La figura de Ricardo III, último rey de la casa de York, muerto en 1485 al final de la Guerra de las Dos Rosas, siempre ha poseído una luz siniestra. Deforme de cuerpo, de mente cínica y despiadada, se abrió paso hacia el trono de Inglaterra mintiendo, engañando, asesinando. Shakespeare abundó en el retrato negativo y nos dejó a un 'malo' inolvidable, digno de Yago o de Lady Macbeth. Por eso el 'Ricardo III' del bardo inglés, a pesar de ser un drama histórico de fecha temprana, siempre se ha colocado a la altura de las grandes tragedias de su madurez. Un drama imponente, con una larga tradición escénica, que constituye un reto para cualquier compañía. Un reto que Atalaya Teatro ha superado, preparando uno de los mejores montajes que han pasado por el Festival en los últimos años.
Nueve sillas de altísimo respaldo triangular, ligeras y manejables, constituyen los únicos elementos del decorado. Nueve actores se sientan en ellas, las desplazan, las giran, las usan de mil maneras distintas para recrear la sala del trono, las alcobas, los calabozos, los campos de batalla, los recovecos de una arquitectura tétrica en que se alimenta la ambición y anidan los peligros del poder. El leitmotiv del triángulo se materializa continuamente en objetos -las espadas, los ataúdes, los cadáveres colgando- y adquiere significados fálicos o criminales, en un torbellino de imágenes violentas: la muerte, el delito, el sexo, los sentimientos pisoteados, las relaciones humanas hechas añicos. Esto y mucho más es lo que desde el escenario ofrece este montaje de ritmo intenso, con un sinfín de hallazgos escénicos que deja sobrecogidos a los espectadores.
Ahogados en colores oscuros y en contrastes luminosos, los personajes visten los trajes de una medievalidad trasnochada, entre el lujo y los harapos, con las facciones marcadas por un maquillaje 'gore'. Jerónimo Arenal encarna magistralmente al repulsivo Ricardo, que seduce a la sensual Ana (Silvia Garzón), babea de deseo en el cuello de Isabel (María Sanz), elimina uno tras otro a los que se oponen a sus planes y, tras ser maldecido por la reina Margarita (una excepcional Carmen Gallardo), termina su vida en el campo de batalla ofreciendo a gritos su reino por un caballo. Así, el teatro cumple ante nosotros su función catártica y, al presentarnos a los protagonistas de una historia de hace seis siglos, nos revela los abismos de horror en que puede caer el ser humano. Las palabras golpean los sentidos con contundencia, bien en español, bien en el inglés de los parlamentos que se han mantenido del texto original, acompañadas por el murmullo o el canto colectivo del conjunto de los actores.
El director Ricardo Iniesta consigue un montaje sorprendente por sus resultados, a partir de grandes intuiciones visuales y del cuidado de los detalles. Una muestra de cómo el espectáculo teatral, con la sencillez de los materiales y el rigor del trabajo dramatúrgico, puede ir más allá del puro entretenimiento, hablando a los ojos, a la razón, al corazón del público.