El último aventurero

Un mecánico trabaja con una moto. :: Jacky Naegelen/reuters/
Un mecánico trabaja con una moto. :: Jacky Naegelen/reuters

Los pilotos de la categoría 'malle moto' son los únicos que no reciben asistencia en el Dakar. Un español, Julián Merino, participa por segunda vez. Duerme dos horas cada noche y prefiere ayudar a un compañero que ganar

FERNANDO MIÑANA

Son los últimos aventureros del Dakar de los 'motorhome' con aire acondicionado y los campamentos con masajista y mecánico al que entregarle al final de la etapa la moto maltrecha para que la ponga a punto para el día siguiente. Entre la legión de participantes de la mítica carrera que ahora se disputa en Sudamérica -este año, del 6 al 20 de enero, entre Lima (Perú) y Córdoba (Argentina)-, sobrevive una estirpe muy respetada, la de los pilotos que compiten sin asistencia. Se les conoce como los 'malle moto' porque 'malle', en francés, significa baúl y eso, junto a un saco de dormir y una triste tienda de campaña, es todo lo que pueden acarrear. En ese arcón de 80 litros meten todas las herramientas y repuestos que pueden -luego es trasladado en un tráiler- porque ellos son piloto y mecánico, y cuando llegan al vivac, a veces de madrugada, aún les queda pegar un bocado y apañar la máquina antes de dormir un rato -a menudo no más de dos o tres horas- para volver a lanzarse a la carrera. Nadie más, salvo un compañero de la misma categoría, tiene permitido meter ahí un destornillador.

Este año salieron 28, entre los que hay muchos argentinos, varios franceses, holandeses... y un español, Julián José García Merino, al que se conoce, con su dorsal 86 y su Yamaha YZ450, como Julián Merino. El año pasado se convirtió en el primer español en acabar el Dakar en Sudamérica como 'malle moto'. Lo hizo durmiendo dos horas al día, inventándose mil apaños, ayudando a todo el mundo y jurando, al finalizar, que no regresaría al año siguiente.

Julián se incorporó al parque de Bomberos de Madrid donde trabaja y estuvo seis meses sin tocar la moto, pero en verano la arrancó para inciar la preparación de un nuevo Dakar. Otra vez sin asistencia. Otra vez a la aventura, a la agonía, al orgullo de cruzar la meta después de catorce días en los que todo, absolutamente todo, depende de ti.

Julián Merino Piloto «Los pilotos de mi modalidad somos como una familia: nos preocupamos unos de otros» «A mí me va más ir atrás con la gente que va sufriendo en la carrera»

Tiene 50 años, una mujer y cinco hijos, pero no se arruga. No le asustan la arena de Perú ni las pistas a más de 3.000 metros de altitud de Bolivia, donde, por la falta de oxígeno, la moto no pasa de 120 km/h y duele la cabeza como si estuviera en el garrote vil. «A mí me va más ir atrás con la gente que va sufriendo», explica en la web de la prueba como contraposición a los Nani Roma, Joan Barreda o Laia Sanz, que corren para un equipo puntero con una moto oficial con muchas más comodidades y, sobre todo, ayuda. Le ha atrapado el espíritu de los 'malle moto', los pilotos que mantienen viva la esencia del Dakar, la aventura que germinó en 1977, el año que Thierry Sabine se perdió en el desierto de Libia durante el rally Abidjan-Niza. Tuvieron que ir a rescatarle en medio del arenal, pero regresó a Francia fascinado por el paisaje. Meses después, el 26 de diciembre de 1978, 128 vehículos se reunieron en la plaza del Trocadero, en el cogollo de París, para recorrer 10.000 kilómetros hasta el lago Rosa de Dakar. Solo llegaron 74.

Mucho ha cambiado el rally desde entonces, pero aún queda un puñado de pilotos dispuestos a correr a la vieja usanza, a la manera de Thierry Sabine y los antiguos 'raiders'.

Con el hombro roto

A Merino no le cautivó la carrera en Libia sino en Mauritania, uno de los países a los que viaja como cooperante. Allí conoció a una persona que le animó a disputar el Dakar. En 2016 se lanzó a la aventura y logró terminar pese a romperse un hombro. Esa etapa llegó al campamento de madrugada, magullado y agotado, pero con el ánimo intacto. Cenó algo y se puso a reparar la moto. Sin tiempo para dormir, se tomó una pastilla, se puso unas cintas compresivas en el hombro y volvió a subirse a la burra. Aguantó las seis etapas que le quedaban y acabó. Ya en España, cuando era incapaz de sujetar una bolígrafo, los médicos no se creían lo que había llegado a soportar subido a la moto.

Al año siguiente pidió un dorsal para correr en 'malle moto'. Ningún español terminaba en esa categoría desde 2006. Su madre se tiraba de los pelos, pero él lo tenía claro. Era su lugar. Su espíritu de bombero es feliz entre iguales. Por eso no le importó cambiar sus planes aquella noche que había llegado con tiempo y que pensaba elevar la media de horas de sueño cuando vio entrar, exhausto y desorientado, al boliviano Dani Nogales. Estaba tan reventado que se quedaba traspuesto mientras cenaba. Así que decidió dejarle descansar y prepararle él la moto. Pasadas las dos, le montó la tienda de campaña y lo arrebujó en el saco. Y a las cuatro y media acudió a despertarle porque sabía que, si no, se quedaría dormido. Otro piloto, Juan Sarmiento 'Chilo', lo tiene claro después de que le remolcara durante cien kilómetros y le ayudara a reparar la montura: «Él me salvó el Dakar».

Ayudar a otro supone perder tiempo de carrera o de descanso. A Merino no le importa. Un buen puesto en la clasificación le llena menos que socorrer a un compañero. «Los pilotos de mi modalidad somos como una familia. Nos preocupamos los unos de los otros: si llega o no llega, si tiene problemas y hay que echarle una mano. Ir atrás es otro Dakar. Es más humano. Hay más compañerismo y solidaridad».

Lo llaman también el Dakar de los pobres. Estos centauros del siglo XXI que sufren más que nadie y que ven en el 'iritrack' -un aparato que sirve para pedir socorro y ser rescatado por un helicóptero en diez minutos aunque esté en medio del desierto- una tentación para acabar con ese penar. Pulsar el botón rojo supone dejar de padecer, pero también rendirse, una palabra que no cabe en el vocabulario de los 'malle moto', de pilotos como Julián Merino, quien una vez se quedó sin gasolina, alcanzó una aldea y rastreó hasta encontrar una panadería donde la vendían en botellas de un litro. Otro escollo salvado.

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