De cafres y turistas

El debate serio sobre las circunstancias y excesos del turismo hay que dejarlo en manos de otros que embistan menos y piensen más. Y de los brutos que se encargue la autoridad, a ver si con defenderse del peso de la ley tienen entretenimiento bastante

JUAN CARLOS FERNÁNDEZexpresidente del Centro de Iniciativas Turísticas de Zafra y autor del libro ‘Notas para una historia del turismo en Zafra’

Aunque pocas cosas han de sorprendernos a estas alturas, todavía somos capaces de llevarnos las manos a la cabeza a la vista de determinadas barbaridades. El reino de los cafres se extiende por doquier, y las ‘gestas’ de estos bárbaros, crueles, zafios y rústicos (Real Academia ‘dixit’) nos amargan el café que tomamos mientras digerimos las noticias. Los vemos en las calles, arrasando el mobiliario urbano; o acosando a los políticos que no son de su gusto, practicando eso que llaman escrache, valiente adefesio de vocablo; no faltan en las universidades, donde impiden que quienes no piensan como ellos puedan expresarse; y en los campos de fútbol ni les cuento…

Pero ahora aparece una nueva variedad: el cafre antiturístico. Resulta que en Barcelona, y me parece que en Baleares, tienen problemas con la masificación turística y con algunos abusos que convierten a determinados barrios en especialmente incómodos. Pero, en vez de aportar ideas para que las autoridades trabajen sobre ellas, un puñado de lumbreras, de las juventudes antisistema de la CUP, decide que ellos son los justicieros, los auténticos oráculos del sentir popular, y se aprestan al ataque a autobuses de turistas, a molestar a los comensales de restaurantes, a tocar las narices a los propietarios de embarcaciones y, ¡lo que me queda por ver!, a rajar, cuchillo en mano, las ruedas de las bicicletas de alquiler (¿no suelen ser estos pejigueras ultraecologistas?)

A ver cómo le explica usted a estos cafres de última generación que el turismo supone la décima parte de nuestro PIB. ¡Qué demonios les importa a ellos el PIB, ni su santa madre! Decía Fraga sin equivocarse que el turismo fue nuestro Plan Marshall. Y ahora hay que añadir que ha sido uno de los más acreditados factores de la salida de la crisis que, ya era hora, vamos dejando atrás. Pero, ¡qué más les da a ellos espantar la clientela de nuestra principal industria! Todo esto se les da una higa.

Un cafre de facción política (o deportiva, pero ahora vamos a lo que vamos) es alguien a quien rellenan las más que notables lagunas mentales con consignas, que admiten sin problema. Quien no vale para otra cosa puede entretenerse en grandes proclamas coreadas al dictado, y así sentirse útil. Por cierto, si van contra este sistema, ¿a favor de cuál están? ¿Qué Arcadia ha conocido el mundo basada en la ideología comunista, que es la que predican los extremistas de la izquierda, vestidos o no de lagarterana (qué fino estuvo en su día don Alfonso Guerra)? ¿Viviremos mejor sin los turistas? ¿Qué alternativas económicas nos ofrecen?

Otrosí digo: ¿acaso el turismo al que han atacado es el más ruidoso y el menos rentable? ¿Han probado suerte con sus colegas cafres del turismo de borrachera y escándalo? Ojo, no les sugiero nada, no hay que atacar a nadie. Pero a lo mejor con aquellos no se atreven, porque los otros pueden ser el doble de brutos y nunca se sabe cómo puede acabar uno. Mejor fastidiar al pacífico visitante que, cámara al hombro, nos deja unos dólares con los que pagar el petróleo del que carecemos.

Bueno será recordar que el turismo supuso en España un choque cultural tremendo. Que se dieron episodios chuscos, alguno de los cuales nos haría hoy sonreír, pero que en su momento no fueron plato de gusto. Pero la presencia masiva de extranjeros, la mayoría procedentes de países plenamente democráticos, abrió una ventana por la que entró aire fresco; a través de ella los españolitos del momento percibieron que otras costumbres (algunas licenciosas, claro) podían encontrar acomodo en nuestra España sin que nada terrible ocurriera. A lo mejor es que los genios de las juventudes de la CUP no quieren aire fresco. A ellos con su fanatismo y su estelada les basta.

Pudiésemos pensar que estos caleborroqueros tienen un punto en común con aquellos monjes griegos que, según contaba el profesor Fernández Fúster, impetraban la protección divina para pueblos y monasterios azotados «por la oleada turística mundial» provocada por «esos invasores occidentales contemporáneos». Pero no, no caigamos en la trampa: a estos no les mueve el temor a la debelación de las costumbres; un cafre es un cafre, el turismo es la excusa, y no tardarán en dar con otro filón para hacer lo que mejor saben: el bestia. El debate serio sobre las circunstancias y excesos del turismo, sobre las reformas legislativas, si procediesen, sobre la conservación del patrimonio, sobre la prevención de la destrucción de la convivencia, hay que dejarlo en manos de otros que embistan menos y piensen más. Y de los brutos que se encargue la autoridad, a ver si con defenderse del peso de la ley tienen entretenimiento bastante, si es que la ley pesa, y si es que les cae encima.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos