Guantes, abrigos y bufandas no eran suficientes para soportar el frío que hacía ayer viendo el desfile de las 40 comparsas que participaron este año en el carnaval pacense. El personal que se atrevió a salir de casa lo hacía con una manta debajo del brazo. Una imagen que llamaba la atención era ver como las personas que animan a las agrupaciones lo hacían bien cubiertos, con orejeras incluidas.
Mucha gente en la calle, pero las sillas que estaban colocadas en las avenidas Santa Marina y Europa no se llenaban. «Estar tanto tiempo parado es insoportable», comenta Julio, que contra el frío había decidido recorrer las calles a pie y no ver pasar el desfile sentado. Llevaba en la calle desde las cuatro de la tarde con sus dos hijos de 4 y 6 años, que iban tapados 'hasta las orejas', para combatir el temporal. Estaban disfrutando y de vez en cuando se les veía moverse al ritmo de los tambores. Un poco más adelante, una pequeña disfrazada de cíngara movía sus caderas e intentaba imitar al grupo que acababa de pasar por su lado.
A lo largo del recorrido, los portales de los edificios servían de refugio para el personal. La gente se cobijaba y veía pasar el desfile unos con una copa en la mano y otros con café caliente. «El caso es entrar en calor», comenta entre bromas un grupo de amigos que presenciaba el evento.
En las escaleras de acceso al Centro de Profesores y Recursos unos portugueses veían el desfile sin perder detalle. Mariana Correia y Maria da Luz Fernandes iban disfrazadas con un traje de chaqueta hecho con el estampado de una marca de café portugués. Aseguran que habían venido desde Montijo (Portugal) tres autobuses sólo y exclusivamente para conocer el carnaval pacense. «Magnífico, precioso, impresionante...». Maria da Luz no dejaba de repetir cuanto le gustaba lo que estaba viendo. Es la primera vez que venían pero están seguros que volverán.
Las horas pasaban y casi sin darse cuenta ya había visto salir la mitad del desfile. Carmen llevaba a su nieta Lucía de 5 años a ver el pasacalle. Carmen acurrucaba con una manta a la niña mientras pasaban los grupos y le explicaba de que iban disfrazados. No es la primera vez que esta mujer llevaba a la pequeña al desfile. Carmen dice que el año pasado también fueron y en otras ocasiones había llevado a sus otros nietos. Esta mujer, pacense de cuna y como no, gran carnavalera dice que ella antes salía en una comparsa, ahora la edad la echaba para atrás y prefería inculcarle ese sentimiento a los suyos.
Casi cinco horas que para algunos se hacen cortas. El sonido de los tambores inundan la ciudad y la gente se hecha a la calle pase lo que pase. Ni el frío, ni el agotamiento impiden que disfruten. Donde empieza la cola, por Puerta Palma, el ambiente es distinto, nervios y detalles de última hora, lentejuelas que se caen y gorros que no quedan todo lo bien que deberían. Para esto están los familiares y amigos que ayudan y apoyan en todo lo que esté a su alcance. Los padres cargan con neveras, con refuerzo para los hijos y entre unos y otros se ponen a punto para salir. Una comparsa va a empezar a a desfilar ante la atónita mirada de miles de personas. El cabecilla del grupo lanza el grito de guerra, y unos sonidos se convierten en música. Acto seguido, aplausos y piropos se escapa entre el público. El espíritu del carnaval un año más se extendió por la ciudad y el frío no consiguió acobardar a los pacenses.