En septiembre de 1980 se finaliza la redacción del Proyecto de Ejecución del Museo Nacional de Arte Romano. Así reza la cartela del documento, redactado en Madrid, por Rafael Moneo. Casi un lustro más tarde, concluye el desarrollo de las obras del mismo.
Mañana, 19 de septiembre, se cumplen 24 años de disfrute por los extremeños de la obra más destacada de la arquitectura contemporánea española (los Reyes lo inauguraron el 19 de septiembre de 1986, acompañados por el presidente de Italia, Francesco Cossiga, el ministro de Cultura, Javier Solana y el presidente extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra). Con certeza plena, el Museo de Mérida marca un antes y un después en la arquitectura nacional de nuestros días.
José Rafael Moneo Vellés, navarro de Tudela, nacido en 1937. Puede ser el arquitecto español vivo más conocido por el ciudadano a la par que más reconocido por sus colegas. Acaso el más laureado.
El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida es un icono para la ciudad. Mucho se ha publicado ya sobre él. Moneo ejecuta una obra sin sobresaltos. Una apuesta esencialmente correcta y elegante, que trabaja con deleite el diálogo, entre la nueva intervención y los hallazgos arqueológicos preexistentes. Se convierte en un símbolo de la Administración Central en nuestra comunidad autónoma.
En una manzana poco agraciada, rodeada de casas mediocres, plantea unas fachadas con clara influencia fabril, opacas, macizas, con epidermis de ladrillo en distintos tonos de cocción.
La partida del proyecto es el muro. Un muro potente, muy potente, que articula los espacios y se convierte en el elemento compositivo más relevante. Está taladrado por fastuosos arcos que lo rematan en coronación.
La nave central otorga monumentalidad arquitectónica a los elementos expuestos. No existe competencia desleal entre contenedor y contenido. Su iluminación cenital, hace descender la luz con suavidad, como si se tratara de un manto de lino, que cubre y protege mosaicos, bustos, fustes, descabezadas esculturas.
En los interiores se generan una sucesión de planos murarios revestidos por ladrillo visto, que están relacionados a través de livianas pasarelas. Estos elementos nos alejan de la cubierta abovedada que podríamos haber esperado. Es un detalle claro del juego entre la arquitectura tradicional y la de los ochenta.
El visitante puede observar los yacimientos ubicados en su laberíntica y lúgubre cripta, desde donde arranca un túnel que nos conecta directamente con el Teatro y Anfiteatro de la Lusitania romana.
Existe cierta ambigüedad entre sus referencias industriales y la de los edificios del pasado clásico. La nave central, sus lucernarios, la generosidad de los espacios, la escala. Hasta los rotundos contrafuertes.
La pasada semana, en este mismo medio, Trinidad Nogales se hacía eco del tema que nos ocupa, en su atractivo artículo denominado 'El maridaje MNAR- Rafael Moneo, Premio Internacional Piranesi'. Nos resume el reconocimiento del binomio arquitectura-arqueología en nuestro Museo, que supuso un punto de inflexión no solo en la propia carrera del arquitecto, sino en la renovación de la concepción museística de la España de los años 80.
En el Estudio de Rafael Moneo se ultima en la actualidad el proyecto de ampliación del edificio. Con un lenguaje rotundamente distinto se mejoran las salas de exposiciones, la zona administrativa y de dirección, el acceso del personal, y un auditorio equipado con las más novedosas tecnologías. Nuevas medidas de control y seguridad en los accesos actualizan el edificio a nuestros días.
El Museo Nacional de Arte Romano de Mérida se convierte en un amplificador, que difunde en toda Europa la presencia de Extremadura dentro del panorama arquitectónico de las últimas décadas del siglo pasado.