A los gallos no se les ve, pero se les oye. Ese canto novelesco pero real, asociado al amanecer, al despertar, al paisaje rural de casas bajas y campo de fondo. En este punto del mapa urbano, la ciudad parece un pueblo. Es Santa Lucía, junto a Aldea Moret: un barrio de fachadas encaladas, sin ruidos, con poco tráfico, de trabajadores, que apura los días para ver desaparecer eso con lo que han convivido durante décadas: las perreras y los gallineros ilegales.
«Eso está ahí de toda la vida», dice una de las siete vecinas que hace unos días recibieron una carta firmada por la alcaldesa explicándoles que las viviendas de los números 1, 3, 5, 7, 9, 11 y 13 de la calle Malpartida necesitan una reforma obligada. Pegadas a algunas de ellas hay tres chabolas que esas sí, tienen los días contados. Los servicios municipales no escatiman adjetivos a la hora de definir el estado de esas construcciones. Los técnicos que las han visitado dicen que están abandonadas, que es evidente su «total falta de ornato y salubridad», que presentan «condiciones higiénicas muy deficientes», constituyen «un foco insalubre» y «contaminan visualmente el medio ambiente». Argumentos, en definitiva, que aconsejan «la inmediata demolición».
A los dueños de las tres chabolas se les dieron quince días para que ellos mismos las tiraran abajo, pero ese periodo se ha cumplido y ahí siguen, en pie. Son las últimas perreras y gallineros de Santa Lucía, construidas siguiendo el método de la acumulación, sirviéndose de cualquier cosa: persianas, viejos somieres, mesas, puertas, chapas, piedras, maderas, cajas, latón...
Las ve desde una estupenda perspectiva todo el que utilice el paso peatonal que comunica Santa Lucía con la urbanización La Cañada. «Ya está bien que las tiren de una vez, que desde que las están tirando...», dice una vecina. A su lado, un hombre la apoya. «En verano, no veas cómo huele, por los animales que hay ahí metidos».
Recuerdo del pasado
Y eso que las perreras y gallineros ya no son lo que eran. Sólo quedan tres, con unos pocos animales dentro. Y en mitad del descampado, un pequeño cobertizo que tampoco ha pasado desapercibido a los ojos de la administración, que asegura que se usa para guardar caballos. O sea, dos perreras, un gallinero y una humilde cuadra. Nada que ver con la situación de hace diez o quince años, cuando había muchos más animales.
La cuestión, de hecho, viene de lejos. Hay informes similares de años atrás. No en vano, el Ayuntamiento alude a uno del mes de febrero del año 2006, cuando ya se comunicó a los dueños de las viviendas que debían hacer algo para mejorar su estado. «En resumen -concluye los técnicos-, podemos decir que un núcleo de animales y basuras como el descrito, sin ninguna medida higiénico sanitaria, favorece la proliferación de microorganismos e insectos voladores constituyendo un importante foco de contaminación, además de causar molestias por malos olores».
Eso obligará a que antes y después de la demolición se desinfecten los alrededores, por la salud de quienes el día 15 intervengan en la demolición. El concejal de Obras, Miguel López, explica que «es la primera vez que con la ley en la mano, un gobierno municipal actúa sin vacilación alguna» en este asunto, una vieja demanda de los vecinos de Santa Lucía y también de los residentes unas calles más allá, en Aldea Moret.
Antes, el gobierno municipal actuó de la misma forma ante situaciones muy similares en el Cerro de los Pinos y en La Abundancia, otros dos barrios donde los vecinos han convivido durante años junto a gallineros y perreras. Cuando las máquinas lleguen a la calle Malpartida, el día 15, lo harán precedidas por personal de la Asociación Protectora de Animales. Su labor será recogerlos e intentar mejorarles la vida. Ayer, los galgos se asustaban al ver aparecer al fotógrafo. Le veían y huían. Excepto uno, el de la imagen que acompaña esta información, que no hizo nada. Se quedó quieto. Ni siquiera movió los ojos.