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El filtro de Barajas

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Cinta transportadora de maletas en Barajas. / Óscar Chamorro

  • El ‘viaje’ de quince millones de maletas es vigilado por 700 agentes. Cazan droga (1.200 kilos de cocaína), tabaco, dinero, viagras falsas y hasta monos congelados

Un vuelo procedente de Bogotá (Colombia) acaba de aterrizar en Barajas con 200 pasajeros. Todos salen cansados después de diez horas a bordo y se agolpan alrededor de las cintas de equipaje a la espera de recoger sus maletas. La mayoría ignora que a solo unos metros, los agentes de la Sección Fiscal de la Guardia Civil, dependiente de la Agencia Tributaria, observan detenidamente el comportamiento de cada uno de ellos. Se trata de un vuelo ‘caliente’, es decir, de los que usan tradicionalmente los narcos para introducir cocaína en nuestro país. «¿De dónde viene? ¿Cuánto tiempo ha estado allí?». Estas protocolarias preguntas ponen nervioso hasta al tipo más seguro de sí mismo, pero los que sudan o titubean más de la cuenta acaban de comprar todas las papeletas para tener que pasar su equipaje por los escáneres de la habitación de aduanas. También se marcan las maletas sospechosas, que siempre salen las últimas para identificar mejor a su propietario.

En el aeropuerto Adolfo Suárez-Madrid Barajas, por el que en 2016 pasaron 50.354.370 de pasajeros, 415.773 toneladas de carga y más de quince millones de maletas (cifras que lo convierten en el cuarto de Europa y el primero de España en ambas categorías), esta historia se escribe miles de veces al día. En la mayoría de los casos no ocurre nada, pero otros se saldan con droga incautada, dinero sin declarar e incluso monos congelados para satisfacer a los paladares más extravagantes, como ocurrió hace dos semanas. Los testigos recuerdan con náuseas el episodio del primate. «Venía de Guinea Ecuatorial, se estaba descongelando tras tres horas de viaje, y el olor era terrible; daban ganas de vomitar».

Un equipo de cámaras del programa ‘Control de Fronteras’ del canal en abierto DMAX (cuya segunda temporada se estrena el 5 de abril a las 22.30 horas) ha captado estos momentos, acompañando a los agentes de aduanas en su labor diaria. Droga metida en cocos, en plátanos, una banda de música que al completo llevaban cocaína en su estómago… «A día de hoy todavía hay gente que sigue arriesgándose a traer mercancías prohibidas de todas las formas imaginativas que te esperes, incluso sabiendo los medios con que cuenta la Guardia Civil en los aeropuertos. Pero es que resulta muy rentable para el que logra burlar los controles», explica a este periódico Juan (nombre ficticio que, por motivos de seguridad, daremos a uno de estos agentes). Él tiene una lista de vuelos grabada en su mente: «Malabo (Guinea Ecuatorial), de dónde suelen venir animales prohibidos; Colombia, droga; O Qatar, por las mercancías falsas que llegan de Asia».

– Pero el mayor miedo de un viajero ‘normal’ es que le metan droga en su maleta... ¿no?

– Hay mucha leyenda urbana con eso. Llevo mucho tiempo aquí trabajando y te puedo asegurar que nadie regala droga. Hay muchos pasajeros que dicen que le han abierto la maleta, pero suele ser por un hurto. Lo mejor, si alguien tiene sospechas de que su maleta lleva droga, es explicarlo previamente, para ponerlo en las diligencias.

Así que de poco sirve eso de «no sabía que llevaba esa bolsita en la maleta» o «desconocía que tenía que declarar este dinero». Son las dos excusas estrella a las que recurren los que de verdad están delinquiendo. Los propios agentes admiten que estos controles resultan incómodos para millones de pasajeros inocentes, pero existe un objetivo prioritario, la seguridad. De hecho, gracias en buena medida a la exhaustiva búsqueda de explosivos, se incautan al año en Barajas de paso 1.200 kilos de cocaína, 109.234 píldoras de viagra falsas, 12,2 millones de cigarrillos de contrabando o, entre otras mercancías, toneladas de animales prohibidos (vivos y muertos). Y casi siempre la misma respuesta: «Son para consumo personal».

Limpia o sucia

La llegada a la aduana del aeropuerto es solo el final de un viaje que comienza cuando facturamos una maleta en el mostrador de la aerolínea que corresponda en origen. La azafata identifica cada uno de nuestros enseres con un código de barras (llamado número IATA). En él figuran los datos del pasajero, el destino y el peso del equipaje. Mientras tomamos un café, paseamos o hacemos compras en el ‘duty free’ nuestro equipaje atraviesa, en el caso de Barajas, una estructura subterránea de 46 kilómetros de cinta transportadora en el que más de 700 pares de ojos escrutan su interior y valoran si está limpia o sucia, que en el argot de la Guardia Civil puede llegar a significar serios problemas para quien intente llevar sustancias ilegales, dinero sin declarar (más de 10.000 euros en el caso de la Unión Europea) o explosivos.

Una vez que la azafata introduce la maleta en la cinta, pasa el primer nivel de seguridad, que es automático. El escáner analiza si lleva explosivos o algo que no cuadra como un doble fondo. En caso afirmativo, que suele ser el 10% de las maletas, se deriva al nivel 2 de seguridad, donde otro segmento de cintas las analiza con escáneres a color, más precisos. Allí ya se distinguen los zapatos, tarros de colonia, cinturón con hebillas… En este caso los vigilantes tienen unos segundos para valorar si la maleta está limpia o no. «Si ven algo raro, la pasan al segmento de cintas del nivel 3, donde un tomógrafo (una máquina que disecciona por segmentos las maletas como si de un TAC se tratase) analiza el bulto como si estuviera fileteado», explica Pedro, un guardia civil que tiene su puesto a diez metros bajo tierra, en una sala llena de cámaras que se asemeja a un búnker.

A través de las imágenes del tomógrafo se puede ver el interior de una botella de agua, de un ordenador portátil o de la suela de un zapato, todo cortado en capas. Hasta se observa la densidad de los líquidos, por si se ha introducido explosivo dentro de una botella de vino, o cocaína en forma de gel. Durante todo este proceso la maleta nunca ha estado quieta, siempre sigue su movimiento (a 40 kilómetros por hora) hasta el avión... excepto si se alcanza el nivel 4 (lo que sucede en el 4% del equipaje total que se factura). Es el penúltimo de los circuitos. En ese momento hay dos opciones, que no sea peligrosa o que sí. En el primer caso se manda la maleta a un punto de conciliación y se avisa a la compañía. En el momento de embarcar, la azafata que está en el mostrador marca al pasajero y un agente de paisano lo conduce a una habitación y se procede a abrir la maleta delante suyo. «No es lo mismo que sea cocaína que angulas, en el segundo caso no se suelen poner agresivos», describe Pedro.

Pese a la tensión del momento, los agentes de la Guardia Civil reconocen que es raro que un pasajero que luego resulta ser inocente pierda el vuelo por este motivo. «Si pierde el vuelo, aunque no lleve nada, es problema del pasajero». Así que cuidado con las baterías de litio de consolas o linternas; se han dado casos de personas que se han quedado en tierra porque esas baterías daban positivo en los escáneres y podían constituir una amenaza.

Todavía hay un nivel más en esta interminable autopista de maletas, uno que afortunadamente no se ha llegado a usar nunca en la historia de Barajas: el nivel 5. «Si se detecta un explosivo, la maleta pasa a un circuito que la lleva a una cámara acorazada, donde los Tedax procederían a su desactivación. Si eso pasara, los equipos de contraterrorismo ya estarían buscando a su propietario gracias a las cámaras del aeropuerto (hay 5.000 cámaras de seguridad que lo controlan todo).

Los funcionarios de Aduanas están acostumbrados a vivir los episodios más rocambolescos. Pedro cuenta una anécdota reciente: Hace unos meses llegó un brasileño que decía que venía de turismo a España, a conocer Madrid y Barcelona. Estaba algo nervioso y sonreía mucho. Pero lo que les pareció más sospechoso fue que les enseñó como prueba una guía turística de Madrid ¡de 1960! Le registraron el equipaje y allí estaba la coca.