Hoy

El reproche social

EL nivel de corrupción al que asistimos es de un calibre superior al que nos podíamos imaginar. Pero no nos engañemos, la cúpula se ha podrido en casi todas sus instancias (políticos de todos los colores, en ayuntamientos, autonomías, administración del Estado, administración de Justicia.), con la aquiescencia de muchos ciudadanos que, sabiendo o intuyendo de qué iba la corruptela, mirábamos a otro lado o consentíamos, un poco por pereza y otro poco porque, como dijo una ilustre ministra, «El dinero público no es de nadie.». ¿Quién no conoce al 'enchufao' del ayuntamiento o de la Junta autonómica de turno o al contratista que prospera al abrigo del que manda, o el intermediario que trapichea con información privilegiada, etcétera? Todo muy conocido y todo muy consentido.

Esta falta de control en que han derivado nuestras instituciones, es el origen de la decadencia en la que nos encontramos, junto con la falta de valores en general. Comienza por la cabeza, nuestros dirigentes políticos, y el resto, ya lo conocen. Mi primo Carlos sostiene «Aquí todo el mundo está 'pringao', tenemos que revisarnos todos.», es decir, ¿quién no le ha dicho al fontanero o al del taller del coche que no le ponga el IVA alguna vez, o sabe del que anda trapicheando con las peonadas...?, no le falta parte de razón, pero me temo que esto no merece el mismo reproche que lo que se llevan nuestros queridos 'trincones políticos' ni los estafadores del pelotazo que le acompañan, no obstante, lo que es cierto, es que la falta de control desde arriba, hace que el descontrol sea generalizado y nos invada la corrupción o la moral laxa, que no es otra cosa que ir poniendo la línea roja de los valores cada vez un poquito más allá.

Sea como fuere, existía no hace mucho lo que se denominaba «el reproche social», esto empezaba en las calles, reprobando a los niños cualquier falta, niños que obedecían al recibir la reprimenda de cualquier adulto. Actualmente, podemos encontrarnos con alguna patada en la espinilla, como mínimo, o lo que es peor, una bronca de sus padres por llamar la atención a tan inocente querubín. Este reproche se extendía a cualquier círculo de relaciones, donde existía lo que se llamaba la «bola negra», es decir, al que se mostraba como gente embustera, estafadora y tramposa, se le apartaba, se tratase del ámbito social que se tratase, profesionales de cualquier tipo, funcionarios, empresarios o trabajadores de toda condición. Si por cualquier circunstancia la justicia no podía actuar, existía un juez superior que no era otro que «el reproche social».

Nuestro refranero dice «Dime con quién andas y te diré quién eres», esto era una de las razones por las que la gente se cuidaba muy mucho de permitir que le relacionasen con cierto tipo de personas, que por otra parte, podían repetir su fechoría con uno mismo.

¿Piensa alguien que no es normal que aparezcan grupos antisistema si se certifica que el sistema se encuentra completamente corrupto?

El administrado tiene que tener en el administrador un modelo de pulcritud y de moral intachable, lo contrario lleva a la muerte del reproche social y se instala en la sociedad la máxima del vale todo, incluido el engaño. No podemos tener una clase política que es ejemplo de todo menos de dar ejemplo.

Parece que ya no se distingue o no se quiere distinguir al sinvergüenza. Todos hemos sufrido en distinto grado o hemos conocido a gente, incluso algunos que se tildaban de amigos y socios, que han abusado de nuestra confianza, nos han estafado y engañando y a pesar de ser conocida su vida de negocios dudosos y estar involucrados incluso en procedimientos judiciales, ocurre que «el reproche social» no existe, la gente mira a otro lado y tolera al sinvergüenza. ¿La razón? Poderoso caballero es Don Dinero, como dijo el clásico, y esta sociedad consumista valora más al individuo por el coche que tiene (no importa lo que haya hecho para conseguirlo), que por lo que realmente es y qué valores representa.

El individuo estafador, tolerado y arrimado a la corrupción de políticos, es fácilmente identificable, el 'robaperas', como les llama un amigo mío, generalmente suele ser embaucador, gracioso y dicharachero, parece que trabaja en algo y solo anda de reunión en reunión elucubrando y además tiene un supercoche, un súper reloj, se compra trajes de Astolfo Rudipantí (que son carísimos, aunque le suelen sentar de pena) y se jacta de que va a los mejores restaurantes, de los que se precipita a cacarear el precio del cubierto antes de nada. Todo el mundo intuye su 'cara dura', incluso se comenta, pero nadie le afea la conducta, aunque conocen de sobra a los damnificados que ha dejado por el camino y los 'pufos' que va dejando a unos y otros.

Dios nos coja confesados, pues aunque parecía que se extinguían con la crisis y el aireo de los casos de corrupción, vuelven a proliferar y ahora con vehículo nuevo y alardeando de dinero que probablemente estafaron en su día.

El mundo cambia con pequeños gestos, con pequeñas burbujas que influyen en otras y al final consiguen ocupar grandes espacios, quizá si intentamos dar un paso a delante y practicar «el reproche social», «a poquito a poco» como decimos por aquí, acabemos con los 'robaperas'.