Hoy

Populismo iliberal frente a cosmopolitismo liberal

PARA poder llegar a donde queremos, tenemos que saber dónde estamos. Esta afirmación tan simple que la podemos situar en los dominios del ínclito Perogrullo, cuando es referida a la situación en que vive la sociedad occidental se torna algo más compleja.

Podríamos coincidir en que todas las sociedades buscan la libertad, el progreso, el bienestar y la dignidad, de forma sostenida y segura, para bien propio y el de sus generaciones venideras, pero la vida real se encarga de no ponerlo fácil. Este es el afán de la humanidad desde que el mundo es mundo.

A lo largo de la historia han ido sucediéndose de forma alternativa períodos de estabilidad y tranquilidad con épocas convulsas e inciertas. A la vista de cómo está el panorama mundial, parece que hemos entrado en estas últimas y resulta perentorio conocer dónde estamos para determinar el camino a seguir y llegar a donde deseamos.

En la incesante búsqueda por el conocimiento topamos con un artículo de Manuel Muñiz director del programa de Relaciones Transatlánticas del Weatherhead Center for International Affairs de la Universidad de Harvard, USA, que aborda la situación que nos preocupa con unos análisis que consideramos sumamente acertados, en cuyo contexto situamos la victoria de Donald Trump en las presidenciales del pasado 8 de noviembre.

De un tiempo a esta parte, sociedades como la británica en el referéndum del 'brexit', la italiana con el apoyo al Movimiento 5 Estrellas, la austriaca, la francesa con Le Pen, la española con el apoyo a Unidos Podemos y, ahora, la estadounidense, apoyando el discurso de Trump, han mostrado un rechazo a las élites que soportan los valores e instituciones fundamentales del orden liberal y cosmopolita de Occidente, sustituyendo al clásico eje de confrontación izquierda-derecha, por la oposición entre cosmopolitismo liberal frente a populismo iliberal [no liberal], que se da tanto en la una como en la otra.

La Unión Europea será una víctima si se consolida este nuevo espíritu populista iliberal, ya que es un proyecto dirigido por élites, que si no son capaces de ganarse el apoyo de la ciudadanía, corre serio peligro. Otras víctimas serán el libre comercio y la globalización. El comercio es una cuestión técnica que requiere de expertos que negocien. Si no se confía en ellos podrán tener éxito mensajes simplistas utilizados por los emocionales populismos. Emergerán movimientos anticapitalistas y, eventualmente, antidemocráticos, que cuestionarán la inmigración y el multiculturalismo.

El proceso estructural derivado del rápido desarrollo tecnológico 'gran amenaza oculta' que ha propiciado, a la vez, la globalización y altas tasas de prosperidad material es, también, generador de desigualdad. Su impacto en los mercados de trabajo ha hecho que los trabajadores de clase media compitan no solo con sus homólogos más baratos de los países en desarrollo, sino con máquinas y algoritmos, cada vez más baratos y, con ello, se ha incrementado la precariedad laboral.

Esta precariedad explicaría la agitación política en la que vivimos, a la que se uniría que el orden liberal surgido de nuestros propios éxitos se ha visto ensombrecido por la incapacidad para gestionar la prosperidad derivada del progreso científico y técnico, que sería la explicación última de la situación.

En esta situación, se corre el riesgo de que los populismos se impongan, destruyendo gran parte de la riqueza generada en las últimas décadas. La lejana esperanza de pensar que, históricamente, después de las grandes 'ruinas' ha salido un nuevo contrato social, no es suficiente.

En todo caso, lo que sí parece probable es que tras esta convulsión emergerá un nuevo equilibrio. Y que la duración y severidad de la misma seguirá dependiendo de la capacidad de las élites intelectuales, empresariales y, en última instancia, políticas, para diagnosticar el problema y encontrar la solución.

Lo que nos lleva a una pregunta ¿cuál debe ser el papel de los gobiernos y multinacionales en un entorno de mayor productividad y menor empleo? Parece que el modelo de Estado actual no es suficiente y, por tanto, habrá que reinventarlo, tanto en la forma de obtener recursos como de gastarlos. En todo caso el Estado deberá innovar, si quiere mantener su capacidad de recaudación y de prestación de servicios públicos, así como proceder a la transformación tanto del sector público como del sector privado.

Y, ambos sectores, deberán comprender el alcance del concepto de sostenibilidad y darse cuenta que altos niveles de desigualdad, ponen en peligro el orden liberal del que depende su futuro.

A menos que se aborden las causas estructurales de la actual agitación política, estamos abocados a un incremento de las tensiones y conflictos. Partiendo de estas causas, el gran desafío es, lograr articular las bases de un nuevo contrato social que proporcione un entorno político sostenible.

Las sociedades empiezan a estar hartas de expertos, o que no lo son, o que siéndolo, se comportan con deslealtad.

En este contexto, la victoria de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas, sería el resultado de la instrumentalización electoralista y exagerada, del espíritu anti-élite y populista que recorre el mundo, por una parte de la élite económica y empresarial norteamericana más genuina, unido al desafecto hacia el 'stablishment' político, representado por Hillary Clinton, que viene a datar el comienzo de una nueva era política en la humanidad.

De cómo se gobiernen los EE UU en la próxima legislatura va a depender, no solo su papel en el mundo sino también la estabilidad global.