Distintas épocas, diferentes construcciones, la misma polémica. Durante las últimas dos décadas, el aspecto de Badajoz se ha visto condicionado por las diversas restauraciones que se han llevado a cabo en sus monumentos más emblemáticos. En este tiempo se han rehabilitado espacios tan importantes como la Catedral, Puerta de Palmas, el Puente de Palmas, la Plaza Alta o la Torre de Espantaperros (o de la Atalaya). Edificaciones simbólicas que lanzaban gritos de auxilio debido a su deteriorado estado, pero cuyas alteraciones no dejaron indiferente a nadie. Unas gustaron más, otras menos. Todas recibieron críticas, en algunos casos más positivas que negativas. En otros no.
Curiosamente ahora, justo en el arranque de una nueva década, la historia se repite. Otro enclave pacense, la Alcazaba, está siendo restaurado no exento de polémica. La discusión, como ha ocurrido años atrás, se centra en los tratamientos que se están aplicando en la obra, las decisiones sobre los enlucidos, entre otras cosas que, por supuesto, influirán en el resultado final.
Este tipo de controversias no sólo surgen en Badajoz. Es un fenómeno que ocurre en la mayoría de ciudades con un patrimonio histórico de relevancia. «Cada vez que se toca la Alhambra sucede algo parecido en Granada», dice Fernando Valdés, arqueólogo que dirige la empresa de arqueología Alamut, encargada junto con la empresa Tera de realizar el proyecto en muralla árabe.
La fachada de la Catedral, que fue de las primeras edificaciones que se rehabilitaron, dio mucho que hablar. Aunque al principio impresionó y muchos comentaban incluso que había quedado «demasiado moderna», actualmente tiene un aspecto más natural gracias a la pátina que ha ido adquiriendo. «En su día se produjeron protestas, pero los trabajos se hicieron bien. Realizaron los estudios pertinentes y se utilizaron tanto los materiales como técnicas adecuadas. Lo mismo puedo decir del edificio de La Giralda, las Casas Consistoriales o lo que se está haciendo en el hornabeque de la cabeza del Puente de Palmas, en la margen derecha del río. Son buenas aquellas rehabilitaciones en las que lo importante es el monumento y no cabe originalidades del autor», señala Alberto González, doctor en Historia del Arte y cronista oficial de Badajoz.
«Fueron bastantes respetuosos a la hora de realizar la obra en el templo. Se hicieron todos los estudios previos necesarios, que es lo que siempre hemos reivindicado. Además, se emplearon materiales que no son sintéticos y que van envejeciendo con el tiempo», añade Antonio Manzano, presidente de la asociación Amigos de Badajoz.
Sin embargo, la reforma en Puerta de Palmas y el Puente de Palmas no se llevan tantos halagos. González destaca que las labores se desarrollaron con menos estudios históricos realizados sobre los monumentos, por lo que, a su juicio, se cometió una barbaridad. «Puerta de Palmas, al igual que la Plaza Alta, parece que es de plástico. No asume pátina. Pero el mayor crimen en materia de restauración se cometió con el Puente de Palmas. Lo destrozaron por completo», asevera.
Otro monumento distintivo de la ciudad cuya restauración también se sometió a debate fue la Torre de Espantaperros. Se enfoscaron todos los lienzos exteriores de la edificación con mortero de cal cruda, como se hizo en su día con la Catedral. Y como sucedió con ésta, cuando finalizó la rehabilitación sorprendió el cambio.
Fernando Valdés explica que el ámbito de la restauración es muy complicado. Indica que cuando se rehabilita un monumento hay que hacerlo desde la perspectiva histórica, intentando devolverle su estado original. Pero, ¿qué pasa cuando el restaurador se encuentra ante una obra que tiene cerca de 1.000 años de antigüedad? ¿Qué ocurre cuando una construcción ha pasado por diversas épocas y en cada una de ellas se veía de un modo distinto? ¿Cómo se actúa ante una construcción cuyo aspecto ha evolucionado con el tiempo? La clave, asegura Valdés, está en ser lo más riguroso posible históricamente.
«Hay informes técnicos y estudios suficientes para llevar a cabo el proyecto de consolidación de la Alcazaba. Cuando restauramos tenemos que tomar la decisión de devolver la imagen del monumento a una época precisa de su historia y todos los momentos son honrosos. Tenemos la obligación de restituirlo sin falsearlo, de tal manera que la gente pueda ver cómo era y que pueda comprobar a qué punto ha llegado después de 1.000 años. No se puede fosilizar la obra en un solo momento eliminando todo lo que se le añadió después».
La Alcazaba no quedará roja. La última decisión es que este recinto amurallado se pinte de blanco, aunque menos intenso que las cintas que existían en el mismo. Por toda la experiencia anterior, Valdés avisa, «cuando la obra esté terminada el resultado final sorprenderá. Puede que impresione o que cause alboroto, pero no me preocupa. Todo se hace con argumentos. Nada se hace por capricho».
Acertadas o no, las intervenciones en los monumentos siempre han creado debate. Para Valdés, que se generen este tipo de discusiones es positivo, aunque reconoce que echa de menos que la gente hable con conocimiento de causa. «Siempre produce un impacto, pero no tiene por qué ser negativo. Los debates surgen cuando interviene un elemento detonante. Lo que ocurre es que ese elemento puede ser en ocasiones temporal y transitorio y en otras no. No creo que la gente deje de hablar sobre las restauraciones. De hecho, hablará más porque cada vez está más sensibilizada con este tema», opina Alberto González.
Los pacenses saben que para avanzar es imprescindible poner en valor su entorno y riqueza cultural, lo que implica recuperar el patrimonio histórico-artístico de la ciudad. Pero no están dispuestos a pagar cualquier precio. Mientras tanto, el tiempo pasa y el debate ya está servido.