La mayor fiesta del mundo

Una camarera del Oktoberfest se abre paso con un silbato mientras sujeta diez jarras de cerveza, lo máximo que se les permite coger para evitar problemas físicos. :: afp

Los 6 millones de visitantes que llegan estos días a Múnich hacen del Oktoberfest un evento más concurrido que el Carnaval de Río. La gran celebración de la cerveza desmonta el mito de que los alemanes son gente fría y seria

ANDER AZPIROZ

Ocurrió el 12 de octubre de 1810. Luis I de Baviera no quiso escatimar en gastos para la celebración de su boda con Teresa de Sajonia. Para demostrarlo, dictó seis días de fiesta en que los muniqueses dispusieron de barra libre de una cerveza fabricada especialmente para la ocasión. Lo que no tenía previsto el noble bávaro es que aquella decisión suya pasaría a ser tradición, primero, y el evento más visitado del mundo, después. Es en lo que se ha convertido, 184 ediciones después (sólo han parado en epidemias y guerras), el Oktoberfest que, ahora, eso sí, se celebra en septiembre por sensatas razones climatológicas. En concreto, empezó el pasado 16 y terminará el 3 de octubre.

Múnich, la capital de Baviera, al sur de Alemania, es una ciudad que, pese a lo que se pueda pensar, cuenta con apenas 1,5 millones de habitantes, pero recibe en las dos semanas largas durante las que se prolonga su fiesta de la cerveza a más de 6 millones de visitantes, un registro que supera, incluso, al del Carnaval de Río de Janeiro. Y es que, según reconocen sus organizadores, ya no se realizan campañas de publicidad ante el temor de que la afluencia de personas pueda sobrepasar en algún momento la capacidad de acogerlas.

El Oktoberfest se extiende a lo largo de 46 hectáreas, las mismas donde Luis I ordenó celebrar una gran carrera de caballos para festejar sus nupcias y que por ello reciben el nombre de Las Praderas de Teresa. A lo largo de este espacio se monta una gran feria con múltiples atracciones y coronada por una gigantesca noria que permite observar Múnich en su plenitud. Hasta ahí nada fuera de lo normal. Pero hay algo que la distingue de cualquier otra. Se trata de las seis grandes carpas -bien podrían definirse como edificios- en las que cada una de las seis marcas de cerveza de Baviera con denominación de origen ofrecen sus productos al público en un intento de erigirse sobre sus competidoras. Se trata de Paulaner, Hacker-Pschorr, Spaten-Franziskaner-Bräu, Hofbräuhaus, Löwenbräu y Augustiner. Las sedes de estas cerveceras, con aforo para 8.000 personas cada una, comienzan a construirse en junio e incluyen vigas de madera y llamativas torres. Una vez concluido el Oktoberfest, se desmontan en un plazo de quince días para dejar de nuevo el espacio libre. Y en el siguiente junio, vuelta a empezar.

Pero más allá de sus cifras lo que hace grande este acontecimiento son sus protagonistas. Desde aquellos que fabrican los más de 6 millones de litros de cerveza que se consumen durante su duración, hasta los muniqueses que reservan parte de sus vacaciones para disfrutar hasta del último trago, o los cientos de miles de extranjeros que se desplazan a la capital bávara para comprobar que lo que se cuenta es cierto.

Uno de estos protagonistas es Christian Dahncke, primer maestro cervecero de la marca Paulaner. Su profesión es una de las más respetadas en Baviera, tanto que en este lander -nombre que recibe cada una de las 16 regiones federales que conforman Alemania- existe una Facultad de la Cerveza, la única del mundo junto a la de Berlín. En ella, los estudiantes se preparan durante cinco años para dominar al milímetro la preparación de esta bebida, tres años y medio de forma teórica y otro año y medio más de manera práctica. Si superan las pruebas, el cervecero pasa a ostentar el título de diplomado.

«Todo el planeta te mira»

Dahncke es el responsable de la elaboración de casi la mitad de la cerveza que se bebe en el Oktoberfest, un modelo que solo está disponible al público durante las dos semanas de la celebración. «Esta fiesta es como un mundial de fútbol. Todo el planeta te mira y por eso es muy importante hacer un producto de la máxima calidad». La receta es la misma cada año con pequeñas variaciones y mantiene la regla no escrita de Baviera de que los ingredientes sean solo agua -los muniqueses presumen de la calidad de la de sus grifos-, lúpulo, levadura y malta. El maestro explica que una de las características de la cerveza que se elabora específicamente para el festival es que tiene 6 grados, uno más de lo habitual. «Sí, es un poco más peligrosa», bromea. Es más fuerte pero al contar con un grado más alto de fermentación es más fácil de digerir y da sensación de ser más ligera que la habitual, si bien el maestro reta a mantener la opinión tres jarras después, que por tradición solo se sirven de un litro, a once euros la jarra.

Según Dahncke hay dos secretos para no sucumbir a su cerveza. «El primero es comenzar a entrenar desde muy joven», ironiza. El segundo, acompañar la bebida de abundante comida. Pero las tapas alemanas no son como las españolas, avisa. En efecto, consisten en enormes platos de pollo, cordero o codillo acompañados por todo tipo de guarniciones. Y, por supuesto, salchichas. En el Oktoberfest se come, se merienda y se cena de forma copiosa y ahí es donde entran en escena los maestros gourmet. Andreas Geitl es el responsable de la cocina de una de las carpas. Él y sus cerca de cien empleados son los encargados de, por ejemplo, asar 5.000 pollos al día. «Con tanta cerveza es básico comer bien», resume. Geitl explica su trabajo con más cifras, como que al día se lavan unos 60.000 platos y 1,3 toneladas de cubiertos. Pero no todo lo que sale de su cocina es carne. En los últimos años ha debido de adaptarse a la creciente demanda vegetariana, que ha registrado un significativo aumento entre la juventud germana. Para ellos Geitl se ha sacado de la manga platos como los gnochi de patata con leche de coco o pasta con chucrut y chili. Y es que nadie debe quedarse sin comer ante una larga jornada de alcohol.

Los camareros son el nexo de unión entre los maestros cervecero y gourmet y los asistentes al Oktoberfest. En cada una de las carpas trabajan en torno a 250. Su salario varía, aunque gira en torno a un 10% de la venta en sus mesas más las propinas. Corinna Finkl desempeña su labor en la carpa de Paulaner. Accedió al trabajo tras superar un casting y tiene como tarea servir ocho mesas de hasta 10 personas cada una en una jornada que para ella comienza a las 9.30 horas. Se presenta con una enorme sonrisa, unas palabras en correcto español y la aclaración de que ella es capaz de llevar a la mesa hasta diez jarras de cerveza de una tacada, lo máximo permitido. Cada jarra llena pesa 1,5 kilos, lo que multiplicado por 10 supone un total de 15. «¿Qué si duelen después los brazos? No, si has entrenado», sonríe Corinna.

De fondo, 'Despacito'

Los últimos protagonistas son los más de 6 millones de asistentes, muchos de ellos familias con niños. Algunos, como Ulrich, de 27 años, se cogen las dos semanas de vacaciones para disfrutar hasta el último segundo del Oktoberfest. Como no podía ser de otra forma viste el típico traje bávaro. Hacerlo no resulta barato, especialmente para los hombres. Para ellos la vestimenta puede alcanzar los 1.600 euros en el caso de que se opte por un pantalón de piel de ciervo y unas medias tejidas a mano, tal y como manda la tradición. Son trajes de gala, con los que incluso van a trabajar al día siguiente ejecutivos que el resto del año mantienen una estricta etiqueta. En el caso de ellas, los vestidos salen por unos 500 euros. Lo curioso es que el uso de la ropa típica de Baviera en la fiesta de la cerveza no hunde sus raíces en un lejano pasado, sino que surgió en los 90 y se ha extendido sin control desde entonces.

Pese a que la juventud es el motor de la fiesta, el público es de todas las edades. Cuando se juntan en las carpas es el momento en el que entra en juego la canción 'Ein prosit'. Los recintos cerveceros está amenizados por una orquesta que combina canciones populares con éxitos en versión alemana, incluido el inefable 'Despacito'. Pero cada no más de diez minutos llega el momento del brindis porque, según explica la letra de 'Ein prosit', los comensales se encuentran en un lugar para el que no existe palabra concreta en español, pero que podría traducirse como «acogedor» o «buena compañía». Cantan a voz en cuello, se encaraman a los bancos de madera y culminan la ceremonia con un atronador choque de sus jarras de cristal (antes eran de porcelona, pero se rompían con frecuencia... algo peligroso en caso de peleas). Ese momento en el que todos sueltan un sonoro «Prost!» (¡Salud!), al que sigue un rosario de carcajadas, muestra otra cara del carácter teutón. ¿Quién dijo que estos tipos eran fríos y serios?

A pesar de todo el alcohol que corre por el Oktoberfest las formas son educadas y respetuosas. Los baños, pieza básica entre tanta cerveza, se mantienen impolutos y cuando llega el momento de cerrar a las 23.00 horas -«algo pronto, pero mejor así porque si no seguiríamos pidiendo jarra tras jarra hasta la una, las dos o las tres, reconoce el joven Ulrich»-, los asistentes abandonan los recintos en orden y en apenas un cuarto de hora, algo impensable en otros eventos multitudinarios. Eso sí, a primera hora de la mañana del día siguiente ya comienzan las colas. Hoy ya había gente esperando a las puertas de las carpas a las siete. Y vuelta a brindar.

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