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Una mujer de bandera

Una mujer de bandera
  • Hillary Clinton opta por los colores de la enseña de EE UU en sus citas estelares. En la última se vistió de rojo pasión para anunciar a Trump que iba dispuesta a dar guerra

El lunes por la noche, Hillary Clinton se enfrentó al candidato republicano Donald Trump en el primer debate presidencial televisado a toda la nación vistiendo un traje de chaqueta y pantalón de un rojo intenso firmado por Ralph Lauren. El 13 de junio del pasado año, la noche en que arrancó su campaña electoral en Nueva York, escogió un conjunto azul pastel del mismo diseñador. Y cuando en julio aceptó la nominación como candidata a la Casa Blanca por el Partido Demócrata, se presentó en la convención vistiendo un modelo blanco impoluto... de Ralph Lauren. La candidata quiso envolverse, en los tres momentos estelares de su carrera, en los colores de la enseña americana. Hillary Clinton es una mujer de bandera.

Ella partía en la velada del lunes con una cierta ventaja sobre su oponente, y supo aprovechar su baza: mientras Trump se veía constreñido a los tonos oscuros y sobrios del traje reglamentario, con la única posibilidad de extraer una nota de color a su corbata -optó por el azul celeste- o al tinte amarillento de su pelo, ella gozaba de libertad absoluta para sacar partido a todas las gamas del arco iris. Mucho más que un detalle estético, ya que, como bien saben los politólogos y los vendedores de seguros, el modo en que se presenta en público una persona mediatiza enormemente nuestra percepción de ella, su mensaje y su credibilidad.

Y nada deja a la casualidad una mujer que preparó el debate intensamente -como llegó a reprocharle su contrincante en tono dolido-, hasta el punto de ensayar horas y horas con el actor Alec Baldwin en el papel de Donald Trump, empaparse meticulosamente de todo tipo de datos y debatir con una legión de asesores el matiz de su peinado y la intensidad del maquillaje.

La elección del rojo pasión del vestido era un mensaje y una declaración de intenciones. El mensaje decía que su propietaria se había recuperado del brote de neumonía que la apartó de la campaña por unos días y sembró dudas sobre su fortaleza. La declaración, que llegaba dispuesta a dar guerra. «El color está muy bien elegido. En mi criterio proyecta vitalidad, fuerza y capacidad de lucha, algo que se había cuestionado», valora el modisto bilbaíno Javier de Juana.

Antón Castromil, profesor de Opinión Pública y Comunicación Política de la Universidad Complutense, se muestra escéptico y bastante crítico con «esos asesores de una política 'soft' que enfatizan en el color de la corbata. Yo tiendo a pensar que la política es mucho más que esas anécdotas, que en principio afectan más a la farándula que a la intención de voto». En este caso, sin embargo, admite que la estrategia de los republicanos de situar a Hillary como una mujer enferma y débil, blandiendo historiales médicos, puede haber sido determinante en la elección del vestido. «El color vivo refuerza el tono de piel y la sensación de que está en plena forma», admite. Y se alinea con la recomendación de los asesores de imagen que tratan de desterrar -con escaso éxito- los aburridos grises y negros de las chaquetas de los políticos porque reflejan en sus rostros un cariz macilento.

Vestida para eclipsar

«El rojo vivo combina a la perfección con el cutis pálido y el cabello dorado de Hillary y le permite pintarse los labios de rojo sin que quede raro», apunta la catedrática de Historia de la Moda en la Universidad de Barcelona Charo Mora. El 'total look' de combinar las dos piezas del traje en el mismo color es, en su opinión, otro detalle acertado, «porque estiliza muchísimo a una mujer que ya tiene cierta edad y añade un pequeño toque de coquetería. Ella no puede permitirse vestir como cuando era la mujer del presidente, porque ya no es la primera dama sino una mujer con poder. El traje pantalón es un traje de poder, pero la chaqueta, sin embargo, es femenina».

Los tonos intensos, por otra parte, confieren visibilidad, lo que tiene importancia cuando una es casi veinte centímetros más baja que su rival. La estadística demuestra que los candidatos más altos tienen mayores porcentajes de victoria que los más bajitos. De hecho, Hillary había pedido una peana más alta para compensar esta diferencia de estaturas, petición que fue rechazada por la Comisión de Debates Presidenciales. «Los contrastes cromáticos que acentúa la televisión hacen que el vestido rojo de Hillary capte la atención y eclipse a su oponente de forma muy efectiva», incide De Juana. «Ella tiene una imagen muy fuerte, cobra mucho protagonismo en el debate».

Tampoco es casualidad que Ralph Lauren se haya convertido en el modisto de cabecera de Hillary para sus intervenciones más importantes. Y no solo por tratarse del más conocido diseñador estadounidense. «Es un creador que se inspira en el rancho, en el rodeo, temas muy populares y profundamente indexados en la cultura norteamericana», señala De Juana. «Al vestir un modelo suyo, Hillary envía un mensaje con resonancias subliminales, entrañables para aquella audiencia. Además, esos volúmenes le van bien a una figura rellenita como la suya, le aportan un cierto movimiento; si el traje fuera más pegado se quedaría sin dinámica gestual. Un acierto». «El estilo sobrio, minimalista, es acertado», coincide Charo Mora. «No es más el vestido que ella».

Cuando Clinton arrancó su campaña que la llevará -confía- a la Casa Blanca, el tono azul de su atuendo transmitía un mensaje de esperanza.

Lo escogió cuando se convirtió en la candidata de su partido tras vencer en las primarias, como símbolo de la pureza y transparencia que debería guiar su gestión.

Denota determinación, vitalidad y ganas de pelea, cualidades que habían sido cuestionadas por Donald Trump.