El granjero que se creía de sangre azul

Al multimillonario de Wall Street, un inversor inmobiliario y de capital riesgo, le encantan la cultura y la lengua españolas. Hasta el punto de que las promociona en la universidad en la que estudió. :: r. c.

Valencia y Sevilla le enseñaron que el mundo no acaba en Carolina del Norte. Duke Buchan III, el embajador de Trump en España tras inflar de dólares su carrera presidencial, adora el polo y cultivar tomates

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Cuando rebobina se recuerda fatalmente 'encarolinado'. «Crecí en una granja del condado rural de Vance (Carolina del Norte), entre dos poblaciones que sumaban trescientos vecinos en total, y estaba obsesionado con todo lo relacionado con mi Estado. Las paredes, las cortinas y la alfombra de mi habitación eran azul Carolina. Mi camisa y mis calcetines favoritos. Hasta creía que mi sangre era de ese color. Mi primer perro se llamó 'Tar heel' (el apodo con el que el país conoce a los oriundos de ese territorio) y mi canción favorita era 'Carolina in my mind'». Sin salir de su plantación familiar y del opresivo índigo, los tomos de una enciclopedia universal se encargarían de filtrarle el mundo con su irresistible amalgama de tonalidades. Aquellas fotos pequeñas y saturadas serían suficientes para que el adolescente Richard Duke Buchan se conjurara para echar un vistazo más allá del Atlántico. Sus profesores de español en Secundaria, dos cubanos, le marcarían el destino en el mapa con un espontáneo «¿por qué no vas a pasar un verano a Valencia y así practicas el idioma?». Duke Buchan III, como se hace llamar a sus 54 años, regresaría a la granja azul chapurreando, incluso, un poco de catalán.

Lejos de defraudarle, el bocado ibérico le resultó tan adictivo como iniciático. En su ingreso en la Universidad para estudiar Ciencias Económicas -la de Carolina del Norte, por supuesto-, le faltó tiempo para inscribirse en el programa de estudios en el extranjero, que le proporcionaría un nuevo pasaje a España. Esta vez, a Sevilla. Lo evoca como el año «más transformador» de su vida. Aunque se acabaría casando con una colega, inversora y estadounidense como él, con la que tiene tres hijos, la capital hispalense fue su primer flechazo. «El estudio de la lengua, la literatura y la cultura españolas me proporcionó un pasaporte a otro mundo fuera de mi país y una perspectiva más global», ha contado también a la revista de su universidad. Allí ha pasado de ser un exalumno a su mejor benefactor. Hace seis años creó, dentro del Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, el Buchan Excellence Fund, un generoso fondo económico destinado a promover el estudio de la cultura española y el castellano entre profesores y alumnos. Hasta ese punto ha llegado el enganche del 'tar heel' con la piel de toro.

Donald Trump ha venido ahora a colmatar su arrebatada pasión 'spanish' nombrándole su hombre fuerte en España. No ha sido una sorpresa. La madera de embajador de este exbanquero en Miami, exadministrador de fortunas, inversor inmobiliario y millonario de Wall Street ya la vislumbró el 'New York Times' hace dos primaveras. En aquellos tiempos remotos, en los que la demócrata Hillary Clinton se las prometía felices y nadie daba un dólar por las extravagantes inquietudes políticas del magnate platino, Buchan decidió apostar todo, literalmente, al republicano. Lo hizo apoquinando 898.000 dólares -unos 763.000 euros-, el máximo que permite allí la ley, para impulsar su carrera hacia la presidencia. «Es un elemento distorsionador, un conseguidor (por los medios necesarios) y un constructor que aportará visión comercial a la Casa Blanca y que sacudirá el 'status quo' del Gobierno», dijo en explicación de su decidido apoyo a Trump. Su dinero le abrió de inmediato un hueco en el círculo íntimo del candidato, si bien ya se conocían. Baron, el único hijo que tiene el presidente estadounidense con su actual esposa, Melania, como los tres vástagos de Buchan fueron a la misma guardería.

La tradición de la recompensa

El donante no se limitó a firmar un cheque de cinco ceros. Asistió a la convención republicana y a los tres debates presidenciales, y colideró cerca de veinte eventos para recaudar fondos. Y el gran día de la toma de posesión, los Buchan asistieron a la iglesia con los Trump, se sentaron cerca mientras su patrocinado juraba el cargo y acudieron después a la Casa Blanca para el almuerzo. Aquel chico de la granja azul que se había atrevido a soñar a lo grande estaba recogiendo los frutos. El que más ansiaba le ha llegado ahora, siete meses después de la formación del Gabinete Trump. Habría aceptado de buen gusto la embajada de Uruguay o la de Argentina, pero el presidente le ha concedido la que más deseaba, la del número 45 de la calle Serrano de Madrid.

«En Estados Unidos, es muy normal que grandes donantes a la campaña electoral sean recompensados con una embajada cómoda o importante. No lo ha inventado Trump. Ya lo hicieron Obama, Bush y otros muchos. La de España no está en la Champions junto a las de París, Londres y México (por la proximidad), pero sí es de Primera División», ilustra el exembajador Inocencio Arias, quien aborda esta cuestión en su libro 'Siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones'.

En la mudanza que está a punto de emprender, Buchan dejará atrás su casa de Florida, su apartamento de la Quinta Avenida, su querido club de polo y su particular 'Tara' en el Valle de Hudson, donde cuida de cuarenta caballos y cultiva trufa y más de sesenta variedades de tomates orgánicos, que comercializa. Si hay algo que le pirra al Duque, dicen, es la comida de la huerta a la mesa. Suena a tic valenciano.

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