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Isidra

OPINIÓN

Isidra

«La pobre Isidra, señora ya mayor por aquellos años, aparecía para el regocijo de todos cargada hasta las trancas de bolsas que portaban todos nuestros sueños comestibles»

11.04.10 - 00:32 -
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PARTICIPÉ hace algún tiempo en un debate televisivo que trataba el siempre actual tema de la obesidad y el sobrepeso; y entre otras cosas se discutió y mucho acerca de la nueva Ley de Nutrición, ley que, por cierto, criticaba ávidamente su seguro servidor porque entre otras cosas coarta la libertad de los empresarios para vender determinados productos dentro de los colegios y anula la libertad de cualquier niño de comprarse un bollo o un dulce en el recreo. A pesar de lo que puede parecer a primera vista, no soy muy amigo de los bollos ni de los dulces; hay otros alimentos que me atraen mucho más. Ni todos los dulces, bollos, helados o postres del mundo por muy exquisitos que sean podrían competir en mi ranking de popularidad con un buen chuletón de retinto, unas alitas de pollo embadurnadas en salsa curry con piña, una buena pizza a los cuatro quesos o el mejor plato del mundo y mi predilecto: una buena sopa. En algo tenía que disentir de mi querida Mafalda, pues no comparto su aversión a tan exquisito brebaje. Pero bueno, a los niños les gustan mucho este tipo de alimentos y, en su día, mi menda también los consumía con gran gusto y placer en ocasiones puntuales, como podían ser la merienda o el recreo, por tanto, no me parece oportuno que, en el año 2010, nos encontremos ante esta tesitura. ¡Hay que ver que manía tiene este Gobierno de prohibir!
El caso es que después del visionado del debate vinieron a mi cabeza muchos recuerdos de mi etapa escolar, no tan lejana como muchos pudieran creer, e irremediablemente mi cabeza empezó a llenarse de imágenes de mis compañeros y de mí mismo jugando en el pequeño patio de nuestro colegio, que resultaba ser bastante menos espacioso de lo que requerían nuestros juegos. Aunque ahora parezca una barbaridad, en mis primeros años de EGB salía a mis anchas del recinto escolar en el recreo, a comprar algún bollicao, o algún triángulo o caracola de crema, o un simple chicle; daba igual, no pasaba nada. Abrías tranquilamente la verja, salías, comprabas y volvías, cerrabas la verja a tus espaldas y a otra cosa mariposa. Eran otros tiempos, claro está, y además el puesto de 'chuches' de Isidra estaba al ladito de la puerta del colegio, en una calle que, por cierto, era y continúa siendo peatonal. Años después, se impuso la cordura y para fastidio nuestro se nos prohibió por decreto salir del recinto escolar a la hora del recreo. Llegar a clase con prisas o medio dormido podía hacerte pasar mucha hambre a la hora del bocadillo (más aún si no lo habías comprado antes por culpa de las prisas); un hambre que no se la deseo yo ni a mi peor enemigo. Y eran muchos los compañeros que se golpeaban la cabeza al entrar en clase abandonados a su suerte, pronunciando la famosa frase del conocido spot de la época '¡ahí va los donuts!'. Pero no todo estaba perdido, porque a la hora del recreo, todos los olvidadizos niños del colegio público General Navarro, en Badajoz, tomábamos esperanzados posiciones en la verja del centro y empezábamos a berrear un nombre que para todos nosotros tenía mucho sentido: ¡Isidra! Gritábamos con toda nuestra fuerza. ¡Isidra! Todos juntos a la vez para ganar en fuerza y unidad. ¡I-si-dra! Dividiendo en tres las sílabas para darle contundencia y añadirle connotaciones de desesperación.
Para cualquier transeúnte de la zona, podía ser muy divertido observar como un montón de mocosos con la mirada perdida y caras de angustia gritaban todos a una (como Fuente Obejuna) un nombre que parecía no significar gran cosa y cuyos fonemas se alejaban para perderse en la inmensidad de la nada. Pero nada más lejos de la realidad. A los pocos minutos, la pobre Isidra, señora ya mayor por aquellos años, aparecía para el regocijo de todos cargada hasta las trancas de bolsas que portaban todos nuestros sueños comestibles: Donuts, chicles, bollicaos, piruletas, gusanitos. ¡Bien! ¡Chillábamos y aplaudíamos a rabiar! ¡Viva Isidra! Gritábamos felices, y la pobre Isidra acostumbrada ya a nuestras gracias sonreía y nos iba despachando a todos con gran rapidez y habilidad. Si por casualidad no llevabas dinero, Isidra te fiaba, por lo tanto gracias a ella nunca hubo un niño sin merienda a la hora del recreo.
Me parece a mí que quienes pretenden imponer esta nueva Ley de Nutrición nunca han tenido una Isidra que se preocupara de que nadie pasara hambre en el recreo. Pido a mis antiguos compañeros del colegio General Navarro que recuerden con mucho cariño a Isidra, y lo felices que nos hacía a los niños. Y a vosotros, los padres, desde aquí os pido que no les neguéis de vez en cuando a vuestros hijos la alegría de unas chucherías o de un dulce o bollo en el recreo del colegio ¡Qué ya está bien de tanto prohibir!
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