Mensaje en la tarima

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Salen a la luz los textos que un carpintero francés escribió en 1880 en la parte inferior de las tablas del suelo de un 'chateau'. Relata la vida del pueblo y hasta el nombre de un infanticida

JAVIER GUILLENEA

Joachim Martin quiso pasar a la historia y lo consiguió más de un siglo después de su muerte. Su nombre regresó del pasado cuando varios obreros que trabajaban en la reforma del 'chateau' de Picomtal, en los Altos Alpes franceses, levantaron el piso de madera de varias habitaciones. Al otro lado de los listones encontraron las palabras que un carpintero había escrito a lápiz entre 1880 y 1881. En las 72 tablas que se han hallado hasta ahora Joachim expone sus pensamientos sobre la vida diaria de Les Crottes, su pueblo, y desvela la identidad de la persona que mató a cuatro recién nacidos.

«Feliz mortal, cuando leas esto ya no estaré aquí», dejó escrito el carpintero en una de las tablas que colocó hace 138 años en la mansión. «Mi historia es corta, sincera y franca, porque nadie más que tú verá mis escritos», dice en otra Joachim, que se describe de forma inmisericorde. «Hijo de la miseria, nacido libre, 38 años. Ser insignificante, enfermo y sordo. Una hermana que tiene una pierna de madera, de 32 años, casada con un loco en Embrun: eso es lo que queda de mis doce hermanos».

Es esta sinceridad la que proporciona un valor especial a los mensajes. Los escritos de Joachim estaban destinados a ser leídos mucho después de su muerte, por eso no tiene reparos a la hora de hablar de sexo, muerte y religión. Es como si hubiera querido descargar su conciencia, desahogarse ante un lector pretérito y desconocido, tal vez un carpintero como él, por todo lo que supo y calló.

«En 1868 pasé, a la medianoche, por la entrada de un establo. Escuché gemidos. Era la amante de uno de mis viejos amigos, que estaba dando a luz». Joachim comienza así la historia de una mujer que con el tiempo tuvo seis hijos de los que solo sobrevivieron dos. Los otros cuatro fueron enterrados en el mismo establo poco después de nacer.

El carpintero no acusa a la madre del cuádruple infanticidio, sino a su amante, su viejo amigo Benjamin, que dejaba mucho que desear. «Está ahora tratando de arruinar mi matrimonio. Con solo decir una palabra y apuntar a los establos puedo mandarlo a prisión», escribe. Pudo, pero no lo hizo. «Él es mi amigo de la infancia y su madre es la amante de mi padre», escribió para justificar su silencio.

Esta especie de diario secreto fue hallado en 2000 pero ha sido ahora cuando ha podido ser estudiado por el historiador Jacques-Olivier Boudon. En su libro 'Las tablas de Joachim', sostiene que de las palabras del carpintero se desprende la idea de que, en una época en la que no existían los preservativos, el infanticidio era una práctica extendida pese a que estaba considerado como un delito.

También eran comunes las críticas al clero por sus actitudes poco edificantes. «La república -se lee en una de las tablas- hizo cosas muy hermosas en 1881. En enero y febrero cerraron 200 conventos, disminuyeron los sacerdotes y las monjas fueron retiradas de las escuelas públicas». En este contexto social, Joachim Martin centra sus acusaciones en el cura del pueblo, el abate Lagier, un joven con «un contoneo insolente» que «coquetea con las mujeres mientras sus pobres maridos cornudos tienen que quedarse callados».

«Habría que colgarlo»

Es difícil de imaginar lo que pensó el carpintero mientras escribía en las tablas y lo que sintió al colocarlas en el nuevo suelo del 'chateau' con miedo a que le descubrieran. Quizá se lo pensó dos veces antes de quejarse de las detalladas preguntas sobre la vida sexual que el cura hacía a los feligreses durante las confesiones y, sobre todo, antes de dar su opinión sobre el destino que se merecía el religioso. «Habría que colgar a ese cerdo», escribe.

De él no se sabe mucho aunque sí bastante más que sus vecinos. Joachim nació en 1842 y murió en 1897. Su padre era católico y su madre protestante. De joven tocaba el violín en las fiestas de los pueblos para redondear su salario. Tuvo cuatro hijos. El hecho de que alguien de su clase social supiera leer y escribir no era extraño en los Altos Alpes, que contaba con una elevada tasa de alfabetización. Cobraba poco, «0,75 francos por metro cuadrado de piso». Creía que él, y los que eran como él, también podían ser historia.

«Revolví el castillo y busqué por todos los lados pero no encontré ni un mensaje, ni un número de carpinteros», dice desilusionado en una de las tablas. Por eso, envía un recado a sus colegas del futuro. «No seas como ellos, escribe siempre tu fecha».

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