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Las evidencias del cambio climático y su impacto ineconómico

Miles de focas se mueren en la costa pacífica de EE UU, las sardinas cambian su fisiología y emigran al norte, los pescadores de vieiras se quedan sin trabajo, los parásitos las aniquilan. Grandes enfermedades de nombres pequeños brotan en un mundo globalizado, cerca de sesenta millones de personas ya ostentan el título de desplazados climáticos… La lista es muy larga, el tiempo muy corto, tanto en el que se han desarrollado esos agravios, como el que nos queda para reaccionar.

El ‘cambio climático’ está aquí, y ha venido no sólo para quedarse, sino para empeorar las cosas. Si el año 2014 nos dejó los registros de temperaturas por tierra, mar y aire, más altos de la historia conocida, 2015 empieza con la misma tendencia. A pesar del frío de los últimos días por estas latitudes del sur de Europa, enero de 2015 es ya el segundo enero más cálido conocido en los registros. Los eventos extremos parece que se desarrollan según lo previsto: son más frecuentes y violentos con los patrones climáticos trastocados. La geología ha cambiado.

Mientras países como Polonia, Rusia, Canadá o China han vivido un invierno templado, el vórtice polar ataca por segundo año consecutivo la costa este de EE UU, el Sahara registra medias irreconocibles por debajo de 4ºC y el polo norte por encima de 8ºC se derrite a velocidades nunca vistas. El río Ebro se desborda dos veces en un mes…

Entretanto la comunidad científica da voces de alarma, pero nuestros Gobiernos y burocracias sufren una sordera que se traduce en la más absoluta inactividad. El crecimiento económico se ha ido afianzado como el objetivo central del esfuerzo humano en este insólito planeta. Su motor ha sido el suministro de energía fósil fácil de obtener, la sangre geológica que ha movido y aún a duras penas mueve la economía mundial, pero con un grave inconveniente: la acumulación de emisiones de gases de efecto invernadero a causa de la combustión de ingentes cantidades de combustibles fósiles.

Lo hacíamos porque podíamos, porque la energía estaba tan a mano que era fácil su extracción, refinado y transporte, tres actividades que también requieren de energía para poder culminar y contribuir a nuestro desarrollo tecnológico, la agricultura, la sanidad, el bienestar, la cultura. El homo tecnologicus que aún habita este extraño planeta fue posible gracias al carbón, al petróleo accesible o al gas natural, energía solar fósil, acumulada hace millones de años y que nos hemos “ventilado” en unas décadas.

Pero el suministro que mueve nuestra maquinaria ya no está tan a mano, el coste energético y por lo tanto económico de la extracción, refinado y transporte es tan alto y con tantos efectos nocivos que el bienestar, la cultura, la sanidad, se resienten. Esta es la manera en que hemos traído a nuestra casa a este invitado al que hemos llamado ‘cambio climático’, pero que no venía solo, de la mano traía la destrucción de la Biosfera, en términos económicos: la deuda.

Y es así como desde la ciencia y no desde la economía, se está poniendo en tela de juicio el modelo económico actual. No hay otro mundo para seguir igual, ni físico, ni como enfoque sobrenatural; este último enfoque es en el que parece confiar una ciencia económica fiel a toda eficiencia, como si existiese alguna actividad económica capaz de crear energía por sí misma. La gran pregunta es cuándo habrá que pagar la factura. Y la factura de la era industrial ya ha vencido.

En general, la economía aún debe hacer frente a la realidad de que la actividad económica está condicionada por las leyes de la termodinámica. La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma, y lo hace en una sola dirección: de disponible a no disponible. Es especialmente notorio cuando los límites físicos para crecer ya se han sobrepasado.

En algún momento entre 2005 y 2008 alcanzamos el zenit del crudo, en 2010 con el auge de las costosas nuevas técnicas de extracción de hidrocarburos no convencionales comenzó una nueva época de escasez y de actividad ineconómica, la demanda de energía cae, los precios de las materias primas se volatilizan, pero cabe resaltar que en ese año más de la mitad de la humanidad comenzamos a vivir en ciudades, una nueva experiencia para la vida en el planeta.

La ciudad se convirtió en 2010 en la unidad estructural de una nueva era planetaria ineficiente, las ciudades, espacios de libertad y encuentro son más vulnerables, exigen cada vez más suministros y producen más desechos, la libertad y el riesgo se dan la mano, el crecimiento tiene límites.

Son límites que siguen siendo invisibles para la economía y de poco interés para políticos y ciudadanos. Las noticias de crecimiento esperado, crecimiento amenazado o crecimiento alcanzado, absorben la actualidad. El crecimiento es el santo y seña de las propuestas políticas, aquí y en todo el mundo, sigue siendo la solución aceptada para evitar la pobreza, la contaminación o la deuda. La cuestión es si verdaderamente se puede crecer, y la geología nos lo impone: si no queremos otra extinción, no; nos permite un crecimiento ineconómico, pero ella no ha pedido nuestra opinión.