La rabia llevó a 'Iron' Mike a morderle la oreja

Rivales que acaban convirtiéndose en enemigos. El deporte ya conocía historias de odio profundo mucho antes del pique entre Rossi y Márquez

El neoyorquino aseguró años después que llegó a aquel combate infame hasta las cejas de cocaína. Ahora son amigos y hasta hicieron una parodia comercial de aquel infausto episodio.

La Fórmula 1 recibió a Ayrton Senna cuando era un pipiolo. Alain Prost, en cambio, era el jefe. Mercedes les invitó, en 1984, a una exhibición en Nurburgring con coches de serie. El francés se llevó al chaval en su vehículo desde el aeropuerto de Fráncfort. Le pareció un chico discreto y afable. Al día siguiente arrancaron los motores y, en la primera curva, Senna le sacó de la pista. Poco después se reencontraron en el mítico circuito urbano de Mónaco. Prost mandaba sin agobios, pero, por detrás, Senna, que conducía un Toleman, un bólido ramplón, emprendió una remontada asombrosa que le llevó desde el decimotercer puesto hasta casi rozar los tubos de escape del francés. Prost sacó su brazo para que se parara la carrera por lluvia.

El joven dejó de caer simpático. Era una amenaza. Para Prost y para Piquet, hasta entonces el brasileño intocable. El carioca se alió con el galo para deslizar sibilinamente en el paddock que Senna era homosexual. Una velada acusación que lo cambió todo, como recuerda el periodista Giorgio Terruzzi en su recién publicado 'La última noche de Ayrton Senna (suite 200)': «Alguien lo veía hablar con un mecánico y la conversación se convertía en una conversación secreta. (...) Salía con una chica en Sao Paulo o iba a cenar con una mujer en Río y aquello se convertía, por fuerza, en una estrategia publicitaria, una ficción organizada para desmentir lo que estaba en el aire, en la cabeza de todos. ¿Senna? Es gay. Marica».

Emile Griffith«Mato a un hombre y la mayoría de la gente me perdona. Amo a un hombre y eso me convierte en una persona diabólica»Alain Prost«Quería pegarle un puñetazo, pero me daba tanto asco que no podía»Ayrton Senna«Si quiere volver a ser campeón, que sea deportivo y compita como los demás»Tonya Harding«Siempre me dijeron que era gorda. Que era fea. Que no llegaría a nada»Nancy Kerrigan«La víctima soy yo (tras el estreno de la película 'Yo, Tonya')»Isiah Thomas«Podría haber tenido el coraje de decir toda esa porquería en mi cara y no en un libro»Earvin 'Magic' Johnson«Nadie dentro del equipo (el 'Dream Team' de Barcelona) quería jugar con él»Gari Kasparov«Le aplastaré de una vez por todas (cuando supo que jugarían en 1990)»Anatoli Karpov«Él aporta nerviosismo y eso no lo soporto. Se lo he dicho, aunque no le gusta»Mike Tyson«Está mal lo que hice, muy mal. Me volví loco. Mi vida entera ha sido una mentira»Evander Holyfield«Yo solo temía a mí mamá: cuando me golpeaba no podía responderle»

Aquello solo alimentó el odio, que estalló cuando Ron Dennis los juntó en McLaren en 1989. En Ímola habían pactado que el que se pusiera en cabeza no sería acosado por su compañero. Senna tardó tres curvas en incumplir su promesa. 'El Profesor', viendo que no podía derrotarle en la pista, decidió triturarlo fuera, como el día que regaló a la prensa un titular cargado de ironía: «Dios existe y ha encontrado a Senna». Prost tuvo que irse a Ferrari al acabar la temporada. En la siguiente llegaron a la última carrera, a Japón, y Prost tenía que ganar si quería ser campeón del mundo. Tras meter la quinta marcha, a 250 km/h, Senna embistió a Prost, que salió escupiendo culebras tras él. Al año siguiente reconoció ante la prensa que lo había hecho adrede. Su enemistad era inquebrantable y Prost obligó a Williams a firmar una cláusula en 1993: si fichaban a su enemigo debían pagarle 18 millones de euros de compensación.

Dos días antes de morir, Senna mandó un saludo desde su coche: «Un abrazo especial para mi querido amigo Alain. Te echo de menos». Prost portó su féretro en su sepelio.

Enero de 1994. Nancy Kerrigan había terminado su práctica sobre la pista de hielo. Dos días después tenía la final de patinaje artístico de Estados Unidos y caminaba por un pasillo del Cobo Arena, en Detroit, para irse a descansar cuando un individuo la sorprendió por detrás y la golpeó con una porra en la rodilla. La joven patinadora se cogía la pierna sentada en el suelo mientras lloraba desconsoladamente y preguntaba a voz en grito: «¿Por qué? ¿Por qué yo?». La Policía detuvo poco después a un hombre llamado Shane Stant. El FBI tiró del hilo y averiguó que el agresor había sido contratado por Jeff Guillooly, el marido de Tonya Harding, la gran rival de Kerrigan por el título nacional y por una de las tres plazas para los Juegos Olímpicos que se celebrarían siete semanas después en Noruega.

Kerrigan se recuperó a tiempo y, además, aquel suceso la convirtió en la buena de la película. Le llovieron los contratos publicitarios y ganó cerca de diez millones de dólares. Encima fue a Lillehammer y, vestida con uno de los blancos diseños de Vera Wang, como la novia de América que era, ganó la medalla de plata, mejorando el bronce de dos años atrás en los Juegos de Albertville. Su entrenador respiró. Habían superado meses de vida demasiado ajetreada, de compromiso en compromiso, habían logrado que adelgazara un poco para que no sufriera tanto en los saltos y se puso en manos de su psicólogo deportivo de Boston para que no volviera a ocurrir lo del Mundial de Praga, cuando, después de una desastrosa actuación, mientras esperaba la puntuación, exclamó: «Me quiero morir».

A Harding, su acérrima rival, en cambio, le cayó encima de sopetón el rol de villana. Un país entero la odiaba. El mundo entero la despreciaba. Hace unos meses, coincidiendo con la presentación de la película 'Yo, Tonya', le explicaba al 'New York Times' que jamás le dieron la oportunidad de defenderse públicamente. Un juez la condenó a tres años de libertad condicional, 500 horas de servicios comunitarios y una multa de 100.000 dólares. La federación la inhabilitó para que no pudiera patinar nunca más. Castigos menores comparados con el estigma social que aún le persigue; las ratas muertas en el buzón o en la puerta de casa; los insultos desde los coches donde alguien la reconoce. Y se queja de que nadie dice que Guilloly ya no era su marido, o que recibió malos tratos de él y de su madre. Pero vive resignada. «Sabía que esto me acompañaría el resto de mi vida».

Todo empezó a romperse el viernes 25 de octubre de 1991 mientras Earvin 'Magic' Johnson descansaba plácidamente sobre la cama de un lujoso hotel en Salt Lake City. A las 14.15 horas sonó el teléfono en su habitación. Era el doctor Michael Mellman. Su mensaje fue corto y tajante: tenía que coger el primer vuelo hacia Los Ángeles. Su agente, Lon Rosen, lo tenía todo preparado y a las 16.28 despegaba un avión de Delta Airlines. Antes de las seis de la tarde, Mellman informaba a su paciente, el base de los Lakers y estrella de la NBA, de que su sangre tenía el virus VIH, el causante del sida.

Durante varias semanas fue el secreto mejor guardado de Estados Unidos, pero llegó un momento en el que Magic se vio obligado a dar una rueda de prensa. Antes llamó a su círculo más próximo. A sus amigos. A Isiah Thomas la noticia le pilló conduciendo su coche. Tuvo que buscar la gasolinera más cercana, parar y echarse a llorar. No se lo podía creer. Aquello les distanció y el día que se reencontraron en una cancha, cuando el base que revolucionó el baloncesto jugó el All Stars de 1992, su trato ya fue frío como un iceberg.

Poco después, cuando llegó el delicado momento de convencer a las estrellas de la NBA para que participasen por primera vez en unos Juegos Olímpicos, los de Barcelona, Magic Johnson se encargó, con la colaboración de otro pilar, Michael Jordan, de dejar fuera del 'Dream Team' a Isiah Thomas. A oídos del base de los Lakers llegó el rumor de que su viejo amigo, con quien se daba un beso en la mejilla antes de cada partido, iba diciendo por ahí que era homosexual.

Aquello fue la ruptura definitiva. La amistad fraternal dio paso al odio. Los besos, al desprecio. Y luego, el silencio. Un largo silencio. Venticinco años después, NBA TV les sentó frente a frente en vísperas de la Navidad de 2017. Magic tomó la palabra y, después de algunos preámbulos, le soltó: «Eres mi hermano, así que déjame pedirte perdón por si te he hecho daño y por no haber estado juntos todo este tiempo». El base de los Detroit Pistons, miembro de los terribles 'Bad Boys', el niño que se crió en el duro West Side de Chicago junto a ocho hermanos zaheridos por la heroína y el alcohol, que vio en el baloncesto la oportuniad de sacar adelante su familia, empezó a llorar mientras Johnson apenas podía continuar: «Dios es bueno por reunirnos otra vez». Entonces chocaron las manos y se dieron un largo y trémulo abrazo mientras gimoteaban palabras de afecto.

Anatoli Karpov nació en los montes Urales, en la remota ciudad de Zlatoust, dos años antes de la muerte de Stalin. Gari Kasparov, hijo de padre judio y madre armenia, llegó al mundo doce años después en Bakú, capital de la antigua república soviética de Azerbayán. Karpov era un jugador clásico capaz de vencer al rival exprimiendo pacientemente una ventaja insignificante. Kasparov utilizaba un nuevo estilo, más volcánico, más directo. Uno era soviético de pura cepa. El otro, mezcla de varias culturas. El veterano era el modelo del Estado, el símbolo de la Unión Soviética. El aspirante, abanderado de la Perestroika de Gorbachov. Así que en cuanto se pusieron uno frente al otro, con un tablero en medio y un reloj a un lado, todo estalló en mil pedazos.

Fueron diez años (1984-1994) de una rivalidad despiadada. Y todo prendió un 10 de septiembre de 1984, el día que comenzó su lucha por el cetro mundial en un 'match' donde no contabilizaban las tablas. El que lograra seis victorias sería el campeón. Nadie previó, y mucho menos cuando Karpov se puso 4-0 en nueve partidas, y 5-0 en 27, que aquello podría eternizarse. El aspirante reaccionó en la sala de columnas de la Casa de los Sindicatos moscovita y, después de cerca de 500 intensos días, remontó hasta el 5-3 ante un rival mentalmente exhausto. El maestro filipino Florencio Campomanes decidió suspender la final entre duras acusaciones de ambos de haberlo suplicado. La batalla se retomó en septiembre, en el teatro Tchaikovsky. Al mejor de 24 partidas. Kasparov, de 22 años, se llevó el triunfo final y lo celebró alzando los puños tras convertirse en el campeón más joven de la historia.

La revancha llegó en el 86. Ambos se detestaban y apenas podían mirarse a los ojos. Kasparov, que llegó a despedir a un analista por sospechar que vendía información, se coronó de nuevo campeón con una sola victoria. Volvieron a medirse en 1987, en Sevilla, en medio de una expectación mundial inaudita. Ya no disimulaban su odio y Kasparov se puso a hacer muecas y aspavientos después de un error garrafal de Karpov, quien, no obstante, logró romper el empate en la penúltima partida. Su rival acabó llorando en el camerino del teatro Lope de Vega, pero luego venció y retuvo el título. En 1990, otra vez cara a cara, Kasparov se negó a jugar bajo bandera soviética y uno de sus analistas denunció que el equipo de Karpov, que acabó perdiendo de nuevo, le ofreció 100.000 dólares. Ambos enterraron su antipatía cuando Kasparov estuvo cinco días encarcelado y Karpov intentó visitarle.

Las entradas volaron como los jets que aterrizaban en Las Vegas el 28 de junio de 1997 para presenciar por la noche la velada de boxeo en el MGM Grand. Mike Tyson y Evander Holyfield, las dos grandes figuras del momento de los pesos pesados, afrontaban la revancha de una pelea rodeada de polémica que se había celebrado siete meses antes, el 9 de noviembre de 1996. Entonces la esquina de Tyson se quejó de que el árbitro no castigó los repetidos cabezazos de Holyfield, un argumento perfecto para que corriese el dinero de nuevo con la excusa de una pelea que batió los récords de ingresos tanto de los púgiles como por la contratación del pago por visión.

Tyson ya no era aquel muchacho que se convirtió en el campeón más joven de la historia, sino un hombre trastornado por el dinero, la fama y sus adicciones. La cocaína contaminó su carácter. «Fueron las drogas, solo pensaba en las drogas. Yo creía que era Dios; me sentía como Dios. No pensaba en el boxeo». Años después reconoció en su biografía ('Toda la verdad') que llegó a aquel duelo tras consumir grandes cantidades de cocaína. No era dominador de la situación. Y salió furioso contra Holyfield.

En el tercer asalto, 'Iron' Mike salió sin su protector -muchos usaron este dato para acusarle de hacer lo que hizo premeditadamente-. Su rival se lo advirtió y su preparador se lo dio. Pero, dos minutos y 25 segundos después, el neoyorquino abrió la boca y mordió la oreja derecha de su oponente, le arrancó un pedazo de cartílago y lo escupió contra la lona. Holyfield empezó a dar saltos de dolor, momento que aprovechó su enemigo para empujarle por detrás. El árbitro, Mills Lane, le amenaza, pero permite reanudar la pelea. Tyson se fue entonces a por su oreja izquierda y volvió a apretar los dientes. El árbitro detuvo el combate y descalificó al agresor, que también perdió su licencia para boxear y un 10% de la bolsa de 30 millones que se llevó por pelear en Las Vegas -Holyfield se embolsó 35-, una broma para un hombre que en aquella época era capaz de ir a un concesionario de Rolls Royce y llevarse todos los coches que tenían expuestos.

El tiempo, como en otros casos de profundo odio deportivo, tamizó la rivalidad; fueron capaces de perdonarse y hasta se convirtieron en amigos. La prueba de su reconciliación se plasmó en 2013, cuando ambos protagonizaron un spot para una cadena de tiendas de deportes en el que Tyson le llevaba en una caja de regalo el trozo de oreja que le había arrancado en el ring 16 años atrás.

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