Carnavales, políticos y niños felices

Me consuela pensar que no estoy solo, que, entre tanto fantasmón, Luri nos recuerde una y otra vez que hay que enseñar a nuestros hijos a superar las frustraciones inevitables que se van a encontrar en la vida, que debemos prepararlos para amar la vida y no la felicidad

FELIPE SÁNCHEZ GAHETE

Tras cuatro meses, Merkel y Schulz parece que han alcanzado un acuerdo para un gobierno de coalición. La canciller reconoce que para acordar un pacto de gobierno se necesitarán «compromisos dolorosos» por ambas partes, pero se ha mostrado dispuesta a ellos si son en beneficio del país. ¿Nos miraremos en ese espejo?

Nunca es más cierto el refrán tan español de poner al mal tiempo buena cara que en una noche de elecciones. Esa noche y por la cara de los políticos jamás sabríamos quiénes han ganado y quiénes han perdido. Debe de ser muy fácil transmutar acíbar en almíbar porque todos se muestran felices, como en una gala de los goyas, aunque la procesión vaya por dentro. Lo que no sé es cuánto hay de conformidad y cuánto de temple ante la adversidad, porque en España, como nos pasa con el fútbol, no sólo hay que interiorizar y aceptar que tú has perdido sino, lo que es más importante, aceptar que ha ganado tu adversario.

Comentaba Manuel Hidalgo en uno de sus magníficos artículos que lo que más buscábamos los españoles por internet era «cómo ser felices», lo que no dejaba de producirle melancolía no tanto por la pregunta sino porque pretendiéramos encontrar la respuesta en la red. La lectura de Hidalgo me retrotrajo a unas didácticas entrevistas hechas a Gregorio Luri. Estas personas son o deben ser patrimonio de todos y más valdría que entre carnaval y otros folclores dedicaran unas jornadas en la escuela a reflexionar sobre lo que él y otros como él nos dicen y advierten, nuestro magnífico maestro –es muchas cosas más, pero estoy seguro que le agrada que digamos esto– desde el principio marca territorio afirmando que sus padres le enseñaron el amor al trabajo bien hecho y a huir de las excusas. Que no hay alternativa a los codos, vamos.

Y ustedes dirán que qué tienen que ver unas elecciones, unos políticos, Hidalgo, Google, la felicidad, el carnaval, el trabajo, la excelencia y Luri: pues, aunque no lo parezca, todo va de la mano.

En casa andamos como pollos sin cabeza preparando disfraces a los niños, que no hemos dejado aún las cosas de la navidad y ya estamos inmersos en la vorágine del carnaval, pero temiendo, porque esto no se acaba, que llegue semana santa. No ganamos para máscaras y es que los deberes han mutado en disfraces.

No quiero pensar que soy un bicho raro, pero si mucha gente pensara como yo algo de esto debería cambiar. A lo mejor es que a la gente le va la marcha. Me consuela pensar que no estoy solo, que, entre tanto fantasmón, Luri nos recuerde una y otra vez que hay que enseñar a nuestros hijos a superar las frustraciones inevitables que se van a encontrar en la vida, que debemos prepararlos para amar la vida y no la felicidad. Para él, los educadores posmodernos «lo que hacen es ocultar la realidad y sustituirla por una ideología buenista, acaramelada y de un mundo de teletubbies. Tenga usted un hijo feliz y tendrá un adulto esclavo de sus deseos irrealizados o de sus frustraciones. Nos irá mucho mejor si tenemos el coraje y la valentía de querer a la vida a pesar de que ésta es injusta, tacaña y austera».

Lo contrario de la felicidad, afirma, no es la infelicidad sino la realidad y nos irá mejor si en vez de pretender ser felices nos imponemos el deber de desarrollar nuestras capacidades más altas: «estamos creando niños muy frágiles y caprichosos, sin resistencia a la frustración y, además, convencidos de que alguien tiene que garantizarles la felicidad».

Le chirría cómo la gente va por los Facebook de turno proclamando sus sentimientos y contaminando a los demás de su estado emotivo porque, aviso para navegantes, practicantes del adanismo y buscadores de la quimera de la felicidad –ya Solón advirtió a Creso–, nadie puede considerarse feliz hasta el día de su muerte.

Y con unos niños y una sociedad educados para amar vida el mensaje de los políticos tendría un contenido muy distinto al que nos ofertan ahora. Pero los políticos no se dejan aconsejar por los filósofos, que no les darían votos, sino por los sociólogos, que los han convertido en veletas cuando, y sobre todo en épocas de crisis, tendrían que ser faros.

Churchill, si hubiera estado aconsejado por sociólogos y manejadores de encuestas, jamás habría osado decirles a los ingleses que nada podía ofrecerles aparte de sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, pero me temo, por cómo van la cosas, que, si queremos salir adelante –Puigdemont es real, no un personaje de chirigota– sea mucho de esto lo que nos espere, que ya se lo advirtió él a Chamberlain: «Se te ofreció poder elegir entre la deshonra y la guerra y elegiste la deshonra, y también tendrás la guerra».

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