Lo que la moral no impregna

En estas últimas semanas me resulta ciertamente llamativo el uso de la moral excluyente, la que se acapara por un sector social, como el indpendentismo catalán, o como ha hecho ETA en sus últimos comunicados

JESÚS GALAVÍS

Simplificando bastante, la moral es la que nos indica si lo que hacemos es bueno o malo. O la ética que, simplificando de nuevo, es como la moral introspectiva, con más carga de reflexión y menos de acción.

Aunque en el fondo ambas son lo mismo: una especie de máquina imaginaria en la que, por una ranurilla delantera, entran nuestros pensamientos y nuestras actividades para salir por detrás etiquetados con un cartelito que dice; esto está bien y tan contentos. O, esto no está bien porque es malo, es injusto, es indecente, es inmoral… Entonces la conciencia, otro interesante logro de la evolución de nuestro pensamiento, se altera y no nos deja tranquilos

A mí me impresiona ver cómo no hay casi ninguna actividad humana que no esté impregnada por la moral. Parece que no queda ningún espacio que no deje de estar abarcada por ella.

Podría considerarse lógico que en actos que impliquen hacer daño físico, robar, matar, y otros por el estilo, intervenga la moral. Y que se acuda a nuestros principios éticos para establecer líneas que no hay que traspasar, para formular leyes y normas que debamos cumplir.

Pero en nuestra sociedad contemporánea, el espacio donde la moral interviene es mucho más amplio que en otras épocas de la historia. Una acción tan simple como beberse un determinado refresco de cola puede entrar en la máquina de la etiquetación ético/política porque, eso dicen los más concienciados, al beberla estamos colaborando con el mantenimiento de una multinacional capitalista y abusadora.

Comerse un filete de ternera, se argumenta también, contribuye a sostener la explotaciones ganaderas donde las vacas/niñas permanecen estabuladas, amarradas a un pesebre casi de por vida, corta vida, y alimentadas con más botica de la que imaginamos para engordarlas rápidamente, sacrificarlas (es un decir) y convertirlas en un bien de consumo lleno de incertidumbres acerca de su bondad alimenticia.

Y si se le dan unas monedas a un mendigo, que podría pasar por un gesto bondadoso, se te afea diciéndote que estás cooperando con una injusticia social, porque lo que hay que procurar es el pleno empleo con trabajos dignos que erradiquen la pobreza. Hay que andarse, y andar, con cuidado en este asunto de la ética contemporánea.

Resulta también interesante considerar la variación histórica de la moral, de la ética. Hoy veríamos como una monstruosidad comerse el corazón de un enemigo muerto en combate y, sin embargo, nuestros ancestros probablemente lo hacían como un acto ético de respeto a ese enemigo muerto, del que creían adquirir sus cualidades guerreras. En Roma se veía con toda naturalidad que un gladiador matase a su adversario ya vencido e inerme. Y hoy día, una corrida de toros es para algunos un espectáculo artístico, un reflejo del 'ser español', algo plausible, y para otros una muestra de crueldad social y maltrato animal, una inmoralidad social.

A veces me da por pensar que hay un espacio en el que parece que no se asoma la ética: en la política. Pero de eso ya se ha escrito hasta la saciedad, de cómo, salvo las obligadas excepciones, lo que trasmite el quehacer diario más pedestre de la política es un buen muestrario de marrullerías, medias verdades, exageraciones, oportunismos y demás lindezas que se practican sin ningún rubor, es decir, sin tamizarlos por el colador de la ética.

¿Y la creación artística? En principio parecería que un bodegón, una fotografía de una puesta de sol, unas esculturas no encierran moralidad o amoralidad alguna, y sin embargo, la Rusia comunista estigmatizó a los artistas burgueses, y la Iglesia vistió los desnudos de algunas figuras.

Casi todo está impregnado por la moral. Pero en estas últimas semanas me resulta ciertamente llamativo el uso de la moral excluyente, la que se acapara por un sector social.

Por ejemplo, en el independentismo catalán. Aquí se evidencia hasta qué punto puede funcionar la ética unidireccional, la ética alumbrada en el transcurso de una causa que se antoja noble e irrenunciable. Su principio más elemental es que todo lo que ayude al fin maravilloso que se ansía es válido, aunque parezca que es injusto, o ilegal o rompedor de la cohesión social.

Pareciera que los catalanes secesionistas disponen de un depósito de ética disuelta en agua, que dispensan con un spray a su antojo rociando cuanto hacen o inventan para convertirlo en algo casi sacrosanto. Y al tiempo, reservan cubos de mancilla y oprobio con los que embadurnan a brochazos los valores y acciones del contrario, de los traidores o desleales porque no comulgan con la causa.

Otro fenómeno en la misma línea es el de ETA y sus últimos comunicados. Es un claro exponente de este uso unidireccional y emponzoñado de la moral.

Ya desde sus justificaciones históricas de los asesinatos se había perfeccionado una técnica de imprimación de sus crímenes pintándolos bajo el color de actos necesarios para su proceso.

Pero es en los casi hilarantes documentos que han acompañado a su 'disolución' donde se evidencia ese uso indigno de una moral particular, para evitar pedir perdón e intentar, si cuela, presentar su fin como un acto de bondad.

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