Santa heterodoxia

Este Martes Santo mi hija cumplirá un año. Desde hace unos días, contempla atónita un desfile por la casa de costales, fajas y túnicas, aderezado de marchas de palio y una humareda de incienso que compite de tú a tú con la marihuana de los vecinos estudiantes. No comprende absolutamente nada, ni lo pretende. A veces ríe. Otras, simplemente, pasa de ese deambular para concentrarse en las motas de polvo que vuelan con los primeros rayos de sol de la primavera

CÉSAR RINAHISTORIADOR

Por segundo año consecutivo, la revista sevillana ‘Lamuy’ ha organizado un triduo a la Semana Santa heterodoxa ideado por el periodista José María Rondón y el editor David González Romero. Se trata de un altavoz privilegiado para aquellas personas que desde diferentes perspectivas vienen señalando el carácter poliédrico del ritual y denunciando los esfuerzos de la ortodoxia de hacer pasar a la masa por el ojal de su aguja. Es cierto que la Iglesia y los poderes locales llevan intentándolo cinco siglos, desde los primeros compases de esta celebración, pero el avance del proceso de domesticación y el control hegemónico de la ortodoxia de los principales altavoces mediáticos han provocado la contundente oposición de una mayoría silenciada que vive y siente la Semana Santa de múltiples formas, pero nunca como pretende la norma que sea vivida.

El año pasado el triduo culminó con el pregón del humorista Manu Sánchez, un texto valiente y ácido que ha sido publicado con el sugerente título de: «Confesión de un ateo y cofrade». Más allá del impacto de la portada, sus palabras sonaron a revolución anhelada durante más de ochenta años. La heterodoxia, desde la obra de Antonio Núñez de Herrera, publicada en 1934 y enterrada por su alto contenido contestatario ante la lógica nacionalcatólica que impregnó la Semana Santa, vagaba sin rumbo, sin emisarios, sin memorias e imaginarios que permitiese la integración del diferente en una fiesta cada vez más purificada y que, contra natura, ha sido raptada por un reducido número de caballeros bien pensantes y esdrújulos que ocultan el caleidoscopio en un sinfín de lugares comunes, tradiciones inventadas, espiritualidad forzada y eufemismos. Después de la transición, la obra antropológica de Isidoro Moreno reconcilió a la izquierda con la Semana Santa y recuperó toda la dimensión cultural de una celebración con amplias significaciones que superan con creces los límites de lo religioso. Sin embargo, sus libros vagaban entre el olvido interesado y las dificultades de los textos académicos para abrirse huecos en sociedades con serios déficits de atención y de comprensión lectora. Manu Sánchez, con toda la fuerza mediática y el tono humorístico, ha llevado más lejos la heterodoxia, la ha sacado de las élites culturales y la ha lanzado a miles de personas que experimentaban la Semana Santa con cierto desasosiego: sentir y disfrutar lo que la literatura oficiosa les tenía vedado.

Este movimiento ha abierto las ventanas de cuartos saturados de alcanfor. Los heterodoxos, mayoritarios si tomamos en cuenta las estadísticas o el número de personas que estos días se acercan a los templos y los abandonan el resto del año, pueden celebrar que los secretos se han hecho voces, que sin cortapisas se habla de ateísmo en las cofradías; de las difíciles relaciones con las instituciones religiosas; del machismo retrógrado que reserva a la mujer el digno desempeño de la plancha de túnicas y la elaboración de torrijas; del creciente acercamiento de homosexuales a cierta imágenes, convertidas en iconos pop de identidad; del uso político que algunos partidos –y otros lo intentan– hacen de este descomunal fenómeno asociativo; de los falsos mitos constitutivos que solo pretenden perpetuar prácticas y significados ortodoxos; de la sensualidad de la celebración; o del contrasentido de la apologética cofradiera más rancia que no superaría con sus odas y posturas la más mínima prueba de herejía.

Quien busque estos días religión en las calles convendría mejor que se montase un altar portátil en casa –ya lo hacen muchos católicos que ven con espanto esta locura de sensualidad que utiliza la muerte para vindicar la vida– o, mejor, que se marche a la playa a hacer el saludo al sol, como rezan los posmodernos. Quien busque tradición o historia no encontrará nada. Mejor le vendría comprar en las tiendas de ‘souvenirs’ de nuestras turistificadas ciudades alguna muñeca gitana y colocarla encima de su televisor, si es que no es plano, pues no hay nada más contemporáneo que la Semana Santa. Pero ojo, quien crea ver paganismo, incultura u orden social yerra en el blanco, y en este caso sí le recomendaría encarecidamente un apartamento en Matalascañas. La Semana Santa es una paranoia colectiva –bendita, sí se quiere–, que no tiene explicación alguna. Ya podemos establecer paralelismos con las fiestas fenicias a la diosa Astarté, con los rituales propiciatorios de la primavera o con el Concilio de Trento, que no daremos nunca con la clave de una celebración que vuelca a buena parte de la ciudad a la calle. Durante unos días perderemos la noción del tiempo y del espacio y nos transportaremos a un teatro único –como proclamaba Manu Sánchez, si lo viésemos en la India pensaríamos estar ante algo memorable– en el que no cabe entendimiento ni razón posible.

Este Martes Santo mi hija cumplirá un año. Desde hace unos días, contempla atónita un desfile por la casa de costales, fajas y túnicas, aderezado de marchas de palio y una humareda de incienso que compite de tú a tú con la marihuana de los vecinos estudiantes. No comprende absolutamente nada, ni lo pretende. A veces ríe. Otras, simplemente, pasa de ese deambular para concentrarse en las motas de polvo que vuelan con los primeros rayos de sol de la primavera. La Semana Santa para ella se mantiene en el limbo de lo ininteligible, sin peso alguno de la experiencia ni expectativas posibles. Así es como todos vivimos la fiesta, entregados sin mesura a lo inexplicable.

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