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Fortuna de espuma

Fortuna  de espuma
  • Los Carceller, dueños de Damm, han pagado 92 millones para evitar el juicio por el mayor fraude fiscal de España. Su riqueza arrancó con el abuelo falangista, que fue ministro de Franco y pionero «de la corrupción a gran escala»

Al abuelo Demetrio Carceller Segura le gustaba decir, mientras se fumaba uno de sus puros, que tanto él como sus empresas «vivían en España, pero no de España». Su frase resuena de manera especial esta semana, cuando su hijo y su nieto, Demetrio Carceller Coll y Demetrio Carceller Arce, han llegado a un acuerdo para evitar el juicio por el que, según la Fiscalía Anticorrupción, es «uno de los casos de mayor importe de fraude fiscal» cometidos en nuestro país: han pagado 92 millones de euros, han reconocido trece delitos contra la Hacienda Pública y se han librado de la acusación de blanqueo y de las abultadas penas de cárcel que solicitó inicialmente el ministerio público. La cuestión de fondo tenía bastante que ver con aquella cantinela de vivir en España y vivir de España: Carceller Coll simuló durante una década que estaba afincado en Portugal y el Reino Unido, para eludir así sus obligaciones tributarias, cuando en realidad seguía residiendo en Galapagar, provincia de Madrid.

Los Carceller poseen un patrimonio inabarcable, que se ha estimado en unos 3.000 millones de euros: son los principales accionistas de la cervecera Damm -con sus ramificaciones, como Cacaolat, Ebro Foods o la red de cafeterías Rodilla-, de la petrolera DISA -distribuidora líder de productos energéticos en Canarias y propietaria de 545 estaciones de servicio en todo el país- y de la constructora Sacyr. Es una riqueza pasmosa y relativamente joven: el famoso abuelo, Demetrio Carceller Segura, nació a finales del siglo XIX en Las Parras de Castellote (Teruel) y era hijo de un campesino que, cuando el niño tenía 6 años, emigró a Terrassa y acabó colocándose de bedel. Si nos atenemos a esa costumbre de considerar patriarca de una dinastía al primero que ha amasado una fortuna, como si cortásemos de un tajo la parte pobre del árbol genealógico, en el caso de los Carceller no hay lugar a duda: esa figura fundacional fue Demetrio Carceller Segura, falangista de primera hornada, ministro de Franco y corrupto de pro.

«Es uno de los grandes corruptos de la historia de España, inaugurador de la corrupción a gran escala dentro del régimen franquista. Era un oportunista sin escrúpulos, un pragmático absolutamente gazmoño, que aprovechó sus cinco años de ministro para acumular una gran fortuna. Similar, según algunas fuentes, a la que tenía el magnate Juan March. En la España de la autarquía, el racionamiento y el estraperlo, se enriqueció, básicamente, con sobornos y comisiones, puesto que no había ninguna transacción comercial, ninguna empresa ni industria viable, ni importación o exportación que pudiera realizarse sin la aprobación de Carceller. Las fábricas, por ejemplo, dependían de su voluntad, puesto que tenían hasta las horas de electricidad y las materias primas racionadas por el Estado», explica el periodista Miguel Ángel Ordóñez, que ha analizado su figura en el libro 'Dos siglos de bribones y algún malandrín', una crónica de lo que ha dado de sí la corrupción española desde el siglo XIX.

Aquel chaval que recogía melones y peras supo muy bien cómo maniobrar hacia la prosperidad: estudió ingeniería, se empleó en una modesta refinería, saltó a Campsa, le hicieron director adjunto de Cepsa, se convirtió en uno de los primeros afiliados de Falange y fue aclamado como el «cerebro económico» de los fascistas españoles. En 'Los banqueros de Franco', Mariano Sánchez Soler cuenta cómo el golpe del 36 sorprendió a Carceller Segura en El Escorial, zona republicana, así que estuvo caminando durante veinte días hasta llegar a Burgos. «En Peguerinos le ofrecí a un pobre hombre la oportunidad mejor de su vida -relataría después-, diez mil pesetas por un asno, y la dejó pasar: no será nunca nada». Él se situaba en el extremo opuesto a aquel labrador: era un aprovechador nato de oportunidades. Fue ministro de Industria y Comercio entre 1940 y 1945 y apostó primero por el apoyo a los alemanes -la venta de wolframio fue uno de sus grandes negocios, junto a la compra de oro a los nazis- para convertirse después en uno de los primeros partidarios de la aproximación a los aliados. En su anecdotario brilla un lance especialmente revelador, que retrata su actitud frente a la vida. En una ocasión, le pidió al agregado comercial americano que le consiguiese un Buick último modelo, pero con la condición de que quería pagarlo. El estadounidense le trajo el coche y, a la hora de cobrar, dejó el precio en unas testimoniales quinientas pesetas. Carceller Segura le entregó un billete de mil y, como el otro no tenía cambio, le dijo: «No importa, envíeme otro Buick».

Prohibido hacer fotos

Cuando salió del Gobierno, fue cobrándose favores y coleccionó asientos en consejos de administración. También compartió un escándalo de evasión de capitales con el padre de Jordi Pujol. Todo el mundo le atribuía una monumental fortuna, pero, según recoge Sánchez Soler, él se complacía en negar esa opulencia: «En Barcelona residen, por lo menos, ciento cincuenta ciudadanos perfectamente desconocidos del gran público que tienen fortunas muy superiores a la mía, sin que ello pueda significar que yo estoy descontento», dijo una vez. Su hijo y su nieto se encargaron de que esos ahorrillos no menguaran: Carceller Coll presidió el Banco Comercial Trasatlántico, que acabaría adquirido por Deutsche Bank, y Carceller Arce se ha encargado de diversificar y modernizar los negocios del clan. Formado en Estados Unidos y trilingüe (habla inglés y alemán), el tercer Demetrio preside Damm, la cervecera centenaria en la que su familia entró en los años 60, y es consejero de Gas Natural, Sacyr y Ebro Foods. Su perfil es el de un hombre reservado y huidizo hasta bordear la obsesión: su encuentro tradicional con los periodistas llega todos los años con la junta ordinaria de Damm, precedida siempre de un comunicado que prohíbe estrictamente hacer fotografías. Se sabe que Carceller Arce es amante de la ópera -forma parte de la junta de protectores del Teatro Real-, que es forofo del Real Madrid y que juega muy bien al golf, pero ha logrado mantenerse invisible para el gran público.

O, al menos, lo había logrado hasta estos últimos años, cuando el escándalo fiscal de su padre -del que se le considera cooperador necesario- y los 'papeles de Panamá' han dado a la familia una exposición indeseada. A Miguel Ángel Ordóñez, el cronista de la corrupción, esta situación le ha sorprendido solo a medias: «No es el primer caso que nos encontramos de segunda o tercera generación de corruptos del franquismo que se ve involucrada en escándalos de este tipo -comenta a este periódico-. Lo auténticamente sorprendente es que, siendo conscientes de la suciedad del origen de la fortuna familiar y con la política comunicativa tradicional de bajo perfil de los Carceller, hayan corrido el riesgo del escándalo, que no compensa en absoluto. Además, sin necesidad, porque el fraude es una minucia si lo comparamos con el patrimonio tan elevado que tienen. Solo es explicable por la sensación de ser una casta o pertenecer a una oligarquía intocable dentro de un sistema más corrupto de lo que imaginamos».