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El mago del laberinto

El mago  del laberinto
  • Adrian Fisher lleva construidos 700 de estos lugares mágicos y misteriosos. Considerado uno de los mejores creadores británicos vivos, posee una mente privilegiada. ¡Hasta le han encargado desenmarañar el mapa de autobuses de Londres!

Adrian Fisher (Dorset, Gran Bretaña, 1951) decidió que dedicaría su vida a construir laberintos tras una suerte de revelación divina. Aunque han pasado ya treinta y siete años, el artista aún recuerda el discurso que ofreció el controvertido Robert Runcie en su ceremonia de entronización como arzobispo de Canterbury. Aquel día, el obispo anglicano cautivó a sus feligreses con un sermón en el que aseguraba que el camino al cielo es algo así como un laberinto tortuoso, sin imaginar que sus palabras calarían tan hondo en Fisher que, acabada la ceremonia, volvió a casa y escribió una carta al 'Times' reflexionando sobre el atractivo mágico y místico de los laberintos a lo largo de la historia.

En la tierra que alumbró a Lancelot 'Capability' Brown, el gran padre de la jardinería paisajista inglesa, era de esperar que sus reflexiones fueran leídas con entusiasmo por la legión de amantes de la jardinería que pueblan el país de Isabel II, pero lo que aquel chaval nunca imaginó es que entre ellos iba a encontrarse lady Brunner, una antigua dama de honor de la reina madre, que invitó a Fisher a visitarla para hablar sobre esos lugares en los que da gusto entrar pero que resulta tan complicado abandonar. De aquel encuentro saldría su primer encargo: lady Brunner quería construir un laberinto en su casa en Grays Court, cerca de Henley-on-Thames, y Fisher, que hasta ese momento no se había enfrentado a ningún reto de semejante envergadura (en su haber no había más que un pequeño intento con acebos en el jardín de la casa de su padre), aceptó el trabajo de inmediato. Luego, el destino se encargaría de cerrar el círculo y, un año más tarde, el mismísmo arzobispo presidió el acto de inauguración de su primera obra.

De que fue buena idea aceptar el reto, y de que el joven había encontrado la razón de su existencia, da idea el hecho de que, casi cuatro décadas después, Fisher lleve diseñados nada menos que 700 laberintos repartidos por 35 rincones del mundo.

«A todos nos encanta estar un poco perdidos. Para mí los laberintos deben ser una cosa divertida. Lo ideal es que te pierdas completamente, pero que encuentres el camino correcto justo antes de que comiences a desesperarte. Es decir, mientras la diversión y la desorientación todavía van de la mano», ha contado el diseñador, al que el periódico 'The Guardian' incluyó hace solo unos meses entre los 50 creadores vivos más importantes de Gran Bretaña.

Fisher ha confesado que posee una capacidad innata para ver e imaginar las cosas en tres dimensiones, y que eso le ha ayudado en su trabajo; una profesión que le ha llevado a dar la vuelta al globo en varias ocasiones y que ha alumbrado obras como la del Al Rostamani Maze Tower, un edificio situado en pleno centro de Dubái, de 57 pisos, cuya fachada es un espectacular laberinto sembrado de luces de colores. Por esa obra, el inglés consiguió, en 2015, su séptimo récord Guinness.

En cualquier caso, para cuando Adrian aceptó el encargo de la capital del lujo y la extravagancia, ya había dejado su huella en otros muchos rincones del mundo. Corría el año 1993 cuando recibió el encargo de ocupar 12 hectáreas con una de sus creaciones en Estados Unidos, un país que adora este tipo de construcciones y en el que, si algo sobra, son grandísimas extensiones de terreno. Desde entonces no ha parado de trabajar allí. Luego vendrían sus laberintos hinchables, subterráneos, formados por chorros de agua, por espejos e, incluso, por baldosas. Obras que tienen más de un camino hacia la salida entre las que, según ha explicado, la más divertida fue la dedicada a los Beatles en el Festival del Jardín de Liverpool en 1984; un trabajo con diseño de una manzana gigantesca en el que las sendas, sobre una charca de agua, conducen a un inmenso submarino amarillo.

A estas alturas, nadie pone en duda que Fisher es un tipo con talento con una forma muy particular de trabajar. Cualquiera que lo imagine pasando horas delante de un ordenador, haciendo laboriosos cálculos, se equivoca. Diseñar el laberinto de espejos del Arizona's Butterfly Wonderland (una especie de parque de atracciones natural con las mariposas como protagonistas) apenas le llevó una semana de cuaderno y lápiz. Sólo cuando su obra está perfectamente definida sobre el papel, el maestro se sienta delante del ordenador y comienza a plasmar lo que antes ha dibujado en su libreta.

Una mente privilegiada

El más famoso de los creadores de laberintos tiene una mente privilegiada que da para mucho más que diseñar esos alambicados recintos. Hace unos años, los responsables del tráfico de Londres le contrataron para mejorar el mapa de autobuses metropolitanos. La idea era presentar esa suerte de loco entramado de líneas que van cruzándose por toda la metrópoli de manera que cualquiera que la visite encuentre fácilmente su ruta, su lugar de partida y destino.

Y entre laberinto y laberinto, aún tiene tiempo para idear puzzles y juegos que publican los periódicos británicos y para diseñar jardines, un trabajo por el que ha recibido dos medallas de oro en Gran Bretaña. Aún así, insiste en que lo suyo son los laberintos y de un tiempo a esta parte los drones, un aparato mágico que le sirve para sobrevolar sus creaciones.

La mitología, la literatura y la religión están sembradas de imágenes de laberintos cargados de misterio y belleza. Es imposible no pensar en Alicia huyendo por los laberínticos jardines de la Reina de Corazones; en el del Torneo de los Tres Magos de 'Harry Potter y el Cáliz del Fuego', en El Templo de las Mil Puertas de 'La historia interminable' y, por su puesto, en el que con aquella cara de loco escudriñaba Jack Nicholson en 'El Resplandor'. Por cierto, en el Hotel Stanley (Colorado), el lugar en el que Stephen King se inspiró para crear una de sus obras más espeluznantes, se han puesto manos a la obra y están construyendo un laberinto de verdad. Eso sí, este no lo firma Fisher.