Solo la investigación biomédica podrá curar el alzhéimer

MARÍA JAVIER RAMÍREZCatedrática de Farmacología de la Universidad de Navarra e investigadora en Neurofarmacología de la enfermedad de Alzheimer y depresión (IdiSNA)

Desde 1994 el 21 de septiembre se celebra el Día mundial del Alzheimer. La fecha fue la elegida por la Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Alzheimer con el propósito dar a conocer la enfermedad y solicitar el apoyo y la solidaridad de la población en general, así como de instituciones y organismos oficiales.

A día de hoy la enfermedad de Alzheimer es la forma más común de demencia. Requiere cuidados completos y continuos con costes muy elevados. En España, según datos de la Confederación Española de Asociaciones de Familiares de Personas con Alzheimer (CEAFA), hay alrededor de 1,5 millones de personas afectadas, con una prevalencia de un 7% para los mayores de 65 años que se incrementa hasta el 50% al superar los 80 años. Considerada como la nueva epidemia del siglo XXI debido a su elevada incidencia y alcance social, la dependencia que genera condiciona no solo al enfermo, sino también a su entorno más cercano.

Esta enfermedad es neurodegenerativa y progresiva, y aunque los fármacos actuales consiguen frenar parcialmente su progresión, no existen tratamientos curativos. En esta circunstancia, la búsqueda de tratamientos efectivos resulta prioritaria y debería estar apoyada e impulsada a todos los niveles y en todos los programas de investigación biomédica.

El primer caso de esta demencia fue descrito por el Dr Alois Alzehimer en 1906. Desde entonces la labor investigadora ha pretendido avanzar en el conocimiento de los factores causales y la fisiopatología, con el objetivo de desarrollar terapias que contribuyeran al control de sus síntomas -tanto de pérdida de memoria como alteraciones de conducta-, al retraso en su evolución y, en última instancia, a su curación.

La realidad es que, además de las dificultades comunes a toda investigación en nuevos medicamentos, en el campo de la enfermedad de Alzheimer existen problemas añadidos, como la falta de modelos experimentales totalmente adecuados y el hecho de que los ensayos clínicos para poner a disposición de los pacientes nuevos medicamentos están sujetos a mayores dificultades que en otros ámbitos de la Medicina. A pesar de ello, clínicos e investigadores han seguido intentando esclarecer los mecanismos que ponen en marcha esta terrible dolencia.

Un hito lo marcó la identificación, en los años 80, del péptido b-amiloide como el componente mayoritario de las llamadas placas seniles -agregados patológicos de proteínas presentes en los cerebros de los enfermos-. A partir de ese momento las terapias anti-amiloide centraron todos los estudios. Sin embargo, la falta de eficacia clínica de los fármacos ideados para eliminar las placas seniles ha propiciado, en los últimos años, que esta aproximación terapéutica se esté reconsiderando en favor de una investigación traslacional que comprenda estudios clínicos y básicos (modelos animales y estudios in vitro) en un abordaje multidisciplinar mediante estudios de imagen, moleculares, genéticos, proteómicos, epigenéticos, etc.

Este nuevo acercamiento desde múltiples disciplinas ha venido abalado por la confirmación de que los primeros cambios que se producen en el cerebro aparecen veinte o treinta años antes de que se manifiesten los síntomas de la enfermedad. Ese tiempo se considera crítico para prevenir y retrasar los efectos devastadores del Alzhéimer a través del control de una serie de factores de riesgo y de la promoción de hábitos de vida saludables.

Precisamente el conocimiento más preciso de los factores de riesgo, y en qué modo contribuyen al desarrollo de la enfermedad, puede ayudarnos a plantear nuevas estrategias de tratamiento. Siguiendo esta línea, en los últimos años se ha avanzado en comprender qué relación existe entre esta demencia y la insulino-resistencia, el estrés, la depresión o la hipertensión, problemas asociados que resultarían claves para prevenir su aparición.

No obstante, la investigación biomédica en general, y en la enfermedad de Alzhéimer en particular, está sufriendo de forma acusada por la falta de financiación. Los problemas económicos han afectado especialmente a la investigación, impidiendo el desarrollo de nuevas ideas, hipótesis y proyectos.

En la tesitura en la que nos encontramos, el Día Mundial del Alzhéimer debe servir para recordarnos la terrible presencia de la enfermedad en nuestra sociedad, pero también ha de ser un acicate para impulsar la investigación, que es realmente la única vía efectiva para erradicarla. Nuestra sociedad no se puede permitir el altísimo peaje que supone –a corto, medio y largo plazo- la reducción de los recursos dedicados a investigación, tanto en términos económicos como de salud, pero sobre todo por lo que esta patología supone en el ámbito familiar y social.

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