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EL GARNACHERO

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EL GARNACHERO

02.10.10 - 00:11 -
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Y allí estaba él, en una venta de Vejer, cómodamente sentado en una silla, mirando al horizonte de la campiña gaditana, con la única compañía de una botella de cerveza y un minúsculo transistor, apoyado en el servilletero, desde el que zumbaban, una tras otra, las coplas de Radio Olé.
Apenas superaba la cincuentena. Era un individuo altote, de pelo castaño ensortijado consecuencia de no haber sido éste peinado -diría mejor escardado- en mucho tiempo. En su tez apuntaba una barba incipiente, fruto de ese descuido tan propio en los hombres de campo y del andamio.
Llevaba una camisa grisácea cuyas abotonaduras estaban a punto de reventar por la presión de una barriga cervecera que pugnaba por liberarse de su jaula de tela. Del pantalón de loneta caqui, corto y holgado, emergían unas piernas fuertes y velludas. Éstas concluían en unos pies encorsetados por unos zapatos de rejilla que daban al conjunto un toque de distinción.
En otra mesa, muy cerca de él, junto a mi familia, me dedicaba a dar buena cuenta de unas raciones de carne mechada, rabo de toro y atún encebollado.
Aproximadamente cada cuarto de hora, el hombre se levantaba de su humilde poltrona para dirigirse a la barra y traerse un botellín lleno a su particular otero con hilo musical.
En una ocasión le miré de soslayo y él, educadamente, me preguntó si me molestaba la radio. Yo, al punto, más con un gesto que con la palabra, le vine a decir que siguiera con lo suyo, que con esa chicharra de transistor lo mismo daba que sonara la Pantoja que U-2.
Estuvimos en aquella venta hora y media, tiempo durante el cual aquel españolito se hincó casi una docena de botellines, permaneciendo impertérrito, como un obispo, en su silla.
Este eremita laico no tenía otra cosa que hacer aquel día de diario, quizá porque ya estaba todo hecho o lo hacía por él el subsidio agrario. Ocioso como estaba, qué mejor que un concierto radiado de Valderrama o Poveda, mientras llegaba la garnacha. Claro que, con dos litros de cerveza en el cuerpo, no estaba para hacer empalmes en cables de alta tensión, ni para fijar juntas de PVC o dejar a nivel el adoquinado de una acera. Da igual, porque iba a ser una garnacha sin factura.
Como un guarda forestal se tiró mirando al secarral todo el tiempo, esperando quizá que los barbechos echaran humo para coger su minúsculo transistor de los chinos, convertido en ese instante en un transmisor-receptor de alta frecuencia, y dar la alarma a los bomberos.
Aquel era un garnachero en stand by, reservando su inteligencia y potencia física para cuando algún cliente le requiriera pero, mientras tanto, mejor era permanecer en estado vegetativo, quieto, como mochuelo en la rama. Asegurada la manutención con el paro, Dios ya habría de proveerle el maná de la garnacha, esa que le permitirá darle gusto al cuerpo con unas vacaciones en Punta Cana. Allí oteará el garnachero otro horizonte distinto y se hartará, igualmente, de cervezas. ¡Ah! Y en el transistor de los chinos sonarán, zumbones, merengue, bachata y salsa caribeña.
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