Israel no quiere refugiados

Policías del departamento de inmigración israelí reducen a un joven eritreo que protestaba por su deportación en el centro de detención de Holot, donde mil africanos aguardan a su expulsión. :: afp/
Policías del departamento de inmigración israelí reducen a un joven eritreo que protestaba por su deportación en el centro de detención de Holot, donde mil africanos aguardan a su expulsión. :: afp

Casi 40.000 africanos tendrán que abandonar el país. Netanyahu les niega el asilo y les ofrece 2.800 euros para que se marchen. «Preferimos quedarnos aquí en la cárcel antes que irnos»

MIKEL AYESTARAN

Ghebtiwot Tekle está nervioso. Por un lado, quiere hablar y contar su historia, que es la misma de la de decenas de miles de compatriotas llegados a Israel de forma ilegal hace una década. Por otro, tiene miedo de hacerlo porque el gobierno del Estado judío amenaza con expulsar en mayo a todos los demandantes de asilo. Se sienta en una de las sillas de la pequeña biblioteca de la organización The Hotline for Refugees and Migrants tiene en el centro de Tel Aviv y habla de su peligrosa huida de Eritrea. «Mi primera idea era Europa, pero para eso tenía que ir antes a Libia y en 2007 el gobierno de Muamar Gadafi deportaba a la gente de vuelta a sus países de origen, era muy difícil dar el salto. Así que escapé a Etiopía, donde pasé un año, pero no me encontraba seguro y fui a Sudán, que tampoco era un buen lugar. Allí, junto a un grupo de doce amigos, decidimos intentar llegar a Israel porque sabíamos que era la única democracia en la región y pensamos que aquí se respetarían los derechos humanos», relata este padre de tres hijos, todos nacidos en Tel Aviv, aunque no por ello son israelíes, que está a punto de cumplir los 38 años y trabaja como traductor en The Hotline for Refugees.

La vía egipcia fue la ruta empleada por Ghebtiwot y las 38.043 personas, según las cifras que manejan las autoridades israelíes, que llegaron al país huyendo de Eritrea y Sudán. En 2013 se terminó la construcción de una verja de separación a lo largo de toda la frontera con Egipto, en mitad del desierto, y se frenó la llegada de ilegales. Desde entonces todos los que consiguieron entrar «viven en una especie de limbo, no existen y no hay una política determinada para resolver su situación, el Gobierno no quiere hacer nada oficial y en todo el país solo hay una oficina pública operativa para atenderles, una oficina colapsada de forma permanente por largas colas», denuncia Dror Sadot, portavoz de The Hotline for Refugees, organización que junto a otros organismos de derechos humanos prestan atención legal a una comunidad que «está en estado de pánico por el anuncio de expulsión del gobierno. Todos hablan de ellos, pero nadie habla con ellos, no saben lo que les puede pasar, pero ninguno quiere abandonar Israel».

Plan de expulsión

Las organizaciones humanitarias piden a Israel que acepte las solicitudes de asilo «Los faraones decían lo mismo de los hebreos, que íbamos a crecer y superarles»

La sala de espera de The Hotline for Refugees está repleta. Los abogados atienden a los ciudadanos africanos que acuden aquí en busca de información. El ritmo de trabajo es frenético desde que el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, hiciera público a comienzos de año su plan de expulsar por la fuerza a los demandantes de asilo. La 'misión' de Netanyahu es «deportar a los infiltrados ilegales» que entraron a Israel antes de la construcción de la nueva barrera en la frontera con Egipto. «Los infiltrados tienen una opción clara: cooperan con nosotros y se van voluntariamente, con respeto, humanidad y en total legalidad, o nos obligarán a utilizar otras herramientas a nuestra disposición, que también están dentro del marco de la ley», advirtió el primer ministro. Entre las medidas prácticas que piensa aplicar Israel está el cierre del centro de Holot, al sur del país, donde en este momento hay mil demandantes de asilo. Según el ministro de Seguridad Pública, Gilad Erdan, «Holot se ha convertido en un hotel para infiltrados que viven del dinero público». El coste que este grupo representa para las arcas públicas y los problemas de seguridad en los barrios del sur de Tel Aviv, donde se concentra la mayor parte de la comunidad de eritreos y sudaneses, son los motivos que repiten una y otra vez los dirigentes conservadores de Israel para justificar su expulsión.

Dinero en mano o la cárcel

Las palabras de Netanyahu se traducen en que «los demandantes de asilo deben elegir entre aceptar una ayuda de 3.500 dólares (2.800 euros) y ser deportados a terceros países, que son Ruanda y Uganda, o ser enviados a la cárcel de forma indefinida», explica Sadot, para quien este plan supone «cruzar una línea roja para Israel porque se trata de algo inaceptable e inmoral». De las 38.043 personas en riesgo de expulsión, 27.494 son de Eritrea y 7.869 de Sudán. En la última década 6.000 peticiones de asilo han sido denegadas y solo 11 personas han obtenido este estatus en Israel. En el caso de los eritreos, «huyen de un país considerado la Corea del Norte africana y donde deben cumplir un servicio militar indefinido. ese es el motivo principal por el que escaparon miles de jóvenes», señala Sadot. The Hotline for Refugees está en contacto con personas que han aceptado la deportación voluntaria y que «han llegado a Ruanda, donde les meten de forma temporal en un hotel, les roban los 3.500 dólares que saben que les ha dado Israel y, en cuanto pueden, inician la ruta hacia Libia para escapar a Europa.».

La indignación se ha extendido entre una parte de la sociedad israelí y están en marcha varias campañas de apoyo. 35 escritores, entre ellos los internacionalmente conocidos Amos Oz y David Grossman, firmaron una carta para implorar al Gobierno «que detenga su plan y no expulse a los demandantes de asilo de Eritrea y Sudán», y recordaron que «Israel no tiene un problema de refugiados y no representa una dificultad económica poder acoger» a este grupo «cuyos hijos ya han nacido aquí y que solo nos piden una cosa: vivir». En esta carta se recuerda también que «100.000 extranjeros llegados sobre todo del este de Europa viven en Israel sin permiso y a ellos nadie les persigue, ni les amenaza con deportaciones forzosas».

La historia se repite

Organizaciones religiosas recordaron al Gobierno que «hubo gente que arriesgó su vida por salvar a los judíos y ahora nosotros, como país, ¿decimos que no queremos correr el riesgo de salvar estas vidas porque ponen en riesgo la balanza demográfica? Nuestro primer ministro repite las palabras pronunciadas por los faraones en el Antiguo Egipto cuando dice que el número de esta gente va a crecer. Los faraones solían decir lo mismo de los hebreos, que íbamos a crecer y superarles», según las declaraciones de la rabina Susan Silverman al diario 'Haaretz'. El grupo Rabinos por los Derechos Humanos apeló incluso a la figura de Anna Frank y llamó a los israelíes a esconder a las personas en riesgo de expulsión en sus casas.

Esta movilización popular anima a organizaciones como The Hotline for Refugees, donde piensan que «hay que seguir en esta lucha y, por el momento, tratar de tranquilizarles y mostrarles que no todos los israelíes estamos a favor de la deportación forzosa. El odio viene desde arriba, el racismo contra los africanos no es algo natural en nuestra sociedad, se trata de una instigación por parte del Gobierno», apunta Sadot.

Ghebtiwot conoce muy bien las palabras de Sadot. Vive en el sur de Tel Aviv, como la mayoría de compatriotas, y trabaja de forma legal, aunque no oficial. Estudió Empresariales en Asmara, la capital de Eritrea, y, después de tres años en el servicio militar, escapó de un país al que no puede volver porque su vida corre peligro. «Tampoco quiero ir a Ruanda, no hay nada que me una a este país y sé que corro el riesgo de desaparecer. Salir de Israel no es una opción para mí y mi familia, prefiero estar en prisión. La cárcel es mucho mejor que volver a África en estas condiciones». Palabras duras que pronuncia sin perder la sonrisa, palabras que reflejan una opinión compartida por la mayoría de los que, como él, llegaron a Israel huyendo de países en conflicto a los que no quieren regresar bajo ningún concepto.

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