadura?
-Hay uno en Jaraíz que hace zapatos bordados de baile. Hay uno por aquí cerca, creo que en Villamiel, que ha empezado ahora. Que se dediquen a hacer el billi, deben de quedar tres o cuatro en España.
-¿La competencia china?
-En Elche han cerrado fábricas a patadas. Un cliente al que visitamos nos enseñó un zapato de los chinos puesto con su caja en la tienda que le costaba un euro. Es decir, hay zapatos de los chinos que cuestan un euro. No sé cómo pueden. Si es que a mí un paquete a Madrid de 20 cajas me cuesta veintitantos euros. No lo entiendo. Sé que están tirando el mercado y también sé que te pones uno de esos zapatos y te lo tienes que quitar a la hora, pero hay quien se tiene que aguantar con eso. Aquí hay un zapatero que arregla zapatos y hay gente que compra en el mercado zapatos de los chinos a tres euros y al día siguiente, sin estrenarlos, se los lleva para que se los arregle. Les cobra más de lo que ha costado el zapato.
-¿Cómo ve la evolución de Torrejoncillo en los últimos años?
-Los artesanos se mantienen como pueden. La gente de la construcción se ha venido. Aunque creo que ahora en la construcción empiezan otra vez a encontrar trabajo. Es que lo de la construcción ha sido por demás. Gente que no sabía se iba a la construcción, los padres se llevaban a los hijos, aunque tuvieran casi que hacerles el trabajo mientras aprendían, y ganaban un dineral. Salían de la escuela, se iban a Madrid y se compraban el Audi, el BMW. Luego tuvieron que dejarlos.
-¿Esta empresa hubiera tenido más proyección en una ciudad o en una región más desarrollada?
-No lo sé. Si hubiera estado en Elche o Alicante hubiéramos tenido a lo mejor más facilidades. Una vez mi padre llamó a un técnico de Yecla a arreglar una máquina y nos cobró 100.000 pesetas por venir, apretar un tornillo e irse. Si hubiéramos estado en aquella zona. Lo bueno es que Torrejoncillo es famoso por sus zapatos. Es más, hay alguien que va por los mercados vendiendo zapatos que dice que son de Torrejoncillo y no es verdad. En artesanía, decir Torrejoncillo es decir prestigio.
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