hoy.es
Miércoles, 22 octubre 2014

1.609.691 lectores. Datos marzo 2014 comScore

sol
Hoy 19 / 34 || Mañana 19 / 38 |
más información sobre el tiempo
Estás en: > > >
El carnicero de Sand Creek

ESCRITO EN NEGRO

El carnicero de Sand Creek

El coronel y reverendo John Chivington masacró a 300 cheyennes por sus aspiraciones políticas

27.06.10 - 00:31 -
En Tuenti
CerrarEnvía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

* campos obligatorios
Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

* campos obligatorios
Cuando, buscando un puesto de curry, Colón se equivocó de apeadero -que le puede pasar a cualquiera-, para no dar su brazo a torcer llamó indios a los tainos de la isla de San Salvador y se quedó tan tranquilo. Por pereza semántica, los colonos europeos que llegaron después asumieron la confusión del almirante como si fuera un principio gramatical (lo de peaux-rouges fue cosecha franchute, y vino más tarde) y adjudicaron el concepto a cualquiera que ostentase un tono de cobre en la piel y un perfil aguileño y no se complicaron la vida profundizando en etnografías. Y, aunque había país de sobra para no andar estorbándose los unos a los otros, enseguida les tomaron la medida y les robaron hasta la camisa. Primero les birlaron el oro y las chicas, después las plumas, los bisontes y la tierra, y a cambio les concedieron la cruz a la fuerza, la viruela y una onza de plomo al que se puso a tiro. También les dieron la alegre despreocupación del agua de fuego, que les torcía la puntería y les inclinaba a la autocomplacencia. Desde las matanzas de Alvarado en México hasta la masacre de Wounded Knee, los rostros pálidos practicaron con los indios la política de firmar papeles mojados y matarles de hambre.
Los gringos del norte del Río Grande se buscaron además la excusa del imperativo del Destino Manifiesto, por el que se creían impelidos a extender su territorio por un mandato sobrenatural. En la joven América tenían que caber los cuáqueros, los ateos, los irlandeses patateros, los amarillos con su opio para el tajo de la vía y los mormones con sus mil esposas, y para eso lo que sobraban eran los legítimos dueños de las praderas y sus costumbres de preservar montañas sagradas y rebaños enormes de rumiantes cabezones que para ellos significaban la carne, el abrigo y la vida. Y para eso los chinos inventaron la pólvora y el diablo la relajación de la conciencia.
Campañas indias
Después de la Guerra de Secesión, los soldados azules (les llamaban 'Blue Bellies') se acostumbraron a que los galones les creciesen como racimos en las hombreras sin pasar por la academia militar. Lo normal era que a un capitán le ascendiesen a general por ordenar una carga salvaje y perder la cuenta de las bajas. Pero con la paz se acabaron las gangas y hubo que devolverles a su antiguo escalafón, así que comprendieron que la manera de reverdecer los laureles eran las campañas indias, que se podían exagerar convenientemente y eran menos peligrosas que ponerse delante de las baterías confederadas. Una cabellera comanche se pagaba a veinte machacantes en los bebederos de Texas y con ellas trenzadas se hacían correas para el reloj, y las damas finolis del Este se morían por las novelas de cinco chavos en las que los pieles rojas eran masacrados por el heroico rubio anglosajón, que generalmente montaba un caballo blanco.
El coronel John Milton Chivington fue uno de esos tipos que calcularon que el camino más corto para llegar a Washington pasaba por encima de los cadáveres de los cheyennes. Los hombres que llevan en una mano la Biblia y en la otra un revólver suelen ser más peligrosos que los que llevan solamente un revólver, no se conoce la razón con exactitud, pero es un hecho. Puede que sea porque Jesucristo dijo «no he venido a traer la paz, sino la espada» (Mateo 10, 34) o puede que sea, sencillamente, porque así tiene que ser, y la ecuación funciona tan bien que si se aplica a otros libros y a otras armas se adapta como un zapato a su horma.
Chivington fue ordenado ministro de la Iglesia metodista con apenas veinte años y ejerció su ministerio en Missouri, Nebraska y la frontera del noroeste. Edificó capillas en las comunidades mineras y difundió la palabra de Dios entre los tahúres, las meretrices y los indios salvajes, y guardaba a mano un Colt cargado en el púlpito, junto a la Biblia y las oraciones. En Colorado sufrió el mismo proceso de conversión que San Pablo pero en sentido inverso y, cuando estalló la guerra y el gobernador del territorio William Gilpin le ofreció un puesto de capellán en el cuerpo de voluntarios, Chivington dijo que prefería pelear que rezar y se puso al frente del Primer Regimiento de Caballería. Acabó la contienda con el grado de mayor y el prestigio de haber derrotado a los rebeldes en la batalla del Paso de Glorietta, en Nuevo México, le recibieron con flores en Colorado y su nombre empezó a sonar como candidato al Congreso por el partido republicano. Y entonces a los cheyennes les empezaron a sonar las tripas. Cuando los bisontes escasearon tuvieron que merendarse las vacas de los granjeros y los periódicos empezaron a alimentar la hostilidad hacia los diablos rojos construyendo el ambiente propicio para que los que iban sueltos de gatillo y querían darle gusto al cuchillo de escalpar cambiasen la garrafa de los sábados por la noche por salir a matar indios. Chivington echó sus cuentas y concluyó que si añadía a su historial de hombre del Señor y de la guerra ser el campeón que librase a los colonos de los cheyennes sanguinarios iba a ser cuestión de poco tiempo sentarse en una silla del Congreso, así que desempolvó su retórica más pendenciera y animó a sus partidarios a no dejar vivos ni a los niños, de los que decía que eran asesinos en estado de crisálida.
El ataque
El jefe cheyenne Caldera Negra (Moke-tav-uno-a) creía en la paz, en la inviolabilidad de las banderas y en la palabra del hombre blanco, tres conceptos tan dignos de crédito como la promesa de un borracho. Lo último que quería para su gente era una pelea con los rostros pálidos porque les había mirado en la trastienda. En 1863 había visitado al Gran Padre Abraham Lincoln en Washington, había viajado en el caballo de hierro y había visto los edificios de ladrillo y los barcos de vapor y había concluido que su pueblo no tenía nada que hacer contra un enemigo tan formidable. Lincoln le regaló medallas de quincalla para que se las prendiese en la pelliza y el coronel Greenwood le proporcionó una bandera de la Unión con treinta y cuatro estrellas y le prometió que nadie le atacaría si la hacía ondear en donde quiera que plantase su campamento.
En noviembre de 1864 levantó sus tiendas en la orilla del río Sand Creek para encarar el invierno, envío a sus guerreros más jóvenes a una expedición de caza y se quedó con los viejos, las mujeres y los niños en sus tolderías, avivando el fuego y esperando la carne. Pero lo que llegó rompiendo la bruma del amanecer del 29 de noviembre fue la horda de los 700 voluntarios del reverendo Chivington, que traían los sables afilados y los gatillos al pelo. Caldera Negra les salió al paso enarbolando la bandera de Lincoln y le contestaron con el plomo. La recua de Chivington se dio el festín aquella mañana, asesinó a 300 cheyennes que en su mayor parte eran críos y hembras y se dio a la barbarie: castraron a los hombres y con sus escrotos se fabricaron tabaqueras y abrieron en canal a las parturientas para sacarles los fetos, esa fue la gesta del hombre de Dios y del revólver.
Chivington no recogió el laurel sino la reprobación del general Grant y el ostracismo, y nunca se sentó en el Congreso, pero salió indemne porque todavía no se habían firmado convenciones en Ginebra, ni en ningún otro sitio. Caldera Negra sobrevivió de milagro pero no tuvo tanta suerte dos años después, en el río Washita, donde fue asesinado por el general Custer un poco antes de que se dejase cortar el pelo en Little Big Horn.
«El único indio bueno es el indio muerto»
TAGS RELACIONADOS
En Tuenti
Videos de Cultura
más videos [+]
Cultura
Hoy.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.