Se llevan a matar

Se llevan a matar

Valentino Rossi, descabalgado por un agresivo Marc Márquez en la última carrera de MotoGP, en Argentina, asegura que tiene miedo. «Tengo miedo, tengo miedo de estar en pista con Márquez, no me siento protegido». Hace tres temporadas fue al revés. El italiano sacó de la pista al español, con quien se disputaba la corona mundial. El caso es que pasaron de ser grandes amigos a odiarse profundamente. Ya nadie recuerda aquella tierna foto de 2008 en el circuito de Montmeló. Marc Márquez, lampiño, posaba radiante junto a Valentino Rossi. Solo tenía 14 años y soñaba con ser como él. Ahora, diez años después, se llevan a matar.

Es una expresión, claro, aunque el deporte ha encerrado odios despiadados que han arrasado con toda contención. Uno de los casos más célebres sucedió en 1962 a través del boxeo, considerado entonces un deporte de pobres para entretener a la clase media. Emile Griffith, que antes de ser campeón del mundo se dedicaba a hacer sombreros para mujeres, era una mula, un púgil terrible, uno de los mejores pesos medios. Aquel año iba a enfrentarse a Benny 'Kid' Paret, el cubano que le había arrebatado el título en su anterior duelo y quien, durante el pesaje, empezó a gritarle «maricón». Hay que ponerse en situación: un deportista negro, acusado de ser homosexual en los Estados Unidos de los años 60.

«Estaba harto de que la gente me llamara maricón», declaró décadas después un anciano Griffith al 'New York Times'. «Aquello que me dijo tocó algo dentro de mí». Y llegó la pelea. El mítico Madison Square Garden abrió sus puertas en el corazón de Manhattan el 24 de marzo de 1962. Paret tuvo su opción de acabar con todo en el sexto asalto. La campana lo evitó. En el duodécimo, Griffith encerró al cubano en una esquina y comenzó a golpearle la cara. Apoyado contra las cuerdas, llegó a quedarse sin respuesta, sin defensa. Griffith, sin que el árbitro, un veterano de los rings llamado Ruby Goldstein, lo impidiera, se ensañó con el rostro de aquel púgil que se había atrevido a llamarle maricón en público. Tras una ráfaga de 29 golpes, Paret se desplomó como un muñeco de trapo y quedó colgando de una cuerda por un brazo. Salió del cuadrilátero en camilla. Diez días después, moría en el Hospital Roosevelt.

Emile Griffith, que reconocería más adelante que era bisexual, cargó con aquello por el resto de su vida. Aunque le irritaba la hipocresía de la sociedad. «Mato a un hombre y la mayoría de la gente me perdona. Amo a un hombre y eso me convierte en una persona diabólica», se lamentó.

Muchas de las historias de odio en el deporte tienen un final pacífico, de reconciliación. El tiempo permite ponerlo todo en perspectiva y comprobar que nada era realmente tan trascendental como para odiar a un compañero. Alain Prost acabó cargando con el féretro de Ayrton Senna. Anatoli Karpov intentó visitar y animar a Gari Kasparov cuando el 'ogro de Bakú' estuvo en la cárcel cinco días. 'Magic' Johnson e Isiah Thomas acabaron abrazándose, llorosos, hace unos meses tras lustros de odio. Y en 2005, el documental titulado 'Ring of fire' mostró al hijo de Paret abrazando a un emocionado Emile Griffith tras decirle que él le había perdonado.

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