Hoy

Padres sin sentido

Las imágenes de un grupo de padres pegándose con una rabia inusitada tras un lance del partido que jugaban sus hijos en una liga de fútbol infantil retrataron al extremo las secuencias que se producen cada fin de semana en todos los campos, secuencias que van desde los insultos al árbitro y a los jugadores del otro equipo hasta las imprecaciones dirigidas a ese vástago que no destaca todo lo que su progenitor espera de él. El episodio de Mallorca no sólo debe avergonzar a quienes lo protagonizaron, a quienes no supieron parar tan inconcebible pelea y a los responsables de los clubes y de la competición concernida. Sobre todo cuando se ve cómo algunos de los chavales tratan de corregir, sin duda abochornados, la conducta de sus mayores. La incalificable escena interpela a todos los entusiastas que acuden cada sábado y cada domingo a los encuentros de sus hijos y de sus hijas desatando todos los instintos de la confrontación tribal y de un inquietante sentido de propiedad sobre su progenie. Afortunadamente el sistema educativo no permite que los padres estén presentes en el desarrollo de la docencia, ni en los patios de recreo ni en los comedores escolares. Sería desquiciante asistir a cómo algunos progenitores entienden su función de tutela y protección hacia sus hijos, a cómo proyectan hacia ellos expectativas frustradas o pretensiones que responden a esquemas binarios de éxito o fracaso competitivo que nada tienen que ver con ningún criterio pedagógico proclive a la educación en valores. El público que acude a un acontecimiento deportivo espera y expresa emociones, sea cual sea la disciplina de que se trate. No hay nada socialmente patológico en ello. Todo lo contrario, forma parte del mutuo reconocimiento y de la apreciación de determinadas facultades humanas. El problema surge cuando la asistencia a un encuentro sirve para que afloren frustraciones primarias. Ello es especialmente grave cuando son los hijos propios quienes están en juego, su integridad moral y su crecimiento como personas tolerantes y solidarias, capaces de integrar cualquier liza deportiva, académica o profesional en su convivencia con los demás. No estaría mal que federaciones y competiciones escolares decretaran una 'jornada sin padres' durante un fin de semana. Aunque sea como gesto de desagravio y sensibilización frente a tan denostable ejercicio de la paternidad.