Hoy

Nómadas del monte

Julio de la Losa, último trashumante de la sierra de Ávila, camino de Madrid
Julio de la Losa, último trashumante de la sierra de Ávila, camino de Madrid / ALBERTO MINGUEZA
  • España es el último reducto europeo de la trashumancia. El tiempo loco hace aún más difícil la labor de estos pastores, que llevan a pie sus rebaños de norte a sur. «Es la última esclavitud. Ni vacaciones tenemos», se lamentan. El próximo domingo cruzarán la Puerta del Sol

Tan buena profesión no será esta de pastor cuando hay gente que ha echado los dientes con el ganado y ha huido de ello. Es la última esclavitud. Aquí no hay ni vacaciones». Julio de la Losa no pudo o no quiso plantearse esa fuga del pastoreo. Le venció el ser hijo de Alejandro de la Losa, un mito en la serranía de Ávila y al que conocían como 'el señor de las veredas'. A punto de cumplir 54 años, la obligación de seguir la tradición familiar atrapó a Julio a los 8 años, una edad a la que hoy sería punible por vía legal enviar a un crío al monte a trotar detrás del ganado.

Salió de su pueblo, Vadillo de la Sierra, a 1.350 metros en la sierra abulense, el pasado lunes y hoy andará ya camino de Madrid, donde el domingo que viene sus 500 y pico ovejas de buena raza merina entrefina y sus cabras se unirán a otros rebaños para el tradicional cruce trashumante por la Puerta del Sol. Seis kilómetros de asfalto en los que, por unas horas, la contaminación urbana no será de gases y ruidos sino de las bolitas de excrementos de varios miles de rumiantes. Algunos dejarán su 'firma' delante de la propia Puerta de Alcalá. Puede que el lunes les den una portada en los diarios. La única del año.

Interceptamos a Julio acompañado de otro pastor del mismo nombre pero de la nueva generación. Julio Gañán es hijo de la vertiente extremeña de la sierra de Aracena. Alterna su trabajo en el pastoreo con los contratos en la parque nacional de Doñana. Este verano pasó un mes en República Dominicana ayudando a salvar rapaces. «Te tiene que tirar el campo, la aventura, la libertad. El nomadismo me ha llamado siempre», se confiesa.

Tal vez sea porque ahora se puede viajar con geolocalizador de GPS y con un cercado eléctrico en el que se encierra al ganado por la noche y no hay riesgo de ataques o de que se desparramen las bestias. A veces hay incluso coche de apoyo para llevar las viandas y las tiendas de dormir. Años atrás se hacía noche al raso sobre una esterilla. El techo oscilaba entre las deseables estrellas o un temible cielo encapotado. Se acabaron las imaginarias cuarteleras en turnos de tres horas para vigilar el ganado como las que soportó Julio senior tiempo atrás. «He visto y padecido de todo. También la solidaridad de la gente. Una vez una chispa me mató a gran parte del rebaño y me ayudó todo un pueblo. Ahora no creo que haya esa solidaridad», lamenta. Una comprensión que ya no recibe ni en su propia aldea. Vadillo de la Sierra llegó a tener 22.000 cabezas de ganado. «Había 300 casas abiertas, cinco escuelas... hoy no habrá más de 30 almas en invierno», hace recuento. Vecinos con los que ha tenido pleitos por dejar su ganado pastando en libertad. «Y eso que soy el último pastor que queda».

El contacto con la partida se produce mientras el ganado atraviesa la localidad de La Torre, en el corazón del Amblés, un valle intramontañoso que cruza durante 42 kilómetros Ávila de norte a sur. En la 'guía Michelin' de las cañadas reales, calzadas y veredas, este cruce sería un auténtico nudo. Usado desde la prehistoria, también por los pastores romanos, se abre paso en la calzada del puerto del Pico, tránsito natural a Extremadura. La región no tiene ningún secreto para De la Losa. «Habré atravesado el puerto del Pico más de ochenta veces (arriba y abajo). Y por Madrid, catorce o quince», trata de hacer memoria.

Los dos Julios y sus cabezas vienen desandando la Cañada Leonesa Occidental, la más larga de las nueve que atraviesan toda la red nacional, después de haberse pasado todo el verano agostando en los pastos altos de Castilla. Antes de que arrecie el frío, si es que se presenta algún día, el rebaño espera llegar a una finca de Toledo para pasar el invierno.

Pero son tiempos de cambio. Hasta el proverbial sentido meteorológico parece haber abandonado a esta profesión ancestral. «En primavera nunca he conocido tanto pasto. Y ahora en otoño, tampoco he visto jamás tanta sequía», achina los ojos el Julio mayor mientras otea el cielo. «Viene lluvia». Lo dijo el martes. Al día siguiente, las compuertas celestes se abrieron sobre la Meseta por primera vez en cuatro meses.

La trashumancia española es la última cultura realmente indígena que queda en España. Y casi en Europa Occidental ya que solo en Italia hay algunos ejemplos más. Nada que ver con su importancia mundial. Hasta la FAO, el regulador alimentario de la ONU, publicó en agosto una guía sobre la gobernanza en los territorios pastoreados para ayudar a los 200 millones de pastores nómadas que quedan en el mundo.

Olvido e invasión

En España, unas 10.000 familias se dedican al cuidado de algo más de 10 millones de cabezas (vacas, ovejas y cabras). Pero cada vez son menos las que cruzan esas rutas a pie que a veces superan los 200 kilómetros. El pezuñeo cansino, con medias de 20 kilómetros diarios, no lo hace ya ni el 5% de toda la cabaña. Y eso que, a pesar del abandono de los más de 125.000 kilómetros de caminos y cañadas, la huida global de lo rural mantiene intactas el 80% de las rutas. Pero la mayoría que buscan pastos suben las reses en camiones.

Un alto para reponer fuerzas

Un alto para reponer fuerzas / A. MINGUEZA

Su importancia ecológica es enorme. Ovejas, cabras y vacas triscan y comen todo lo verde que encuentran a su paso. Como rumiantes que son, tardan horas en soltar sus excrementos muchos kilómetros más allá. «Polinizan nuestros campos como si fueran abejas de cuatro patas», resume el presidente de Trashumancia y Naturaleza, Jesús Garzón, que se ha acercado a La Torre para acompañar al rebaño durante varias etapas. En este pueblo, la calle principal se llama Real porque por allí atravesaron siempre los rebaños. Eso no impide que esté invadida de asfalto y construcciones. «Lo que tenía que hacer la Administración es marcar las lindes y cobrar un precio justo por todos estos intrusismos. Y después gastarlo en mantener estas vías», reclama Garzón.

Mientras el rebaño se pierde durante un rato buscando la mejor salida del pueblo, algún vecino se asoma y mira la escena con ironía.

Vais por la calle equivocada. Por la otra nos ahorraríamos los 'huevitos' (cagadas) del rebaño.

Pues, ya debería usted saber que esos 'huevitos' hacen mucho beneficio a la naturaleza.

La realidad de esta campaña da la razón al pastor. Un tiempo loco que ha obligado al rebaño de los Julios a desviarse hacia el curso del río Adaja para garantizarse el agua. «Ahora las fuentes se secan porque no hay pastor que las limpie». Otros rebaños que se mueven por España también miran al cielo con perplejidad. «Los nuestros siguen aguantando en Sierra Morena, pero cada vez somos menos y no sé cuánto resistiremos», explica el presidente de Pastores por el Mediterráneo, Rogelio Jiménez.

Mientras dure, la vida del pastor estará siempre abierta a las sorpresas de la naturaleza. A De la Losa le acompañan sus dos mastines y una perrita cetrina recién parida. «Ayer he visto lo que nunca -dice Julio en un alto para compartir embutido y hogaza-. La perrita cuidando a los cabritillos recién paridos como si fueran suyos». Confiesa que no lamenta no tener hijos a los que dejar un oficio que en su linaje morirá con él.

En su caso dejará de sentir sobre el terreno el verso de Juan Ramón Jiménez que se saben de corrido muchos trashumantes: «Quiero llegar tardando/ andando, andando/ dar mi alma a cada grano de la tierra que voy rozando».

España es el último país de Europa con una red de vías pecuarias. Una 'autopista' animal de 128.543 kilómetros, que ocupa 439.919 hectáreas (dos veces el tamaño de Vizcaya).

pastores con sus rebaños practicaban algún tipo de trashumancia en España. Pero sólo el 10% cruza a otras comunidades autónomas.

animales participan cada año en los trasiegos de final de primavera y principio del otoño en busca de los pastos más frescos. La cifra era más del triple hace dos décadas.

«Con la sequía no se mueve nadie. No hay agua en las cañadas ni hierba en el sur», lamenta desde Viella (valle de Arán, Lérida), Judith Ballarín. Con 25 años e hija de pastores, es la vaquera más joven de España y la única que mueve su rebaño a pie en su región. Han sido 120 kilómetros desde Altorricón (Huesca) hasta los pastizales pirenaicos. El clima es tan suave que mantendrá sus 1.500 animales allá arriba hasta noviembre, acompañada de su novio, también pastor. «Si se pone frío y duro aguantaremos igual». Lo que no tiene tan claro es si seguirá de pastora. «A nadie le importamos. No sé que haré en el futuro», dice rodeada de cumbres de tres mil metros.