La sombra de Coriolano

El poder de los dioses ha sido sustituido en nuestra cultura actual por el poder de la ciudadanía, hasta el punto que considero imposible que el gobernante se intoxique de poder sin que el pueblo al que gobierna se embriague también y al mismo tiempo, utilizando para ello el denominado 'narcisismo grupal'. De este modo, las piezas encajan: la visión mesiánica del que gobierna se apoya en un proceso colectivo que alienta la diferencia y la superioridad sobre los otros

FRANCISCO J. VAZ LEALCatedrático de Psiquiatría. decano de la Facultad de Medicina de la UEx

EN 2008, David Owen publicó su libro ‘In sickness and in power’, que ha aparecido traducido al castellano hace tan solo un par de años con el título invertido para conservar sus referencias litúrgicas. La obra está básicamente encaminada a demostrar que las decisiones de un buen número de dirigentes políticos en los últimos ciento y pico de años estuvieron condicionadas por los problemas de salud mental que padecieron. En la tercera parte de la obra Owen define lo que denomina «síndrome de hibris» (‘hubris síndrome’), entidad clínica que afectaría a muchas personas que desempeñan puestos de poder a diferentes niveles y que reflejaría, en opinión del autor, un deterioro de la personalidad condicionado por la predisposición personal, factores genéticos incluidos, que se ve activada por la acción directa del ejercicio del poder.

Como no hay nada nuevo bajo el sol, conviene aclarar que el concepto de «hibris» fue acuñado hace muchos siglos en la Grecia clásica para hacer referencia a una disposición del individuo que le empujaba a sentirse especial y a encumbrarse por encima de los demás, hasta el punto de llegar a desafiar a los propios dioses. Ejemplos relacionados con la «hibris» aparecen en la mitología de una forma recurrente, explicando el comportamiento de Narciso, Caronte, Prometeo, Sísifo y muchos otros. La arrogancia propia de la «hibris» aparece también en la literatura, en obras como ‘Coriolano’, de Shakespeare, y está en la base de mitos como el Adán y Eva o la torre de Babel, yendo unida indisociablemente a la «némesis» correctora, al castigo divino que fulmina a quien «sobresale demasiado» (son palabras de Herodoto), volviendo a poner al transgresor dentro de los límites que traspasó, para devolverle así a su naturaleza original.

Cuando la personalidad del poderoso se ve empañada por el «síndrome de hibris» emergen en él sentimientos, actitudes y comportamientos que reflejan la tendencia a percibir el mundo como un espacio en el que desplegar y acrecentar el propio poder y alcanzar la gloria, lo que le lleva a centrar el interés en aquellas áreas que más pueden contribuir a proyectar la imagen personal y a asumir una visión megalomaniaca y mesiánica de sí mismo. El sentimiento de omnipotencia creciente conduce a un distanciamiento cada vez mayor de la realidad (en la que existen problemas convencionales que no parecen dignos de atención), a la incompetencia y a la exclusión y el desprecio por los que no comparten la propia visión del mundo.

Aunque Owen se empeñó en entender el «síndrome de hibris» como una enfermedad específicamente personal (y, de hecho, publicó artículos sobre el mismo en revistas como ‘Clinical Medicine’ y ‘Brain’), creo que es imposible entenderlo como una patología individual ‘sensu stricto’, prescindiendo con ello de la consideración del entorno social en el que el mismo aparece. En otras palabras, es difícil (por no decir imposible) que el gobernante de turno pueda desarrollar tal patología si no le acompaña en su camino una parte significativa de la sociedad de la que procede la autoridad que ejerce. El poder de los dioses ha sido sustituido en nuestra cultura actual por el poder de la ciudadanía, hasta el punto que considero imposible que el gobernante se intoxique de poder sin que el pueblo al que gobierna se embriague también y al mismo tiempo, utilizando para ello el denominado «narcisismo grupal». De este modo, las piezas encajan: la visión mesiánica del que gobierna se apoya en un proceso colectivo que alienta la diferencia y la superioridad sobre los otros, que promueve el distanciamiento afectivo, dando lugar a una actitud recelosa y hostil, a un sentimiento de perjuicio histórico y a la reivindicación de privilegios que corresponden por derecho, así como al mantenimiento de expectativas irracionales, con una visión del mundo cada vez más egocéntrica y alejada de los principios de igualdad y solidaridad que deben caracterizar a las sociedades humanas civilizadas.

No sería honesto por mi parte terminar este texto sin reconocer que a la hora de escribirlo he tenido en la cabeza en todo momento la situación que en los últimos meses ha estado viviendo Cataluña, y en particular los comportamientos de sus gobernantes, jaleados por la eclosión de movimientos de naturaleza «identitaria» que nos han quitado muchas horas de sueño y nos han entristecido hasta las lágrimas a los que estamos convencidos de que el mundo tiene que ser mejor de lo que es. La directora de cine Isabel Coixet, combinando lucidez y sentido del humor, decía hace unos días que posiblemente en Cataluña «habían echado algo en el agua», intentando explicar así la pérdida de coordenadas que parece haber afectado a una gran parte de la población, llevándola a seguir a un presidente y a un parlamento autónomo tan arrogantes, desdeñosos y tóxicos como ‘Coriolano’, promotores de una situación caótica en la que las ideologías y las posiciones políticas han sido sustituidas por la obligación de declararse dentro (los ‘buenos catalanes’) o fuera (los ‘malos’, los ‘fachas españolistas’) de un proyecto disparatado que se despliega en el mundo y mantiene ocultas otras realidades (la pobreza, la desigualdad, el paro, la corrupción…).

De todos modos, y como en toda tragedia que se precie de tal, los dioses (que antes de castigar volvían loco al transgresor y que están representados en este caso no por el gobierno de la nación, como algunos quieren entender, sino por las leyes que nos trascienden y regulan y han regulado nuestra convivencia en los últimos cuarenta años) han entrado en escena para poner orden en el caos y paz en las almas. Y como la mayor parte de los implicados ya estaban locos antes del ‘deus ex machina’, solo nos queda esperar que la némesis devuelva a cada uno a su lugar, poniendo coto a la «hibris» irracional que tanto daño nos está haciendo.

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