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España le pone a Portugal

29.06.10 - 00:17 -
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Lejos, muy lejos queda aquel proverbio portugués que decía: 'De Espanha, nem bom vento, nem bom casamento' ('De España, ni buen viento, ni buen casamiento'), propio de la Edad Media y de las intrigas y conveniencias matrimoniales de los monarcas. La política y sus regímenes han cambiado, pero lo del viento sigue siendo bien cierto y cierzo.
Tan cierto como que Portugal y España se miran cada día más en el mismo espejo, aunque lo hagan con mayor interés, y tal vez con más acierto, los primeros que los segundos. Los lusitanos se fijan más en España, saben más de este país y hablan mejor el castellano que los españoles respecto a ellos. Sostienen los expertos que el Estado más pobre siempre tiende a emular al más rico. Pero las diferencias no son tantas y, después de siglos de darse la espalda, la sangre ya no fluye por los ríos Miño, Duero, Guadiana y Tajo, que desembocan inmensos en el país vecino. Las aguas no entienden de fronteras, aunque su gestión levante ampollas. ¿Y el fútbol? ¿Se imaginan una selección ibérica, una Península que anule por decisión legislativa los 1.292 kilómetros de frontera que separan la piel de toro de su alargada zona Oeste?, ¿aciertan a entrever un único gobierno y una única bandera?
La hipótesis no es descabellada y hunde sus raíces en el movimiento llamado 'iberismo' que socialistas y republicanos empezaron a promover en el siglo XIX. Preconizaban un acercamiento económico, social y cultural que estaría irremediablemente abocado a una gestión política conjunta. Eran los tiempos del Risorgimento italiano o la Unificación alemana donde los nacionalismos integradores marcaban bandera, justo lo contrario que sucedería en el siglo XX con, por ejemplo, la guerra de los Balcanes.
Uno de los artífices de esta ideología fue el catalán Simbaldo de Mas, radical militante de la Unión Ibérica, que llegaría a plasmar en su obra 'La Iberia. Memoria sobre la conveniencia de la unión pacífica y legal de Portugal y España', publicada por primera vez en Lisboa en 1851. El escudo de la nueva nación era el de España y Portugal unidos, y la bandera constaba de cuatro colores: blanco, azul, rojo y amarillo. Ensayos, revistas, artículos y tertulias comentaban las posibilidades del futuro régimen político, que definían como federalismo republicano.
Hasta Cánovas del Castillo intentó conseguir la abdicación de Isabel II y la unión ibérica mediante el ofrecimiento del trono español a la casa portuguesa de Bragança. Con la restauración, los iberistas quedaron relegados.
Convencidos iberistas fueron Menéndez Pelayo y Miguel de Unamuno. Este último, siendo rector de la Universidad de Salamanca cultivó estrechas relaciones con la clase política portuguesa de la época. El recién fallecido Premio Nobel José Saramago reveló en distintas ocasiones su sueño de una unidad entre Portugal y España. «Portugal, con diez millones de habitantes, tendría todo por ganar desde el punto de vista de desarrollo, y eso no sería una cesión ni acabar con el país, continuaría de otra manera. [...] Seríamos aquí aquello que los catalanes quieren ser y están siendo en Cataluña». En su emotivo e irónico libro 'La balsa de piedra', el escritor hispano-luso imagina el nuevo rumbo que tomaría la Península Ibérica al desgarrarse de los Pirineos por una brecha inexplicabe. Ambos países flotan en el Atlántico rumbo a las Américas, hacia las naciones que habían esquilmado y alejándose de Europa. Desgarradora crítica social y política contra las grandes potencias.
Otro Premio Nobel, el alemán Günter Grass respaldó la tesis de Saramago cuando, en 2007, declaraba a un medio de comunicación lisboeta: «Tal vez no sea realizable, pero debería pensarse en ello. Un Estado ibérico también tendría en Europa, en un contexto federal, un peso mucho mayor que dos Estados separados».
Cooperación, no integración
La realidad parece avanzar este siglo más por las vías de la colaboración y cooperación que por las de la unificación política. Es la idea que impulsa, desde su creación en 1994, la Fundación Rei Alfonso Henriques, con sede en Zamora y Bragança. Su secretario, José Luis González Prada, no cree que la unión política «sea viable ni querida por nadie, excepto por algún grupúsculo». Reafirma que Portugal tiene una identidad propia y unas peculiaridades que no deben desaparecer, aunque se muestra partidario de que la cooperación económica, sociosanitaria y en infraestructuras reciba un buen empujón, «como pasó con España y Francia en la colaboración contra el terrorismo». Un hipotético gobierno común generaría muchas dudas, entre otras, si España debería volver a ser republicana o Portugal monárquica, comenta González Prada.
Salvador Santiuste, sociólogo de la Universidad de Salamanca y coautor del Barómetro de Opinión Hispano Luso 2010, que elabora el Centro de Análisis Sociales de esta Universidad en colaboración con la de Lisboa, se muestra aún más pesimista. «No lo veo posible, no hay elementos que lo fundamenten ni organizaciones representativas que apoyen la unión entre los dos países. Portugal es el Estado más antiguo de Europa pero las posiciones están muy polarizadas y hablar de integración es ciencia ficción pura, además la integración ya está en la Unión Europea», explica.
Sobre los datos que arroja el barómetro, la conclusión es clara: «No hay un rechazo consolidado pero tampoco muy favorable en la ciudadanía» y justifica la postura más favorable de los portugueses a que la crisis económica comenzó antes que en España, pero no tiene visos de salir antes. En la encuesta, españoles y lusitanos reflejan su preocupación por la utilización conjunta de servicios y equipamientos en municipios o comarcas fronterizas (76,5%). Pero eso es algo que ya se está haciendo desde hace años. Galicia, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía, comunidades limítrofes con Portugal, han firmado convenidos de asistencia sanitaria, prestaciones sociales, educativos o medioambientales con el país vecino. Aumenta el respaldo a la propuesta de integración de ambos Estados en una Federación. El pasado año la idea era apoyada por el 30,3% de los españoles y el 39,9% de los portugueses. Un año después, el 31% de los españoles está muy de acuerdo o de acuerdo con esta alternativa, mientras la acepta el 45,6% de los portugueses.
Respecto al tipo de integración ninguna propuesta de unión política obtiene el aprobado. La opción confederal es la que más cerca está de ser aprobada en Portugal (4,74). Curioso resulta que respecto a los rasgos de identidad, los españoles otorgan puntuaciones más bajas a los portugueses de las que éstos dan a los españoles. El país del que tienen mejor opinión los portugueses es España: el 80% tiene una buena o muy buena opinión. En segundo lugar aparece Francia, a cierta distancia, y en tercer lugar Alemania, aunque con una valoración muy similar a la que alcanza Inglaterra.
En el conocimiento de la cultura y la política de los países, también andan más finos los portugueses, para quienes los personajes españoles más famosos son, en este orden, el Rey Juan Carlos, José Luis Rodríguez Zapatero y Julio Iglesias. Para los españoles, Cristiano Ronaldo, Luis Figo y José Saramago.
Curiosamente, la República portuguesa, sigue al detalle los movimientos de la Familia Real Española, incluso publican fotos aquí prohibidas (algunas de la Princesa de Asturias que causaron furor en Internet), anécdota que cuenta con gracia la periodista lusa Mónica Figueiredo, de Radio Europa Lisboa. Figueiredo se sorprende por el hecho de que «un país pequeño rodeado de mar y de España, que en más de novecientos años de existencia ha vivido cerca de un siglo bajo la dominación española (Felipe II y Felipe III) quiera juntarse con el vecino de al lado». Considera, además, que España ha sido destino de miles de trabajadores portugueses acuciados por la crisis, pero que una vez que la recesión entró de lleno, 'el dorado' español ha dejado de brillar, «a no ser tal vez, para Cristiano Ronaldo, o Simäo Sabrosa». En el campo, asegura, los dos equipos mañana serán rivales. El pronóstico -cita a un ex jugador del Oporto- «sólo al final del partido».
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