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El hombre de las mil 'manifas'

Ramón Adell, en una calle de Madrid. Sus cálculos chocan casi siempre con los intereses políticos. :: elvira megías
Ramón Adell, en una calle de Madrid. Sus cálculos chocan casi siempre con los intereses políticos. :: elvira megías
  • Por la paz, contra el aborto, el 20-N, el 15-M... Ramón Adell se mete en todas las protestas. Es sociólogo y cuenta asistentes; sin pasiones políticas, solo con ciencia. Se ha llevado «un par de porrazos»

Lleva desde mediados de los años 70 de 'manifa' en 'manifa'. Ha estado en varias diadas y muchos 20-N, en huelgas generales y masivas demostraciones contra el terrorismo. No es que sea un chaquetero. No se moja. Jamás ha cogido un megáfono para corear consignas con que enardecer a las masas. Ha estado muy cerca del cuerpo a cuerpo entre policías y manifestantes, pero en casi 40 años solo le han caído «un par de porrazos». La palabra que mejor define a Ramón Adell Argiles es 'manifestólogo', aunque en su currículum dice que este catalán nacido en Reus en 1959 y residente en Madrid es profesor de Sociología de la UNED. «Reivindico que el recuento de manifestantes se haga de forma rigurosa, sistemática y pública», afirma. O sea, con más ciencia y menos política.

Nuestro panorama político no parece muy proclive a darle la benvenida al rigor y decirle adiós al 'ojímetro'. Un ejemplo reciente: como cada 11 de septiembre, la fiesta nacional catalana es una de esas ocasiones en las que el tamaño sí importa. Los independentistas quieren tenerla más larga cada año. El listón se puso alto: en 1977 los organizadores, eufóricos, cifraron en un millón y medio el número de asistentes y, claro, en años posteriores admitir una suma inferior suponía pinchar la burbuja. El primero en hacerlo fue el colectivo Contrastant, un grupo de profesores liderados, curiosamente, por el independentista Miquel Almirall. Mediante un minucioso análisis de las imágenes y los textos de los medios de comunicación, llegaron a la conclusión de que aquel día histórico se juntaron 266.689 personas. Muchas, muchísimas, pero seis veces menos que en los titulares.

Han pasado cuatro décadas y casi nada ha cambiado. Hace tres semanas, la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural aseguraban haber congregado a 955.000 almas en las cinco marchas simultáneas de Barcelona, Tarragona, Lérida, Berga y Salt. Un profesor de la Universidad de Barcelona redujo la cifra a 625.000 y el Gobierno central, a 370.000. La novedad de esta Diada fue que la constitucionalista Sociedad Civil Catalana, harta de la inflación de las cifras de los últimos años, encargó el cálculo a una entidad extranjera, ajena a los intereses políticos patrios. Y el profesor Haroon Idrees, del Centro para la Investigación en Visión Computerizada de la Universidad de Florida (Estados Unidos), bajó los humos de los promotores: según su estudio, las cinco ciudades reunieron solo a 292.000 sujetos. Los investigadores obtuvieron una secuencia de fotografías panorámicas y, usando Google Maps en 3D, procesaron las imágenes para hacer un cálculo de la densidad media en cada tramo de las distintas marchas, divididas con una cuadrícula.

Las bases de este método de conteo ya las recogía Ramón Adell hace unos años en un artículo publicado en la revista 'Empiria'. Calcular el área ocupada por la manifestación y multiplicar la cifra por el número de personas que entran en cada unidad de superficie parece sencillo, pero da lugar a innumerables controversias. En primer lugar, hay que restar la zona no útil: árboles, mobiliario urbano, vehículos, claros entre la gente, público, Policía... Nunca falta el exagerado dispuesto a jurar que había 7 u 8 personas por metro cuadrado, imposible salvo que sean 'castellers'. En realidad, recuerda el sociólogo, en las zonas de máxima densidad puede haber hasta 4 individuos -por encima hay serio riesgo de colapso o avalancha-, pero normalmente son menos de la mitad, y si andan o está lloviendo y llevan paraguas, solo una por metro cuadrado.

Otra fórmula consiste en situarse en puntos fijos, determinar el número de sujetos que caben en el ancho de fila y registrar el número de filas. Se puede utilizar un contador manual de los que se emplean en locales comerciales o recintos deportivos para cuantificar los aforos.

El experto apunta otros criterios, como la suciedad -las toneladas de basura recogidas por los servicios de limpieza- y la violencia, si bien matiza que, para que una manifestación pacífica provoque destrozos basta la acción de un puñado de incontrolados.

El problema de la 'manifestometría' no es exclusivo de España. En Londres se experimentó un arco de recuento electrónico para determinar el respaldo a la que algunos consideran la mayor manifestación de la historia del Reino Unido: la marcha en defensa de la caza del zorro, el 21 de septiembre de 2002. Los partidarios de esta tradición, llegados de todos los rincones de la Inglaterra rural, marcharon durante ocho horas entre Hyde Park y Whitehall, sede del Gobierno. Eran 407.791.

Un millón, la cifra mágica

Lo malo de la guerra de cifras es que la gente tiende a hacer la media entre el número que ofrecen los organizadores, la Policía, el Gobierno y -cuando se mojan- los medios de comunicación. Y el resultado dista mucho de ser fiable. «Si son 110 de los nuestros decimos que había 'varios centenares' y si son de los otros, 'algunas decenas'», ironiza Adell.

Por ejemplo, recuerda, durante la dictadura las concentraciones de adhesión a Franco reunían siempre a «un millón de españoles» en la plaza de Oriente. Llegó la democracia y la prensa libre informó de que en ese recinto no cabían físicamente más de 300.000 franquistas. Pero la cifra de los seis ceros sigue siendo mágica y los medios la han utilizado con excesiva alegría y poco rigor una treintena de veces. «Si se parte de un error inicial, la borrachera inflacionista es enorme», alerta el experto, convencido de que en la historia solo ha habido «dos o tres ocasiones» en las que un millón de ciudadanos se han echado a la calle en pos de una idea. La más memorable, la manifestación tras los atentados terroristas del 11-M de 2004 en Madrid.

A Adell le atraen los fenómenos de masas desde que, siendo él muy joven, su padre llevó a casa el panfleto de un partido aún ilegal. Desde entonces no ha parado de coleccionar carteles, programas, chapas y pegatinas y en su base de datos hay 12.000 archivos. Suele ir en su vespa, para sortear barricadas y no quedarse «pillado en un follón». «He estado en cerca de mil manifestaciones. En algunas, muy a gusto y en otras, incómodo», admite.

Pero no se queda en la hojarasca: «Me interesa el aspecto histórico: estudiar un conflicto social, ver cómo empieza, cómo acaba, qué se consigue...». ¿Y se consigue algo? «Más que no manifestándose», replica este teórico de las multitudes, quien asegura que las protestas son «un laboratorio natural para estudiar los fenómenos sociales». En democracia, reconoce, hay que contar los votos, pero el ruido también importa.

No se trata solo de numerar a la gente: hay que saber interpretar a cuántos representan los que salen a la calle. No siempre están todos los que son. «A veces me impresiona más una protesta de 200 trabajadores de una empresa de 220 que una de 30.000 personas en una ciudad de varios millones». Cita ejemplos que ponen los pelos de punta, como el de la concentración en repulsa por el asesinato a manos de ETA del guardia civil Juan Carlos Beiro en Leiza, un pueblo navarro de 3.000 habitantes gobernado por Batasuna. Había 57 manifestantes, incluidos los escoltas. Era el 25 de septiembre de 2002, pero como esa hubo cientos. Lo cuenta Ramón Adell.