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Sacerdocio y celibato

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Sacerdocio y celibato

17.06.10 - 00:07 -
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NOS quedamos sin curas. En la Diócesis de Coria-Cáceres, hace 50 años éramos 160 sacerdotes atendiendo a 162 parroquias, 10 colegios concertados, cuatro hospitales 11 residencias de mayores y 10 capellanías. Hoy tenemos 92 sacerdotes, de los cuales 50 son mayores de 70 años. Dentro de 25 años habrán muerto esos 50 sacerdotes y pocos habrán llegado para sustituirles. En los años 60 del pasado siglo estudiábamos 200 seminaristas, terminábamos los estudios de 12 años alrededor de 11 alumnos, 11 nuevos sacerdotes cada año. El Seminario de Cáceres, cuya sede se inauguró en 1953, con 200 alumnos, yo entre ellos, tiene ahora ¡cuatro seminaristas! Se viene ordenando un sacerdote al año. Mueren más.
Nos quedamos sin curas. Y no valdrá que la Iglesia haga diáconos y sacerdotes 'de vuelta y vuelta'. Con preparación tan efímera (tres, cuatro años, antes eran doce) las bases pronto se quebrarán y las deserciones y los escándalos aumentaran. ¿Hay arreglo? Está en la mente del pueblo llano: ¿por qué no se pueden casar lo curas? Solución conformada hasta por los no creyentes. La misma Iglesia sopesa tal solución, pero sigue empecinada en mantener su ley celibataria por 'una mayor entrega de los sacerdotes a sus feligreses', a sabiendas de que hoy el celibato obligatorio es un problemón para ella.
Desde los tiempos de Jesucristo ha habido hombres célibes de forma voluntaria asumiendo un 'estado más perfecto'. Hay quien sostiene que ya en el siglo IV (Concilio de Nicea) comenzaron a articularse normas para diáconos, sacerdotes y obispos casados: podían seguir con sus mujeres, pero sin sexo. Tales normas pronto se relajarían; el Concilio de Elvira, cerca de Granada, apostilla las mismas obligaciones celibatarias, y sucede lo mismo. Tras el Concilio de Letrán II, en el año 1139, las normas son más exigentes: los clérigos serán rechazados si se casan por segunda vez, si hacen vida marital, si conviven con alguna mujer de escasa reputación, etcétera. Pero la relajación de la ley se hace presente de forma generalizada. En el siglo XVI, Concilio de Trento, surgen nuevas amenazas para los obispos, sacerdotes y diáconos que delinquían; se divulga por todo el mundo la apertura de seminarios. El Concilio Vaticano II da un nuevo empujón a la ley del celibato. Con los seminarios llenos, las iglesias parroquiales está repletas cada fin de semana y festividades religiosas, y los sacerdotes conviven en ciudades y pueblos.
Entre concilio y concilio, los papas en su suprema autoridad han convocado sínodos episcopales, publicando infinidad de encíclicas y cánones. De hecho, siempre que se ha celebrado algún acontecimiento conciliar, sinodal, encíclicas, cartas pastorales, etcétera, han sido motivados por la existencia en el clero de cierta relajación o desobediencia del precepto eclesiástico -que nunca ley divina- del celibato sacerdotal. Secular 'fragilidad' del clero, como secular 'admonición' de la jerarquía eclesiástica, porque no es fácil para el sacerdote la victoria permanente en la lucha por una continencia casi 'contra natura', lucha para toda la vida. De ahí que una de las primeras consecuencias en los movimientos heréticos y cismáticos que han sucedido dentro de la Iglesia (luteranos, calvinistas, seguidores de Zwinglio, anglicanos, etc.) es la renuncia rápidamente del celibato eclesiástico. La reforma protestante también proclama la no incompatibilidad del sacerdocio y el matrimonio.
Los sacerdotes de la Iglesia oriental están liberados del celibato obligatorio. En muchos países iberoamericanos, con el silencio del Vaticano, se ve a sacerdotes católicos casados, sin el menor escándalo de sus fieles. Yo he mantenido sincera amistad con pastores protestantes que tienen con entera normalidad a su mujer e hijos (en Alemania o Escocia); incluso he asistido en Escocia a la ordenación de un sacerdote católico a cuyo acto religioso, presidido por el cardenal primado de Escocia, estaban invitadas mujeres sacerdotisas.
Dentro del mismo Colegio Cardenalicio hay una corriente a favor del celibato opcional, aunque cuando hablan en público aún siguen la norma oficial. El cardenal de Viena Cristoph Schönborn es partidario de que el celibato sacerdotal sea optativo. Es consciente de la realidad que tiene ante sus ojos: se queda sin sacerdotes, los escándalos son continuos, los católicos se le marchan y la economía le va por los suelos. Y este ejemplo austriaco lo podemos trasladar a Estados Unidos, Australia, Polonia, Alemania y a España.
Es sorprendente que en el mismo Concilio Vaticano II se preguntara «¿es prudente confiar el futuro del sacerdocio ministerial a la existencia del don de la continencia?». La respuesta de los conciliares no fue ni científica ni comprensiblemente humana, sino que confirmó la tradición: «Confiar el don del celibato al Espíritu Santo».
Bien saben los papas, los cardenales, los obispos y sabemos todos que el sacerdote fiel permanente en el celibato es un héroe, no es moneda corriente. Sus pies, como los de los obispos, cardenales y papas, son de barro: caen y vuelven a caer, con el sufrimiento moral que les supone.
Nos educan de niños a muchos caprichos y comodidades, existe una incapacidad de vincularse o comprometerse a algo tan duro y difícil como la continencia perpetua. Los seminarios están vacíos, los pueblos sin curas, las iglesias y monasterios se derrumban por el abandono. En la Diócesis de Coria-Cáceres, pronto no habrá curas que bauticen a nuestros hijos, que entierren a nuestros muertos, que asistan a los enfermos, que casen a nuestra juventud. Ni tendremos curas en los hospitales, ni en las misas dominicales. No podemos quedarnos indiferentes porque nos jugamos la fe, la educación, la cultura. No pido que se anule la ley eclesiástica del celibato, sino que desaparezca su obligatoriedad, que sea libre para el que lo desee. No es peor cura el casado. Jesucristo fundó la Iglesia con apóstoles solteros y casados, y con sus mujeres. San Pedro, el primer Papa, era un hombre casado y Jesús lo eligió.
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