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La larga sombra de Spielberg: Monstruos amables

Una de las dinámicas de la filmografía de Steven Spielberg es dar una de cal y otra de arena. Tal es el caso reciente de 'El puente de los espías' (la cal) y luego 'Mi amigo el gigante' (la arena). Poco tiene que ver la bien contada historia de espías durante la Guerra Fría con la irregular adaptación del cuento de Roald Dahl con gigante amable y niño. Puede que haya también dos tipos de películas de Spielberg: en las que trabaja Tom Hanks y en las que no. Pese a eso, es indudable que ha marcado a más de un cineasta y a varias generaciones de espectadores al crear un estilo en el que el cine familiar se alía con el discurso moral, la acción y la fantasía, sin olvidar una visión del pasado histórico que él siempre lleva a su terreno: la denuncia del antisemitismo y de las desigualdades.

Su influencia llega más allá de la gran pantalla tal como demuestra una de las mejores series televisivas del año: 'Stranger things', llena de referencias a 'Los Goonies', 'E.T.' o 'Encuentros en la tercera fase', pero también al Stephen King de 'Cuenta conmigo' o a 'Twin Peaks'. Incluso recientemente se ha programado una antigua miniserie producida por él, 'Into the west', en la que se nos describía la conquista del Oeste y el genocidio de las tribus indias como una metáfora del Holocausto judío.

Todo esto viene a cuento del estreno de “Un monstruo viene a verme”, de J.A. Bayona, que incluye tanto referencias a Guillermo del Toro, pero en plan “light”, como al Spielberg más familiar. No cabe duda de que Bayona sabe dirigir, pero lo que mejor sabe es hacer llorar al público, bueno, a determinado tipo de público entre el que no me incluyo. El gran éxito de “Lo imposible” y el efecto lacrimógeno entre los espectadores de esa familia de la alta burguesía que tras el tsunami son repatriados en un avión de lujo, no sólo no me emocionó sino que llegó a mosquearme.

En 'Un monstruo viene a verme', Bayona intenta la misma maniobra: arrancar lágrimas mediante esas músicas hiperbólicas que le pide a Fernando Velazquez y esos planos sostenidos del niño con problemas y su abuela. No me afectan sus intentos por hacerme llorar y me rompen el ritmo las secuencias de animación y efectos especiales, todo dentro del típico relato en el que la fantasía se mezcla con el drama no apto para diabéticos.

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