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Una ciudad bajo techo

Santuario del ayatolá Jomeini, a las afueras de Teherán, un mausoleo de mármol y cristal digno de un profeta.
Santuario del ayatolá Jomeini, a las afueras de Teherán, un mausoleo de mármol y cristal digno de un profeta. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO GARCÍA
  • Entramos en el mayor edificio del mundo, una mole que esconde un centro comercial, parques temáticos, dos hoteles, una universidad, cientos de oficinas y hasta una playa artificial. Está en China, claro

El ser humano puede satisfacer todas sus necesidades sin salir jamás del New Century Global Center (Centro Global para el Nuevo Siglo) de Chengdu. Desde trabajar hasta tumbarse en la playa, pasando por estudiar en la universidad, dormir, comer o ir de compras. Todo bajo el mismo techo y a una temperatura constante durante todo el año, día y noche. Sin duda, podría ser el escenario perfecto para rodar una apocalíptica película ambientada en un mundo difícilmente habitable, al estilo del que refleja 'Elysium'. Pero no es necesario echar mano de la ficción ni viajar al futuro para entender por qué esta ciudad del centro-sur de China ha decidido construir el mayor edificio del mundo: la contaminación a veces es tan elevada que respirar daña gravemente la salud, los eternos atascos hacen que moverse sea un suplicio, y el mar queda a más de mil kilómetros de distancia.

Una ciudad bajo techo

En el Global Center el aire está filtrado, no faltan cristalinos amaneceres y atardeceres -proyectados, eso sí, en una gigantesca pantalla de 150 metros de largo-, y como mucho hay que caminar unos cientos de metros para llegar a cualquier destino. Quien se canse puede incluso subirse a uno de los trenes eléctricos que van de un lado a otro para gozo de los más pequeños, o utilizar los monopatines eléctricos que la empresa local Nineboot ofrece a sus clientes para rodar sobre el impoluto mármol que recubre el suelo y las paredes de esta gigantesca mole. Así, parece lógico concluir que no hay ninguna necesidad de aventurarse al exterior.

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Cifras mareantes

Las magnitudes del edificio abruman. Su superficie útil cubre 1,7 millones de metros cuadrados, suficiente como para albergar cuatro ciudades como el Vaticano y casi todo el territorio de Mónaco; mide medio kilómetro de largo, 400 metros de ancho y 100 metros de alto; tiene 22 pisos en el punto más alto, y las entradas se han dividido en diez números de la calle Jinyue Oeste; en su interior se esconden un par de hoteles de lujo con 2.000 habitaciones, un pueblo al estilo mediterráneo, un cine IMAX con 14 salas, una pista de patinaje sobre hielo con tamaño suficiente como para acoger competiciones internacionales, una playa artificial de 5.000 metros cuadrados bañada por olas artificiales, e incluso un circuito para hacer rafting en una balsa o para practicar surf.

Pero, como no podía ser de otra forma en la China del siglo XXI, el corazón del edificio está formado por nada menos que 400.000 metros cuadrados de un espacio comercial con sobredosis de dorados en el que tienen cabida cientos de multinacionales locales y extranjeras. El objetivo es lograr que la población china abra la cartera, y para ello hay que invertir a lo grande. Aunque el presupuesto del proyecto no se ha hecho oficial, diferentes estimaciones cifran en unos 5.000 millones de euros el coste del edificio, que se construyó entre 2010 y 2013.

Sin duda, es una suma demasiado golosa como para que los corruptos que siempre andan al acecho del sector inmobiliario no se hayan aprovechado de ella. De hecho, ha sido esa lacra, y no su tamaño, lo que ha provocado la mayor polémica relacionada con el Global Center. Tanto su promotor, el millonario Deng Hong, como 50 funcionarios fueron detenidos por presunta apropiación indebida de fondos públicos, evasión fiscal y fraude en la recalificación de terrenos. La operación policial se llevó a cabo poco antes de la inauguración, que tuvo que ser aplazada a pesar de que ello supuso el bochornoso traslado a última hora de la prestigiosa conferencia Global Fortune 500. De esta forma, el 'paraíso de temperatura controlada' que Deng quería erigir quedó deslucido incluso antes de su apertura. A la postre, ha supuesto la tumba financiera de su creador.

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Ni lluvia ni polución

Pero nada de eso importa ahora en el interior, que bulle con una frenética actividad. Es el destino perfecto para familias con hijos, parejas jóvenes e incluso ancianos. Sobre todo en fines de semana y días festivos, el parque acuático se llena de niños que ven una playa por primera vez, aprenden a nadar ataviados con todo tipo de dispositivos de seguridad a pesar de que la profundidad de la gigantesca piscina no supera los 1,2 metros, disfrutan de toboganes imposibles que caen desde 40 metros de altura, y caminan en bañador o albornoz por los establecimientos de Etam o GAP.

«Es un magnífico lugar para pasar un día entretenido cuando la contaminación es muy alta, hace mucho calor o llueve a cántaros, lo que equivale a 300 días al año», ironiza una de las responsables del departamento de Marketing del Global Center. «También lo consideramos una buena opción para desconectar del estrés de la ciudad y disfrutar de un par de días de relax sin ir lejos. Además, los establecimientos ofrecen todo tipo de precios, por lo que no se trata de un lugar elitista sino destinado a todos los públicos», recalca.

A vista de pájaro, el paisanaje que desfila bajo la gigantesca cúpula central de acero y cristal le da la razón: hay desde clientes del Hotel Intercontinental de cinco estrellas que disfrutan de generosas suites hasta comensales del McDonald's que se llevan la hamburguesa a los bancos corridos situados frente a la playa para disfrutar de las vistas. Aunque sean tan artificiales como las enredaderas de plástico que cuelgan de los balcones, claro.