Hoy

Neumonía, mentiras, corrupción y fruslerías

NO sólo España es un país de acusada polarización política. También en Estados Unidos cuecen habas. La campaña electoral yanqui, de la que sólo quedan cincuenta días, es un buen ejemplo. Los ataques entre los dos contendientes son despiadados. La señora Clinton, por ejemplo, normalmente más modosa que su contrincante, acaba de manifestar que una buena parte de los votantes de Trump son unas personas «deplorables». Lo que constituye una generalización insultante.

Hay con todo una diferencia en la pugna política entre los dos países. En Estados Unidos el arma arrojadiza es la falsedad, la mentira. En España, la corrupción.

Trump viene manteniendo que Hillary es la persona más mentirosa de Estados Unidos y la acusación hace mella en la opinión pública. Su marido Bill Clinton estuvo a punto de ser inhabilitado por mentir en el caso de la Lewinsky y, ahora, a Trump le ha venido de perlas la neumonía de su rival. El votante considera un tema serio la salud de la persona que vaya a ocupar la Casa Blanca pero lo más llamativo de la dolencia que aqueja a la candidata demócrata es que después de tener que abandonar, casi tambaleándose, el homenaje a la víctimas de las Torres Gemelas, su equipo mintió repetidamente sobre las causas de su espantada. Dijo que hacía demasiado calor, etc. Bill Clinton persistió en la mentira afirmando que su mujer tenía un constipado y que millones de americanos se constipan. Era burdo y rectificaron. Las encuestas muestran que sólo 35% de los americanos creen a Hillary honesta y los sondeos sobre intención de voto, aún dándola ganadora, han acortado peligrosamente la distancia con Trump.

Falsear a la verdad en Estados Unidos, en consecuencia, es nocivo políticamente. En España, el proyectil utilizado frecuentemente es la corrupción. Y esta semana al partido socialista le ha estallado uno gordo, la acusación del fiscal a Griñán y Chaves, nada menos que dos expresidentes de la comunidad más poblada de España y dos exministros del gobierno, por su actuación en el caso de los ERE andaluces.

La bomba es gorda por dos razones : los ERE, cualitativa y cuantitativamente son el mayor caso de sinvergonzonería política de la historia de la democracia. Desviar dinero de los parados, en la comunidad casi con más desempleo de Europa, para otros fines, algunos de ellos no santos, clama al cielo. Que la cantidad, según el fiscal, ascienda a más de setecientos millones de euros es aún más irritante. La segunda razón es que los socialistas y una buena parte de la oposición estaban disparando al gobierno, y dándose un festín, con Rita Barberá y de pronto les brota ante la opinión pública algo infinitamente más gordo. La exalcaldesa de Valencia puede haber estado implicada en el atentado de las Torres Gemelas, en el robo del tren correo de Glasgow y en el timo de las preferentes, pero hasta ahora se sospecha que lavó, para ayudar a su partido, «mil euros». ¿Qué es esto comparado con la utilización ilegal de 741 millones de euros después de que la Intervención General advirtiese a las autoridades andaluzas que se estaba actuando de forma totalmente impropia?

A pesar del ruido mediático, y de la cuestionada culpabilidad de los tres mencionados apuntados con el dedo, que, recordemos, gozan de la presunción de inocencia, es claro que el caso Barberá es calderilla ética comparado con el de los ERE.

Esto deja a los puristas socialistas -¿en qué lugar queda Susana Díaz que horas antes del pronunciamiento del fiscal aún decía, con el ansia que tienen todos los políticos españoles con hacer frasecitas, que Rajoy «estaba permitiendo que Rita se burlara de todos los españoles»?- un poco en pañales aunque defiendan con mucho más ardor a sus compañeros que los peperos a la Barberá. El argumento que utilizan, con todo, es un poco cojo. Yo estoy dispuesto a creer que Chaves y Griñán no se han llevado un duro. Sí, lo creo. Ahora bien, hay otras responsabilidades; parece bien claro que alguien se benefició, de forma indebida, de 741 millones gestionados por la Junta de Andalucía de la que eran presidentes. Fondos ingentes gestionados por personas de su estrecha confianza. En consecuencia, alguna responsabilidad política deben tener ellos y las otras veintitantas personas a sus ordenes mencionadas por el fiscal.

Los peperos, a los que les ha tocado la lotería con la decisión del fiscal, pueden argumentar ahora que Rita Barberá debe dejar el escaño pero que, a lo visto de lo visto, examen de los dos casos, cuantía de los fondos., ¿ por qué ella es una corrupta y el puñado de dirigentes andaluces son probos políticos por encima de toda sospecha? La diferencia, que esbozan algunos dirigentes socialistas, no se tiene de pie. Sería, en todo caso, en sentido contrario al que alegan.

Mientras en España seguimos erre que erre con la corrupción, otros temas pasan a segundo lugar en la prensa y tertulias. Dentro de unos años nos pasmaremos, y quizás avergonzaremos, del espacio que se ha dado al caso Barberá, una fruslería en momentos en que teníamos el pertinaz separatismo catalán, el paro, el déficit público, las serias advertencias de Bruselas, la amenaza islamista, la paralización de nombramientos importantes y, en definitiva, la salida de un bloqueo político del que el señor Pedro Sánchez no es el único pero sí el mayor responsable.