Hoy

Para qué sirve el Sistema Educativo

COMO cada septiembre, el inicio de curso abre nuevas expectativas para las familias, por lo que escuelas, institutos y universidades de nuestro país se ponen manos a la obra para acoger a los miles de alumnos que pasarán pon las aulas con el fin de que durante los nueve meses de trabajo se adquieran las competencias y conocimientos adecuados que exige la normativa escolar. Sin embargo, ante este enorme reto, es pertinente preguntarse si el sistema educativo tal y como está hoy día diseñado, estructurado y conectado con la sociedad, cumple con su función primordial, junto con las familias, de formar personas responsables que se sientan valoradas e integradas social y laboralmente en su contexto social. Mi opinión sobre esta cuestión central es rotunda: que la política educativa aplicada no es la correcta.

Y digo por qué. En España, tras el periodo dictatorial, se pusieron en marcha una serie de reformas educativas que no han dado los resultados esperados, entre otras cosas, porque los partidos políticos que se han turnado en el gobierno se sirvieron y se sirven de la educación para promocionar su ideología social, pero jamás percibieron la educación como el instrumento necesario para formar personas libres, creativas, sensibles, independientes y críticas, que es precisamente lo que necesita un país para progresar tanto en los social y moral como en lo económico.

Tras este fracaso de continuas reformas educativas, que además se han escorado hacia un paradigma claramente economicista, ahora tenemos una maquinaria educativa que centra casi todos sus recursos en, por un lado, homogeneizar culturalmente al alumnado en los procesos productivos y consumistas modernos, y por el otro, en que apruebe los exámenes pertinentes para promocionar curso y expedir los títulos oficiales, de ahí la proliferación de academias por doquier. Tantas hay, que se podría decir que el sistema educativo es malo o bueno en función del número de academias que demandan las familias.

Sin embargo, fuera de las aulas, cuando los alumnos terminan su formación y se adentran en el terreno laboral y social, observan perplejos que su esfuerzo durante tantos años dentro de los recintos escolares, no es recompensado ni suficientemente valorado en la 'jungla económica', y no precisamente por falta de cualificación o títulos académicos. Ante este estado de hechos, el sistema educativo es más una fábrica de producir jóvenes frustrados y desalentados, que un incentivo generoso que los Estados brindan a sus generaciones para poder progresar y mejorar la sociedad. Si a esto le unimos la total carencia de una educación más humanista que enseñe a pensar, a reflexionar, a ser críticos y responsables del presente que toca vivir, formamos el cóctel perfecto para que se produzca el fracaso social del país. La eliminación de las materias filosóficas en los currículum escolares es el ejemplo perfecto de la tendencia y la visión de quiénes ejecutan la política educativa.

Por eso, repensar para qué sirven los sistemas educativos se hace hoy día imprescindible si pretendemos con sinceridad y compromiso poner en marcha una política educativa que inocule en los jóvenes la honestidad, la curiosidad y la inteligencia. Y a la vez, ser capaces de lograr unos resultados educativos decentes que nos valgan para hallar de cara al futuro más inmediato los modos más ingeniosos de establecer unas instituciones que nos sirvan para prosperar no solo materialmente, sino para establecer una prosperidad moral y cultural que no renuncie a las tradiciones jurídicas y éticas más comprometidas con el bien de la humanidad.

La historia de la educación nos enseña que esta siempre ha sido inherente a un dilema ético que en nuestro tiempo se ha acusado hasta límites insostenibles: educación utilitaria versus educación humanista.

Resolver este dilema o al menos conciliar estas dos visiones educativas es el primer escollo para poder cimentar la estructura de un sistema educativo fiable. Decantarse por un modelo u otro no es tarea sencilla, e incluso sería un suicidio social decantarse en puridad por alguno de ellos, puesto que tanto uno como otro tiene sus aspectos negativos. Lo mejor, mezclarlos. Por eso, vencer los prejuicios ideológicos, controlar las emociones más primitivas y desechar los intereses partidistas debe ser una prioridad nacional para converger en un modelo que unifique lo mejor de estos dos paradigmas. Como epílogo a lo pronunciado, propongo lo siguiente: que cada uno de los que lean este texto, vayan alguna tarde al parque más cercano, observen a los chavales, y allí sentados en el banco más cómodo, pregúntense qué es lo que desearían esperar de esos zagales cuando sean adultos. Cuando hayan encontrado su respuesta más sincera, habrán respondido sin darse cuenta a la pregunta del título de este artículo.