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TRIBUNA

El medio es el mensaje, también en Twitter

La fuerte polémica surgida últimamente en torno al campo de batalla en que supuestamente se ha convertido el mundo de las redes sociales, donde cientos de millones de personas de todo el mundo cuentan y dicen lo que les viene en gana sin reparar algunas veces en que sus acciones no son totalmente anónimas ni, por supuesto, ajenas al derecho que ordena la sociedad a la que pertenezcan, se presta a un breve análisis desde la perspectiva de dos conceptos. Fue el teórico de la comunicación canadiense Marshall McLuhan quien los acuñó en la década de los sesenta del siglo pasado. Uno es el de ‘aldea global’. El otro, aquel que expresa el principio de que ‘el medio es el mensaje’.

El fenómeno de las redes sociales, y no Internet en general, es el que de verdad ha acabado convirtiendo el planeta tierra (mejor dicho, sus áreas desarrolladas y, por tanto, conectadas) en una aldea global. Hasta el estallido de estas plataformas, directamente vinculado al boom del internet móvil, la red era sinónimo de hipertexto, de interacción (bien es cierto que limitada), de fondo documental infinito, de pantalla de sobremesa, de agilidad de gestión, de eficiencia, de canal virtual… Las redes sociales (también las de mensajería como WhatsApp) y su acceso ‘allways on’ a través de móviles y tabletas han catapultado la ‘world wide web’ a la condición de atmósfera. Lo que era líquido se ha transformado en gaseoso. Lo que era una herramienta de comunicación ha adoptado la forma de espacio de relación. En internet los usuarios ya no se comunican entre sí, se relacionan, cosa que es muy distinta. En este caso una cosa de naturaleza más propia de aldeas que de ciudades, por abundar con el ejemplo.

En esa atmósfera, el canal web, el cauce de internet, se ha multiplicado en diversos medios muy distintos entre sí. No es lo mismo canal que medio. No es lo mismo un canal seguro que uno inseguro. No es lo mismo un medio abierto (como Twitter) que otro más o menos cerrado (como Facebook). No es lo mismo un medio personal (Whatsapp) que uno público (el área de comentarios en la edición digital de un diario, por ejemplo). Se da por hecho que, si el medio es el mensaje, internet como ‘canal multimedia’ condiciona los mensajes de una manera única. Como los condicionan a su manera la radio, la televisión, la prensa, el teléfono fijo o el correo postal. No es cierto en modo alguno. Cada medio digital esconde sus propias y particulares condiciones.

Varias investigaciones y estudios, como el publicado por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género bajo el título ‘El ciberacoso como forma de ejercer la violencia de género en la juventud’, constatan que el medio digital condiciona seriamente la percepción de la realidad, en este caso el maltrato sexista, y la interiorización de esa realidad. En ese informe, por ejemplo, se dice aludiendo a un trabajo de Hensler-McGinnis de 2008, que “los jóvenes presentan una percepción más baja de los posibles efectos perniciosos del acoso recibido a través de internet. Así, muchos interpretan el acoso como algo irrelevante o inocuo y no viven con temor las agresiones de las que son objeto”. Umberto Eco, en un artículo publicado en un libro que reúne varios ensayos de diferentes autores titulado ‘La comunicación: de los orígenes a internet’ (Ed. Gedisa), también se refiere a cómo el medio condiciona la percepción del mensaje. Lo hace con ánimo divulgativo o docente: “Las imágenes tienen, por decirlo de alguna manera, un poder platónico: transforman individuos en ideas generales. Así, mediante una comunicación y una educación puramente visuales es más fácil desarrollar estrategias persuasivas que reducen nuestra capacidad crítica. Si leo en un periódico que un hombre concreto dijo ‘queremos al señor X como presidente’ me doy cuenta de que me dieron la opinión de un hombre concreto. Pero si veo en la pantalla del televisor a un hombre diciendo con entusiasmo ‘queremos al señor X como presidente’ es más fácil tomar la voluntad de esa persona como ejemplo de la voluntad general”.

No se trata de asumir que lo dicho por este autor es infalible, pero quien conozca por dentro un medio de comunicación sabrá que no da igual decir las cosas de cualquier manera o por cualquier medio. No solo para su correcta comprensión conceptual, sino, mucho más importante a veces, contextual, emotiva o subliminal. Esto es algo, por cierto, que los medios de comunicación deben tener hoy muy en cuenta, mucho más que nunca, no solo al contar noticias, sino también cuando deciden no contarlas. Hoy hay hechos que, de un modo u otro, acaban siendo conocidos por la opinión pública (algo que hace escasamente 20 años sucedía raramente), lo cual le permite juzgar a los medios por lo que cuentan y explican y por lo que no.

Dicho lo cual, hay un fondo mucho más profundo en la polémica de Twitter y sus mensajes desatados, racistas, antisemitas, difamatorios, injuriosos, repugnantes, contrarios en definitiva a lo que una inmensa mayoría de personas estarían dispuestas a pronunciar responsablemente, de viva voz y en persona, cara a cara frente a sus destinatarios. Mucho más. A mi modo de ver, ese fondo tiene que ver muy directamente, y antes que nada, con el desfase evidente entre la extrema velocidad a la que se reproducen y crean nuevos hábitos de relación digital y la capacidad humana de interiorizarlos y adaptarlos a su vida de modo que no choquen con categorías sociales, cognitivas y personales clave.

El cuerpo humano de una persona es hoy exactamente el mismo que el de un agricultor sumerio de hace 5.500 años. A lo largo de todos esos años, el hombre ha evolucionado social e intelectualmente hasta lograr una esperanza de vida que, en los niños que nacen ahora, en 2014, ya está por encima de los cien años en muchos países del mundo. Nuestro hábitat desarrollado es más seguro, la ciencia nos ha proporcionado avances médicos ni siquiera soñados hace un par de siglos, hemos pisado la luna… Incluso conocemos el código genético (ADN) que determina que seamos hombres y no simios. Hay un terreno, sin embargo, en el que el conocimiento se encuentra todavía dando sus primeros pasos. Ese terreno es el del funcionamiento de nuestro cerebro, un órgano hipereficiente e hiperadaptable que en un centímetro cúbico de su corteza es capaz de activar tantas conexiones neuronales como estrellas tiene la Vía Láctea. Toda nuestra percepción de la realidad que nos rodea y nuestro lugar en ella, un proceso que es mucho más automático de lo que en realidad podríamos creer, se gestiona a través de ese kilo y pico de masa gelatinosa cuya inercia natural tiende a hacer descansar en las áreas inconscientes el máximo número de acciones posibles. Es decir, el cerebro es una máquina entrenada para convertir en hábitos rutinarios actividades que al principio requieren nuestra máxima atención, especialmente cuando no suponen aparente esfuerzo. Numerosos autores, entre los que destaca el alemán Manfred Spitzer, vienen alertando desde hace años de la preocupante repercusión que este tipo de mecanismos de interiorización sistemática de tareas digitales tiene en facetas de nuestro cerebro que son capitales, como la capacidad de concentración, la memoria, el aprendizaje, etcétera. Quizás la conclusión es que la red evoluciona muy por encima de nuestras posibilidades.

En segundo lugar, y como glosa de las palabras de Umberto Eco, el mundo digital y las redes sociales en particular atesoran un ‘poder platónico’ extraordinario muy superior al de la televisión o la imagen. Este entorno no solo actúa con imágenes. Lo hace también con la desintermediación, la confusión (hechos, noticias, opiniones, comentarios, bulos… todo tiene el mismo precio en Internet), la descontextualización (por la intermitencia de acceso a los contenidos informativos y la ausencia generalizada de jerarquías claras y de relatos completos, regulares y acreditados) y la interacción. Las tendencias de Twitter, por ejemplo, se toman como referencia de lo que interesa en un país o una ciudad en cada momento, sin tener en cuenta nada más que un algoritmo que solo contempla lo que se dice ahí en 140 caracteres, con la escasa fiabilidad que ello representa. Pocos ejemplos como este de platonismo reduccionista. Tengamos en cuenta que si es un problema que la percepción sobre el acoso cambia, se trivializa más bien, cuando se produce a través de medios cibernéticos, lo es también el hecho de que no se interprete la misma gravedad en un mensaje racista dicho en Twitter, escrito en un blog, publicado en un diario o impreso en un libro… Es evidente pues que Twitter no solo entretiene, no solo informa, no solo nos relaciona, también condiciona y puede llegar a alterar nuestros marcos de referencia morales. De manera global y velozmente.

A costa de todos estos asuntos, llevamos días hablando de que este país está poco menos que habitado por indeseables, se están valorando cambios legislativos, en la Asamblea de Extremadura se va a proponer la aprobación de un código ético… Pocos se plantean que, muy probablemente, ni el problema es solo el insulto o la difamación gratuita a través de las redes ni la solución debería ser prioritariamente una barrera legal o coercitiva de la que solo quede la resignación de una sociedad frente a un ecosistema que no es capaz de manejar con cabeza, con sensatez, con formación, con certezas, con la conciencia clara de que si no es capaz de digerir y adaptar este ecosistema a una escala humana, ocurrirá al revés. Seremos las personas las que acabemos adaptándonos a las reglas, no necesariamente buenas siempre ni en todos los casos, que marque ese ecosistema. Nos pongamos como nos pongamos.