Mi infancia son recuerdos de Almacenes Mendoza y Almacenes Mendieta, de Siro Gay y Gozalo, de Calzados Martín y El Barato. Comerciantes cacereños con clase e inteligencia, conocedores del punto medio exacto entre el servilismo y la deferencia. Consejeros pacientes, dependientes elegantes, capaces de agacharse a probarte una bota Gorila y hacerlo con gracilidad y eficacia, como si fueran los probadores de zapatos del príncipe de Cenicienta.
¿Qué ha sido de ese gremio cacereño de los dependientes infalibles, perfectos, siempre en su sitio y con el don innato de saber la medida exacta de todas las cosas, de todos los actos, de todas las frases? Porque los cacereños queremos comprar en Cáceres, pero nos encontramos con una hornada de dependientes y propietarios que deberían aprender de los clásicos para saber tratarnos y que nos sintamos a gusto cuando acudimos a comprar, incluso aunque no compremos y nos vayamos de la tienda sin llevarnos nada.
En la moderna tipología del dependiente cacereño, destaca un numeroso grupo de profesionales de categoría, pero te encuentras también con determinados personajes que tiran por tierra el trabajo eficaz de los comerciantes sin tacha.
En esta clasificación del tendero moderno que debería reciclarse, podemos empezar por las franquicias. Lo que se estila en ellas es el dejar hacer al cliente. Hasta ahí, estupendo. El problema empieza cuando ves a las dependientas reunidas en grupitos diversos hablando las unas de las otras, siempre mal, siempre de turnos, de faenas, de fíjate lo que me dijo, fíjate lo que le dije. No generalizamos, pero es más común de lo que debiera.
Después están determinadas tiendas en las que te riñen porque hace tiempo que no vas por allí a comprar. ¿Pero cómo se puede reñir a un cliente por no ir a comprar? Es la mejor manera de que no vuelva: ¿quién va a ir a una tienda donde te regañan?
Hay dependientes que hacen distinciones a la hora de tratar al cliente: aspavientos, parabienes y máxima atención si eres conocido, ignorancia y suspicacia si eres desconocido. He llegado a ver en una boutique de señora a la dueña sacándole media tienda a una conocida y diciéndole a una desconocida: «No hay nada para usted». ¿Pero cómo no va a haber nada para una señora de 40 años de talla normal y estilo convencional en una boutique clásica?
Oro caso que espanta al cliente: el dependiente que habla por teléfono y no te hace caso. Podría ser una conversación trascendental, pero si prestas atención descubrirás que habla de banalidades con su amiga Cuquita Robledillo y no para de hablar y llevas cinco minutos allí y te ignora.
Una variante del dependiente-dependienta telefonista es el caso del comerciante que solo atiende a la gente chic, esos a quienes llaman pijos. Se trata de un caso bastante común en Cáceres. Vas de trapillo, sin ínfulas ni fama y pasan de ti, te sientes humillado y notas que hay una parte de la clientela que provoca aspavientos, emociones y adulación mientras tú eres el paria de la boutique.
Por haber, en Cáceres hay hasta dependientes que no quieren vender porque se cansan. Pides una prenda, no hay de esa talla y no te ofrecen otra semejante, preguntas por algo gris o azul y te dicen que no, pero no te sacan otra prenda igual de color gris azulado. Hay casos en que para encontrar lo que buscas has de someter al tendero a un interrogatorio en tercer grado y solo así consigues adivinar que sí, que sí tienen paraguas automáticos de color negro.
El otro día asistí a una curiosa escena en una tienda franquiciada de ropa de mujer madura. Una clienta había comprado unas prendas y, tras pagarlas, no sabía cuál era su paquete. «¿Dónde está lo mío?», preguntó. La dependienta, desabrida y tajante, señaló una bolsa y escupió una frase que más bien parecía un desprecio: «Señora, lo tiene delante, que no se entera».
De allí me fui a una céntrica perfumería de esas de cadena glamurosa. La dependienta premiaba y castigaba a la clientela a su antojo: sin ningún rubor ni disimulo entregaba muestras de cremas y perfumes a las clientas que conocía y se las negaba al resto. ¡Disimula por lo menos, caramba!
La mayoría de los dependientes y comerciantes cacereños no son así, pero cada vez se ven menos profesionales de verdad y sus errores los estamos pagando todos porque cada cliente que deja de comprar en Cáceres y se va a otra ciudad es una oportunidad perdida.