Hoy

La erradicación de la pobreza y la desigualdad

VIVIMOS tiempos convulsos, de cambios y transformaciones no sólo en nuestro país sino también en la esfera internacional. Quizá uno de los retos globales pendientes, permanentes, urgentes, y que se repiten año tras año, sea el de la erradicación de la pobreza y la desigualdad en el mundo, una responsabilidad ética y política que nos atañe a todas y a todos: mandatarios internacionales y nacionales, sociedad civil, oenegés y otros actores de nuestro entorno. Se trata de una meta común que hemos de perseguir la humanidad en su conjunto, sobre todo porque es una cuestión de justicia social y de derechos humanos.

La crisis económica y financiera que ha afectado a determinados países del mundo a partir de 2007 (Estados Unidos y gran parte de Europa, fundamentalmente) ha servido para ahondar aún más en la brecha de la pobreza y de la exclusión social, también en escenarios en los que supuestamente la injusticia de la pobreza y la desigualdad está ya más presente, como regiones de África, Asia y América Latina. Más allá de la conmemoración hoy, 17 de octubre, del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, la sociedad extremeña y española hemos de ser conscientes de que esta lucha sigue más viva que nunca. Ahí se sitúan las acciones organizadas en diferentes puntos del país (por ejemplo, las propuestas por la Alianza Española contra la Pobreza y la campaña Pobreza Cero), que hacen un llamamiento a la ciudadanía para su movilización y demanda de actuaciones que pongan fin a lo que algunos llaman ya la «riqueza que empobrece». Pero también se hallan otros fines deseables: acabar con los paraísos fiscales y con los tratados internacionales negociados en secreto, a espaldas de la ciudadanía (como el TTIP y el CETA), sumamente perniciosos para hacer realidad un verdadero desarrollo, justo y sostenible, y el empleo digno y decente para millones de personas.

Es algo ya conocido el que en nuestro país se han incrementado notablemente los niveles de pobreza y desigualdad, por lo que es inaplazable e ineludible la firma de un pacto contra la pobreza, que sitúe esta batalla en un lugar preferente de la agenda política, tanto del Gobierno central como del de las comunidades autónomas y los ayuntamientos. Resulta fundamental la creación de verdaderos y eficaces sistemas de rentas mínimas, que permitan mantener una vida digna a todas las personas en situación de desprotección y en riesgo de exclusión social, sin importar su nacionalidad, lugar de residencia, entre otras variables. Además, desde la Congdex creemos que para erradicar este mal no sólo son necesarias medidas paliativas sino también actuar en las causas profundas de este problema, en su raíz, por ejemplo, en un reparto más justo de los recursos y bienes, con adecuadas y eficaces iniciativas en políticas económicas, sanitarias, educativas, de vivienda, fiscales y de protección social.

No se puede consentir que ningún país que se considere democrático deje en la cuneta de la exclusión social a millones de personas. Y es un problema que acucia a España y, por supuesto, a otros Estados de todo el mundo. Nadie está a salvo de la pobreza y de la desigualdad. El actual sistema de globalización y modelo capitalista, basado en el crecimiento económico a toda costa y en la feroz sobreexplotación de los recursos naturales, genera empobrecimiento entre la población así como el que gran parte de las riquezas se concentren en pocas manos. Sin olvidar los efectos que este modelo de desarrollo está provocando en el planeta, que está siendo esquilmado en cuanto a recursos terrestres, marinos, energéticos, mineros. El cambio climático se ha convertido en una amenaza que nos acecha ya a todo el planeta aunque algunas de sus fatales consecuencias (sequías, inundaciones, desertificación, pérdida de biodiversidad...) las están sufriendo especialmente las comunidades más vulnerables, aquéllas con una mayor dependencia de la tierra, de la agricultura y la ganadería.

La búsqueda de un nuevo modelo de desarrollo, más sostenible, equitativo e igualitario, resulta imprescindible. Son necesarias políticas de redistribución de la riqueza (a través de medidas económicas y fiscales más justas) en los gobiernos. En esa defensa de un mundo más justo los derechos humanos y sociales, y el enfoque de género son algo irrenunciable. Afortunadamente, se van dando pasos en esa dirección a nivel internacional. En la nueva Agenda Global para el Desarrollo Sostenible 2030, que contiene los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), aprobados por Naciones Unidas en septiembre de 2015, se incluye la desigualdad, a diferencia de los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), como un elemento prioritario nuevo, sobre el que hay que actuar; además de la erradicación de la pobreza y la sostenibilidad, el frenar los efectos del cambio climático. Pese a carecer de un carácter vinculante, los ODS son una herramienta para seguir luchando por un mundo mejor y más justo. El ODS 1: poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo demuestra que en esta cruzada los organismos internacionales y los estados tienen unos compromisos que cumplir, también en lo que se refiere a la coherencia de políticas de desarrollo y sistemas de rendición de cuentas.

Pero no sólo quienes gobiernan, también la sociedad civil tenemos una función primordial en todo esto, en ejercer presión para el cumplimiento de estos objetivos. Es necesario dar a conocer los ODS y su implementación y seguimiento en todos los países. La aplicación del crecimiento económico como única receta para alcanzar un desarrollo es inasumible, y hay que tener en cuenta, cuanto menos, los límites ambientales y la desigualdad. Cobran así vigencia y actualidad, cada vez más, la tesis decrecentistas y del buen vivir. Por tanto, esa visión economicista del desarrollo de los pueblos está obsoleta y cada pueblo debe ser protagonista de su propio proceso de desarrollo.

Desde la Congdex invitamos a cada ciudadana y ciudadano a que se empodere, a que exija y luche -cada uno/a en la medida de sus posibilidades y fuerzas- por un reparto justo de los recursos y por la erradicación total de la pobreza y la desigualdad. Otros logros históricos, que parecían quiméricos, se han hecho realidad. ¿Por qué no puede ocurrir lo mismo con éste? Podemos ser la primera generación en acabar con la pobreza global y la última en prevenir las peores consecuencias del calentamiento global antes de que sea demasiado tarde, mas para ello es necesario abordar las graves crisis humanitarias y de derechos humanos en el mundo. Pero hay que creérselo, unirnos en el compromiso y, con voluntad, no rendirnos; y luchar por ir transformando las estructuras y las realidades injustas que nos rodean.