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«Yo le devuelvo la vida a los animales»

Lorenzo Campón | TAXIDERMISTA

«Yo le devuelvo la vida a los animales»

20.02.11 - 00:29 -
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El tigre procedente del circo de Ángel Cristo. Lorenzo Campón se muestra muy orgulloso de tenerlo en su escuela. :: LORENZO CORDERO
U n tigre de bengala en actitud agresiva recibe al visitante. El felino, que pertenecía al circo de Ángel Cristo, murió hace mucho tiempo, pero aquí consiguió otra vida. «Yo volví a darle vida», declara el cacereño Lorenzo Campón, taxidermista desde los ocho años. «El tigre se quedó en Badajoz cuando el circo estuvo allí, hace más de dos décadas. Yo me lo traje y conseguí prepararlo». Y este animal disecado es su carta de presentación.
Campón puede presumir de tener la única escuela de taxidermia que existe en toda Europa. Su centro de enseñanza se ubica en el polígono industrial Charca Musia de Cáceres y es un referente para todos aquellos que quieren aprender el arte de disecar. Este maestro, que acaba de cumplir 61 años -lleva más de 50 en el oficio-, lanza siempre un mensaje claro a sus alumnos (ahora mismo tiene dos): «Hay que observar mucho la Naturaleza, hay que ser capaz de apreciarla, porque ella es la que enseña. Raro es el día que no aprendemos algo de la vida real, una postura que no habíamos visto, una expresión nueva...».
La escuela de taxidermia abrió a principios de 2009 con el objetivo de dar a conocer una profesión que ha pasado de padres a hijos pero que nunca se ha enseñado profesionalmente. «Esto no es un oficio extraño, es muy bonito. Se nos considera como gente que está haciendo una cosa rara, pero lo que intentamos es volverle a dar vida a un animal que la ha perdido. Es un arte ser capaz de terminar un animal con una expresividad buena. No creo que haya ningún taxidermista, por lo menos yo no conozco a ninguno, al que le guste matar a un animal para después disecarlo, lo único que intentamos es darle otra vida a uno que ya está muerto», expresa. «Yo estoy totalmente enamorado de mi profesión, y me da pena que se pierda».
Lorenzo tiene dos hijas y las dos se dedican a la taxidermia. También su mujer está dentro de la profesión. «En Extremadura se puede vivir bien de esto», asegura. Y añade: «En la región hay más de 500 taxidermistas, pero dados de alta (en la Seguridad Social) somos solo cuatro...», apostilla.
Congelar en 24 horas
Para que los alumnos practiquen, Campón dispone de una cámara de congelación en la que los animales esperan su turno. «Aquí hay, por ejemplo, cobayas y patos. Nos los proporcionan las tiendas que venden mascotas cuando alguna de esta se les muere. Si antes de que pasen 24 horas congelamos al animal, lo tendremos en perfectas condiciones. Si pasa más tiempo, corremos el riesgo de que la piel se deteriore o que se pudra». Asimismo, explica el maestro que un animal pequeño tarda unas cuatro horas en descongelarse, mientras que para uno grande, como puede ser un zorro, hay que esperar un día, o día y medio.
Una vez que se puede trabajar con la pieza, el primer paso es quitarle la piel, «al igual que si desollamos un conejo. La vamos volviendo como si fuera un calcetín». Hay que ser muy minucioso y tratar al animal con cuidado. De hecho, Campón acaricia la cobaya que acaba de sacar de la cámara frigorífica con suma delicadeza. «Una vez que tenemos la piel hay que limpiarla bien para rebajarle toda la carnosidad y toda la grasa, para que no se estropee».
El tratamiento que se le da es a base de sales. Después se hace el curtido (el aderezo). «Yo tengo un curtido, sacado después de muchos años de experiencia, que se hace en 48 horas. Primero tiene que estar 24 horas en sal, y después otras 24 en ese curtido. La piel queda como un trapo y se lava como cualquier otra prenda».
El siguiente paso es el montaje, que puede ser con un armadura metálica o teniendo como base un maniquí de poliuretano. «Con la moldura metálica se le puede ir dando forma al animal, sin embargo, con la moldura de poliuretano no nos podemos desviar, porque ya tiene una forma concreta y es la que hay que seguir». Para rellenar, se usa un tipo especial de guata.
Dice Campón que el animal que más rápido se prepara es el de pluma, «pero porque no hay más remedio, la piel de pluma no te permite dejarla almacenada».
Para completar la figura, hay que añadir los ojos, la lengua y los dientes. Un armario del taller guarda varios modelos de estas piezas. «Los ojos no se pueden conservar porque el líquido que va por dentro se deteriora, aunque se congele. Además, es muy difícil mantener los colores. Aquí tenemos ojos de felino, de venado... Son de cristal y están hechos por la misma fábrica (con sede en Suiza) que hace los ojos para personas. El precio ronda los 40 euros, aunque depende del tamaño», explica. «La lengua es de silicona o de resina, los dientes siempre son de resina. Los colmillos de algunos animales (como los hipopótamos) sí se conservan, pero es bastante más barato hacer una réplica».
La pieza se remata con un poco de pintura. Lo más difícil de lograr es la expresión, por eso, justifica Campón, él no es partidario de disecar mascotas: «No me gusta hacerlo porque, por ejemplo, si es un gato y lo tenemos en casa, estamos viendo las expresiones de ese animal y sé que esas expresiones no las vamos a poder transmitir, por lo que al dueño no le va a gustar el resultado final. Así que aconsejamos que no se haga».
Ha recibido algunos encargos de este tipo, manifiesta, no obstante, el 90% de los trabajos de este taxidermista son trofeos de caza. De estos, la mayoría, animales autóctonos, «principalmente jabalíes y venados».
En el taller de Campón huele, sobre todo, a naftalina, «la usamos mucho para eliminar las polillas». Entre sus herramientas de trabajo destacan las tenazas, la agujas y ganchos para colgar las piezas.
Sin sustancias tóxicas
El tratamiento de las pieles a base de sales es una evolución del oficio o, más bien, como asegura el maestro, supone volver a la Edad de Piedra. «Antes se usaba jabón de arsénico, pero éste daba los problemas lógicos de un veneno muy fuerte. Lo que se ha hecho es eliminar todos los productos tóxicos y solo se trabaja con sales. De hecho, esta piel (se refiere a la del pecho de muflón) se podría comer y no pasaría nada. El proceso que se lleva a cabo ahora es prácticamente el mismo que había en la Edad de Piedra», declara. «Ha habido muchos taxidermistas que han muerto por culpa del arsénico porque se acumula en el cuerpo, no se elimina. Yo recuerdo haber tenido una infección de pequeño en las encías porque me andaba con las uñas en la boca. Pero solo estuve usando arsénico hasta los 18 ó 19 años, no creo que haya tocado lo suficiente como para que me haya podido hacer daño», apunta con una sonrisa a medias.
Tras más de 50 años de experiencia, asegura que el arte de disecar animales ha cambiado por completo. «El 90% del trabajo sigue siendo manual pero, por ejemplo, antes las esculturas se rellenaban con paja y ahora se usa guata y arcilla».
Su trabajo le permite sentirse realizado, es de esas personas para las que su profesión es una forma de vida. Y, además, está muy orgulloso de sus alumnos. «Desde que abrimos hemos tenido una veintena, y 15 de ellos ya tienen su negocio propio. Aquí lo aprenden todo, desde el primer paso hasta el último». No es una tarea complicada, sostiene, «pero hay que seguir siempre unas pautas determinadas para que el resultado final sea óptimo. Hay mucha gente que se aburre y lo deja».
De las paredes de la escuela cuelgan algunos acabados de sus discípulos; impalas, jabalíes, venados, corzos y perdices sirven de elementos decorativos.
Por las manos de Lorenzo Campón han pasado miles y miles de animales. «Ha habido temporadas en las que entraban 4.000 trofeos al año». Y recuerda que en su taller han desollado especies de todo tipo, «yo he preparado un elefante entero y una jirafa entera».
Él tiene claro que su oficio es un verdadero arte en el que, para que el trabajo esté bien hecho, hay que devolverle la vida a los animales, al menos, aparentemente.
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Maniquí de poliuretano. Montar sobre un maniquí con una forma de animal específica es una de las maneras de realizar la taxidermia.
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Una cobaya congelada. La escuela tiene una cámara de congelación donde se conservan los animales antes de sr usados, algunos proceden de tiendas de mascotas y son para que los alumnos practiquen.
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Limpiar la piel. Hay que eliminar cualquier resto de grasa o de hueso que haya quedado en la piel para que ésta no se estropee y para que, al montar, no se produzcan arrugas.
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Ojos de cristal. Proceden de una fábrica suiza en la que también se fabrican ojos para personas. El precio del tamaño grande ronda los 40 euros.
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Piel de muflón. Campón muestra una piel de muflón ya preparada para empezar a montar. :: LORENZO CORDERO

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