Desvelar el amor

Desvelar el amor

Homosexuales árabes se hacen visibles para combatir la represión. «No se trata de una salida del armario, sino de que se hable del tema»

ISABEL IBÁÑEZ

Está aceptado que el actor y modelo egipcio-canadiense Omar Shariff Jr., de 34 años, nieto del recordado protagonista de 'Doctor Zhivago', fue la primera personalidad pública que salió del armario en el mundo árabe, convirtiéndose en un referente para la comunidad de personas Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales (LGTBI). Lo hizo en 2012 en la revista 'The Advocate', cuando la Primavera Árabe que prometía traer aire fresco a Egipto culminó con la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes. A partir de aquel momento cosechó multitud de críticas y violentas amenazas. Huyó a EE UU para no regresar más; ni siquiera pudo volver a despedirse de su abuelo antes de que muriera, en 2015, porque podría haber sido detenido por 'incitación al libertinaje', la acusación más habitual para reprimir a los homosexuales en aquel país incluso hoy.

«Mis amigos me cuentan cuál es la situación. Viven con miedo, asustados de mostrarse como son de forma abierta, siempre mirando por detrás de su hombro, temiendo que, en cuanto salgan, su casa pueda ser registrada, o que sean agredidos por la Policía, detenidos y encarcelados. Allí sufren violencia y exámenes médicos invasivos (controles anales para hallar 'evidencias'). No sólo los condenan por crímenes que no son tales, sino que su reputación queda destruida». Así resume el actor la situación que se vive en su país. Recibe unos cincuenta mensajes diarios de jóvenes de Oriente Medio y el norte de África que le agradecen haberles dado visibilidad y legitimidad. «Otros son llamadas de socorro que me hacen sentir desamparado».

Esta parte del planeta especialmente agresiva con estas personas centra el último informe de la ONG Human Rights Watch, 'No longer alone' (Ya no estamos solos'). Han entrevistado a activistas en una veintena de países de Oriente Medio y el norte de África que han querido hablar en vídeo, algunos dando la cara y otros no, para combatir la represión no solo de la calle, sino también la de sus respectivos estados. Como la bisexual libanesa Rima: «Las figuras religiosas, el Gobierno, tus padres, todos quieren opinar sobre lo que haces con lo que tienes entre tus piernas. Quiero decirte que no es asunto de ellos, y que tu cuerpo, tus deseos y tus ideas son solo tuyos. Si no les gusta lo que eres, están equivocados».

Como explican en la ONG, «no se trata de un grupo de individuos que salen a la sociedad... sino más bien del tema 'que sale' para la discusión social». Algunos insistieron en tener sus rostros escondidos o sus voces alteradas por lo que podría caerles encima con una salida del armario, y prefieren esperar a que llegue un momento más seguro. Según la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero e Intersexo (ILGA), 72 países de todo el planeta criminalizan las relaciones homosexuales y las castigan con un amplio abanico de fórmulas, que van desde multas de diversa cuantía hasta la prisión, cadena perpetua incluida, pasando por los latigazos. Y unos pocos utilizan la pena de muerte: Irán, Arabia Saudí, Yemen y Sudán la aplican en todo su territorio con la ley de la Saria en la mano; Somalia y Nigeria, solo en algunas provincias; y luego está la organización terrorista Estado Islámico, que arroja al vacío a esta personas en los territorios que aún controla en Siria e Irak. Afganistán, Mauritania, Catar, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos la tienen tipificada en su Código Penal, pero no la aplican.

El gay argelino Rayan habla de espaldas en el vídeo; sus padres le llevaron a un sanador religioso que le golpeó mientras gritaba que tenía dentro una mujer y que había que sacarla: «Podría haber estado así toda la noche, pero nada variaría», dice. Ahora trabaja dentro de su país sensibilizando a los profesionales que trabajan en salud mental para que ayuden a estas personas en vez de intentar cambiarlas. Y eso pese a que las leyes que regulan las ONG en Argelia (y en Egipto, Libia, Marruecos, Baréin, Jordania, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes) hacen imposible registrar legalmente a aquellas organizaciones que trabajan sobre orientación sexual e identidad de género.

Infierno en la Tierra

Amenazas, represión, violencia... A pesar de esto, los participantes en el informe quieren mandar un mensaje esperanzador: no hay que estar «fuera» para hacer cambios. Lo dicen porque muchos tuvieron que escapar, como Hajar, una lesbiana de Marruecos. Decidió salir del armario en YouTube, y tuvo tanta repercusión que se vio obligada a dejar su país -que criminaliza su orientación sexual y la castiga con penas de cárcel de hasta tres años-. Ahora vive en Holanda, donde trabaja con refugiados de LGTBI. «Al principio estaba en guerra conmigo misma, tratando de cambiarme. Aparentemente podía 'curarme'y lo busqué. La respuesta era siempre la misma, debía casarme y tener un hijo, pero esto explotó, por supuesto. En realidad no es una elección, yo no puedo cambiar, la única opción es aceptarlo y abrazarte a ti misma», dice.

Con estos testimonios de autoaceptación, Human Rights Watch y la Fundación Árabe para las Libertades e Igualdad (AFE) quieren ofrecer mensajes de apoyo y aliento a los que se sienten solos. La lesbiana Noor, de Sudán (los actos sexuales con consentimiento entre personas del mismo sexo son ilegales y castigados con la pena de muerte si se reincide tres veces), buscó en Facebook personas como ella: «Encontré un grupo con chicas sudanesas. Escribí '¿dónde están ustedes?'. Me di cuenta de que no estaba sola en el mundo, que había muchas personas como yo, y fui muy feliz. Creo que esa noche estaba tan feliz que ni dormí». Ahora trabaja en el norte de África para ayudar a los que sufren el aislamiento que ella misma vivió. La ONG señala que el colectivo está encontrando maneras de hablar, «contando sus historias, construyendo alianzas, estableciendo contactos a través de las fronteras, desarrollando movimientos nacionales y regionales, y encontrando formas creativas para combatir la discriminación».

Desde fuera, impera la idea de que aquellos países son un horror para esta comunidad, y puede ser así, pero los activistas destacan que esta visión perjudica su esfuerzo: «La cobertura que retrata la región como un infierno en la Tierra para estas personas no recoge su trabajo o lo vuelve completamente invisible», esgrime la ONG. «No queremos más la imagen de ser simplemente víctimas -dice el activista argelino Zoheir-. Queremos hablar sobre la realidad, sobre la violencia, pero también sobre lo que es positivo». En Omán, varios homosexuales comenzaron organizando «fiestas para que chicos se reunieran y establecieran contactos en un espacio seguro». En Jordania, activistas utilizan el teatro y otras artes para crear conciencia sobre la orientación sexual y la identidad de género.

Hasta que lleguen tiempos más amables, Omar Shariff Jr. anima desde su exilio a los que se quedaron: «Ni siquiera les digo que salgan del armario, porque no pueden ser el cañón de mis ideales. Les digo que aguanten y que permanezcan a salvo porque las cosas en algún momento mejorarán. Siempre lo hacen».

Omar Shariff junto a su nieto, Omar Shariff Jr., activista gay que no pudo acudir al funeral de su abuelo en 2015 en Egipto por su salida del armario.

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