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«Mire los callos que tengo, a mí no me para nadie»

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«Mire los callos que tengo, a mí no me para nadie»

30.01.11 - 00:16 -
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Cuando Yasmina era niña, no tenía muñecas Barbie, pero sí 12 caballos de la Barbie. Les hacía cuadras y jugaba a cuidarlos. Yasmima Clares es catalana. Sus padres, sus abuelos. Toda su familia es catalana. Pero su padre, camionero de rutas internacionales, se enamoró de La Vera en uno de sus viajes y empezaron a venir de veraneo.
Cuando unos dolores de espalda lo obligaron a coger la jubilación anticipada, la familia Clares decidió trasladarse al lugar donde habían veraneado tantos años. Así es como Yasmina llega a Pasarón de la Vera con 13 años y empieza a convertirse en una auténtica extremeña con acento verato.
-Le costó cambiar de Barcelona a Pasarón?
-La verdad es que la adaptación fue muy mala. Los niños me esperaban a la puerta del colegio para pegarme. Tenía que venir mi padre a buscarme. Al principio no me gustaba vivir allí, no me adaptaba para nada. Para animarme, mi padre me compró mi primer caballo a los 14 años.
-¿A usted le gustaba ya montar a caballo?
-Yo ya montaba a caballo en una hípica en Barcelona desde los siete años. En mi familia nadie montaba a caballo. El caso es que estuve viendo caballos por ahí y mi padre me compró el primero, se llamaba Ulises. Era un potro de tres años, cerrero, cerril, sin domar. Yo no había domado nunca un caballo. Aprendí yo sola a domarlo. ¡Anda que no me ha tirado veces!
-Esto tiene su historia. Sucedió el 16 de abril de 2008 a las seis de la tarde. Yo tenía un caballo grande cruzado de lusitano. Lo estaba domando. Ese día había tormenta. Se espantó. Empezó a botar dentro de la cuadra, sobre cemento. Me tiró, me dejó inconsciente, sangrando, me despertaron los perros. Es el único accidente gordo que he tenido con un caballo, pero nunca he pensado dejarlo. No cogí miedo, pero sí más respeto. Desde entonces, si un caballo está domado, quiero ver primero lo que hace. Si está cerrero, no hay problema, lo domo yo.
-Cada vez que veía a alguien domar un caballo, me fijaba en cómo lo hacía, si iba a los toros, porque me gusta mucho el rejoneo, me fijaba en lo que hacía cada rejoneador. Así iba aprendiendo. Yo he aprendido todo sola. He ido a muchas romerías, a muchos concursos y he ganado seis o siete.
-¿Ha hecho cursos?
-En 2002 me fui a Talayuela a hacer un curso de caballos de base. Pero había allí un militar retirado que era el coordinador del curso. No sé por qué me cogió una manía que no me podía ni ver. Yo sabía, pero me tenía marginada. Éramos dos mujeres y 14 hombres. Íbamos a los concursos a hacer carruseles, a presentar los caballos y a mí me tenía en el banquillo.
-¿Podría ser machismo?
-Puede ser. Al acabar, le dije que quería ir a hacer las prácticas con Leonardo el rejoneador. El coordinador me dijo que no. Cuando nos reunió a todos para decirnos a dónde nos íbamos de prácticas, me dijo que yo no me iba a ningún sitio por mi comportamiento. Y cogí y me fui directamente del curso, lo dejé. Tenía un notable, pero me dio lo mismo. Y me fui con Leonardo Hernández padre, por cuenta propia, a su finca de Casatejada. Allí empecé a enlazar los caballos y empezó mi carrera taurina. Luego me fui con Sergio Vegas, un rejoneador de Rueda (Valladolid). Hice por lo menos 30 corridas con él. Yo trenzaba y enlazaba. Me encargaba de montar los caballos en el camión. Los descargaba al llegar a los pueblos. Los preparaba para la corrida. Conozco a Álvaro Montes, a Rui Fernández, a Andy Cartagena. Cogía mi scooter y me iba a donde hubiera una corrida. Me ponía a ayudar a los mozos y veía gratis la corrida. Todo eso hasta 2005 en que entré en un curso de mayorales en Moraleja. Entonces vinieron a buscarme para un espectáculo ecuestre de Tudela de Duero en Valladolid. Después me fui con Leonardo y con Diego Ventura a Francia a ayudar con los caballos.
-¿Cuándo llega a Torrejoncillo y por qué?
-En 2008 me vine porque esta zona era muy aficionada a los caballos. Me vine a la aventura, a buscarme la vida. Trabajé en un par de fincas, pero no cumplían lo que decían. Hasta que empecé a trabajar por las tardes en una finca en la que estoy ahora y ahí ya bien.
-¿No era un poco arriesgado venirse a Torrejoncillo?
-El año pasado fue muy duro. Me ha pasado de todo. Alquilé unas cuadras cerca de Coria donde metí ocho caballos. El tiempo se puso malísimo, llovía y llovía. Se iban llevando los caballos cuando los acababa de domar. Empecé a salir con un chico. La cosa no iba bien desde el principio prácticamente. Yo tenía un problema en la rodilla: estaba casi sin poder andar. No podía trabajar, no ganaba nada. Gracias a que vendí un caballo. En agosto ya empecé a trabajar en una yeguada por las mañanas y pude ir tirando mejor. Pero durante ese tiempo no tenía dinero ni para ir a mi pueblo. Encima el chico me dejó en julio y yo estaba con una depresión terrible. Yo he estado muy mal por el tema sentimental. Nunca me había pasado algo así. Después ya empecé a estar bien con el tema laboral. Ahora trabajo en una yeguada por Plasencia por las mañanas y por las tardes, aquí en la finca en Torrejoncillo. Y ya estoy mejor. 2011 ha empezado con buen pie, pero la verdad es que ha sido un año duro.
-¿Cuando tiene problemas, los caballos la consuelan?
-Cuando estaba triste, mi caballo hacía monerías para alegrarme. Yo creo que intuyen tu estado anímico. Empezaba a pegar botecinos para animarme. A mí me consolaba estar en la yeguada. Me han tratado como si fuera una hija.
-¿Usted habla con los caballos?
-Sí, a veces. Hombre, conversaciones con ellos no tengo. Si está nervioso, le hablas para tranquilizarlo. Pero no le hablo para desahogarme. Es que no me va a decir nada. Yo más bien les hablo a las personas.
-¿Es consciente de que una domadora de caballos despierta cierto morbo entre los hombres?
-Hay gente que se sorprende. Cuando vas a las romerías, notas que la gente te mira. Este mundo es muy machista, pero a mí me da igual. Yo me he integrado, el que le guste bien y el que no... Noto que es machista en que siempre se intentan ayudar entre ellos. A ti te dejan como al margen. A veces he dejado de ir a trabajar a una finca porque la mujer del dueño cree que puedo tener algún lío con él. Yo estoy en mi trabajo, a mis cosas, son tonterías, pero a veces me he tenido que ir por eso.
-¿En los trabajos han intentado ligar con usted?
-Sí. En algunos sitios, sí. Donde estoy ahora, no. Al ser chica, ¡hala!, a tirarte los trastos y si entras, pues bien. Yo, profesionalmente, siempre me he dado a respetar. Siempre he estado en mi sitio. Pero nunca me ha pasado que si no entro en el juego, me despidan o pasen de mí. Pero eso es igual que las oficinistas, que si no pasas por el despacho del jefe no subes de rango. Puede ser que eso haya pasado.
-¿Es usted una buena tratante de caballos?
-Sí, soy medio gitana. En el sentido de que sé negociar.
-¿Qué cuesta un buen caballo?
-Los tienes desde 600 euros, un caballito normalito. Los caballos buenos siempre valen. Tengo un caballito medio vendido por 3.000 euros, para las vacas y eso, para el campo. Donde estoy trabajando, los hay de 5.000, de 9.000.
-El caballo se asocia con el mundo pijo. ¿Esto es así en Torrejoncillo y en estos pueblos del Tajo?
-No, aquí cualquiera tiene un caballo. En las ciudades, sí, en las ciudades, quien tiene un caballo, es porque tiene dinero. Mantener un caballo es muy caro. Yo te lo mantengo por 60 euros al mes. En un Madrid a lo mejor te sale por 300 o 400.
-¿No tenido la tentación de irse a Cáceres o a una ciudad grande a trabajar?
-Si me sale una oferta, sí. Mi meta es llegar a ser una buena amazona y poder vivir de esto bien.
-¿Es usted pija, se pone ropa de señorita amazona?
-¿Pero pija de «o sea»? No. Cuando me arreglo para montar, me pongo un poco pija. A diario voy con mis botas katiuskas de montar, mi forro polar, mis pantalones. Aquí en Torrejoncillo y en esta zona, la gente del caballo es normal. Los pijos son una gente que no soporto.
-¿Y eso de estar todo el día con estiércol, calor, frío, ejercicio físico, el dolor de la rodilla. En una señorita?
-Yo estoy curada de espanto. Mire los callos que tengo. A mí no se me caen los anillos, si tengo que limpiar, limpio, si tengo que dar cuerda, doy cuerda. Lo que sea. A mí no me para nadie.
-¿Qué le dicen sus padres de este trabajo?
-Mi madre dice que tiene una hija que se ha buscado la vida ella sola.
-¿Cómo vive en un pueblo extremeño una mujer guapa, soltera, sola que trabaja como domadora de caballos y que llega a ese pueblo de pronto?
-En los pueblos pequeños suele haber mucha envidia. En cualquier pueblo. En todos los sitios. Llega una chica nueva al pueblo y todos a por ella. Te tiran los trastos. Que no entras, ya te van poniendo malamente. Como me da igual, yo vivo mi vida, me da igual lo que diga la gente... Pero eso es por fuera, luego por dentro, 'mecagüendiez', es que la gente te intenta fastidiar y te hace la vida imposible. Te vienes abajo, ¿sabe? Hay que ser fuerte y hay que pasar de esas cosas. Lo voy llevando. Se dice de todo, bueno y malo. Aprecio en Torrejoncillo a bastante gente que me ha tratado como si fuera hija suya. Se lo agradeceré toda la vida.
-¿Es cierto que el caballo lusitano es el mejor para rejonear?
-A mí me gusta mucho el caballo de cruce luso-árabe. El lusitano tiene más valor para el rejoneo. Tiene un corazón muy grande.
-¿Usted, Yasmina, tiene también un corazón muy grande?
-Sí. Y a veces eso no está bien porque si uno es muy bueno, te toman por tonto. Con el tiempo estoy aprendiendo a ser un poco más mala, pero no me gusta. Si te tratan mal, cuando tú has tratado bien a la gente, se te queda.
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En su ambiente. Yasmina Clares Rodríguez, entre los caballos con los que trabaja en una finca de Torrejoncillo. :: LORENZO CORDERO

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