Lo político o el negocio del poder

«El uso partidista y sectario de lo público como instrumentos de lucha política, es una de las peores perversiones de la democracia y la putrefacción de la misma política»

AGUSTÍN VEGA CORTÉS

El ejercicio de la política cumple su función cuando se piensa en el otro, pero si solo se piensa en los propios, la política no es más que un negocio, una lucha por alcanzar el poder, y una apropiación ilegitima de las instituciones públicas, para convertirlas en plataformas de destrucción del adversario. El uso partidista y sectario de lo público como instrumentos de lucha política es una de las peores perversiones de la democracia y la putrefacción de la misma política.

La democracia política actualmente existente en España es, antes que ninguna otra cosa, un método más o menos pacifico de alcanzar el poder y mantenerse en él todo el tiempo que sea posible. La principal ocupación de los gobernantes es cómo volver a ganar las siguientes elecciones. En eso emplean la mayor parte de su tiempo, así como todos los recursos públicos que están a su alcance. El relato de la soberanía popular, la participación de la gente en las decisiones, etc., no es más que humo y palabrería sin ningún efecto real. Ni los políticos quieren otra cosa que no sean votantes fieles que piensen poco, ni existen los instrumentos prácticos ni jurídicos que permitan una intervención ciudadana en la política más allá del hecho de ir meter una papeleta en una urna para refrendar lo que ya está decidido sobre los asuntos que ellos decidan, y de la forma que ellos determinen y que mejor cumpla el principal objetivo de todo hecho político, que no es otro que el poder, único y verdadero significado de la acción política tal y como la conocemos hoy en nuestro país. Ya sabemos que, en pura teoría, cualquier ciudadano puede aspirar a «entrar en política», pero si lo quiere hacer de una forma práctica y efectiva, solo lo conseguirá a partir de su encuadramiento en un partido político, no podrá hacerlo desde su propia libertad de individuo y con sus propios criterios, sino desde el sometimiento a una institución cerrada y regida por unos dogmas incuestionables, unas reglas de obligado cumplimento y un sistema de poder jerárquico tan estricto y eficaz como una institución militar. Si leemos con detenimiento los estatutos internos de cualquier organización política, podemos comprobar que es mucho más parecido a un código penal que a un ideario político.

Por eso es muy complicado intervenir en la política a través de una forma de pensar que vaya más allá de la hojarasca de falsas apariencias que la misma acción política va construyendo. La política habla sobre todo de ella misma. Los asuntos que deberían ser el objeto de su intervención, que son los que tienen que ver con la gestión de los intereses comunes de los ciudadanos, y la convivencia de estos, son utilizados como excusas para la confrontación entre unos partidos y otros. Si se trata de la enseñanza, no se busca debatir sobre cómo mejorarla, cómo evitar el fracaso de los alumnos o su falta de conocimientos en determinadas materias relacionadas con las llamadas humanidades, pongamos por caso. Un debate de estas características debería ser fundamentalmente un debate filosófico sobre los significados de la enseñanza en nuestros días. Un debate sobre criterios pedagógicos, culturales, históricos, sociales, y hasta psicológicos, que tendrían que ser protagonizados principalmente por personas destacadas del mundo de la cultura y de la Universidad, que dominen esas disciplinas y que estén motivados por el único afán de superar los actuales déficits que España sufre en su sistema de enseñanza.

Sin embargo, los partidos se apropian de ese debate, lo frivolizan y lo trivializan hasta el extremo de vaciarlo de cualquier tipo de reflexión y contenido mínimamente serio, convirtiéndolo en una burda trifulca política entre ellos. La izquierda acusa a la derecha de no querer que estudien los hijos de los pobres y la derecha de acusa a la izquierda de querer impartir teorías antirreligiosas, o cualquier otra estupidez que se les ocurra al que en esos momentos haga de portavoz de los diferentes grupos políticos.

Y lo que vale para la enseñanza vale para cualquier otro tema. Empleo, sanidad, convivencia, etcétera. Todo es sustraído al debate fundamentado, a la reflexión profunda y sin prejuicios ideológicos o de intereses de grupos. Los partidos políticos no buscan soluciones sin pensar en sus intereses electorales, sino razones para la confrontación. Se cabalga sobre los problemas de la gente y se utilizan como proyectiles contra el adversario. No importa que las personas sufran. El que no tiene el poder cree que mientras mayor sea el sufrimiento antes se derribará al que lo tiene y podrá sustituirlo. El que manda en ese momento, no hace la política que pueda interesar al conjunto de la nación más allá de lo inmediato, como puede ser reducir la deuda pública, por ejemplo, sino lo aquellos que puede ser rentabilizado en términos de votos para seguir gobernando. No importa el precio que se pague.

Creo que en ningún otro momento de nuestra historia, el pensamiento ha estado tan alejado de la vida política como lo están ahora. Jamás hemos tenido como ahora la escandalosa ausencia en las instituciones políticas, de personas con capacidad para reflexionar sobre el presente y el futuro de nuestra sociedad y construir referencias éticas y objetivos colectivos que materialicen el significado último de una nación, que no es otro que la convivencia y el bienestar de las personas que forman parte de ella.

Pero la responsabilidad no es solo de los políticos. Más bien es de todos nosotros, que hemos entendido el concepto de ciudadano solo como un individuo con derechos y no con obligaciones, y usamos nuestro voto como una moneda que entregamos periódicamente al que más nos ofrezca por ella. Si hay gente que roba cosas para vender es porque siempre hay quien se las compre. No sé quién será más culpable.

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