Hoy

Escuelas segregadas

Si bien la Ley Orgánica de Educación, puesta en marcha por el anterior gobierno socialista no prohibía expresamente los conciertos con colegios que segregasen por sexos, el Tribunal Supremo interpretó, y así dictaminó en dos sentencias, que éstos eran incompatibles con una ley en la que se señalaba que no podía existir «discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición» en la admisión del alumnado en los centros.

Hace unos días hemos sabido que el gobierno de Núñez Feijoo, con agosticidad y alevosía, ha devuelto los conciertos que tuvo que retirar a cuatro de estos colegios. Esta vez sí ha contado con respaldo legal: la Lomce del inefable ministro Wert elimina la prohibición de subvencionarlos. Dice la Lomce: «No constituye discriminación la admisión de alumnos o la organización de la enseñanza diferenciada por sexos (.). En ningún caso, la elección de la educación diferenciada por sexos podrá implicar para las familias, alumnos y centros correspondientes un trato menos favorable ni una desventaja a la hora de suscribir conciertos con las Administraciones educativas o en cualquier otro aspecto».

Juzguen ustedes si no es un traje a medida para que los centros privados que segregan por sexos puedan ser subvencionados. No hay duda de que lo ha hecho un buen sastre, de los de antes, de los de toda la vida... Ironías aparte, creo que es importante subrayar que no se trata de una mera cuestión técnica solventada con un cambio de norma, sino que este hacer del ministro Wert tiene un trasfondo ideológico silenciado o enmascarado bajo diferentes argumentaciones. En efecto. Las posturas a favor de la educación diferenciada por sexos (así la denominan sus defensores y así se refiere a ella la Lomce) son diversas y de diferente naturaleza y se agrupan en torno a dos grandes bloques: por un lado quienes esgrimen razones de rendimiento escolar y logros académicos y, por otro, quienes aducen motivos de convivencia y clima escolar.

En el primer tipo de argumentos, destaca uno que se repite con insistencia en los últimos tiempos. Hace referencia a aquellas investigaciones que concluyen que las chicas que asisten a colegios solo de chicas obtienen mejores puntuaciones en matemáticas y ciencias que sus compañeras que asisten a colegios mixtos. Es cierto que existen estos trabajos, pero «olvidan» aportar una información crucial: se trata de colegios de élite a los cuales acceden niñas y jóvenes procedentes de familias con elevado capital económico y cultural. Este dato, junto a las peculiaridades organizativas de dichos centros, impide establecer una relación causal entre la segregación y la mejora en el rendimiento en las materias mencionadas; de hecho, la opinión más generalizada a tenor de toda la investigación sobre rendimiento escolar nos lleva a defender que esa mejora está asociada al origen social y a la organización y actuaciones del centro.

Otro de los planteamientos relacionado con el rendimiento académico es el de quienes defienden la separación por sexos solo en algunas actividades o materias concretas. No se trataría, por tanto, de centros de educación segregada sino de momentos de separación. Se argumenta que dado que chicos y chicas han desarrollado capacidades distintas a lo largo del proceso de socialización, si se les exige lo mismo las diferencias aumentarán; consideran que trabajando por separado en determinados momentos se conseguirá un mayor equilibrio en el grupo. Puede que este enfoque resulte atractivo, y desde luego familiar a nuestro sistema educativo que lleva años «sacando» de las aulas a algunos estudiantes por «razones» de apoyo educativo, pero estas prácticas son difícilmente sostenibles a la luz de las investigaciones educativas que enfatizan la importancia de la diversidad y la multiplicidad de interacciones como un elemento fundamental en los procesos de aprendizaje. El proyecto Includ-ed del VI Programa Marco de Investigación de la Unión Europea, por citar un ejemplo, ha evidenciado los beneficios asociados a los agrupamientos heterogéneos tanto para el alumnado más avanzado como para aquel con rendimiento más bajo.

El segundo bloque de argumentaciones para defender la educación segregada estaría relacionado con el ámbito de la convivencia escolar. Se trata de una mezcla de razones, bastante variopinta, como la que señala que la feminización de la docencia ha provocado una pérdida de valores asociados a la masculinidad que incluso explicaría en parte los peores resultados escolares de los chicos (ya advertí que las razones eran variopintas). Pero quizá la que ha adquirido más fuerza ha sido aquella que alude al «carácter violento de los hombres» y a la necesidad de crear entornos libres de violencia para las mujeres ¿Se imaginan ustedes que puesto que en los centros de trabajo se produce acoso sexual, hombres y mujeres trabajaran en lugares separados? No faltará quien vuelva a decir que lo mejor es que las mujeres renuncien a trabajar, o a estudiar, para evitar acoso o agresiones. No parece razonable y sí negligente, que nos preocupe que el sistema educativo sirva, por ejemplo, para preparar e insertar laboralmente a los chicos y chicas y no nos preocupe su inserción en una sociedad cuyos ámbitos son espacios de relación compartidos por hombres y mujeres; no parece razonable y sí negligente que con la creciente ola de violencia machista sigamos empeñados en alimentar el estereotipo y las visiones idealizadas o fantaseadas sobre los otros a fuerza de evitar construir espacios de diálogo y conocimiento muto entre los sexos. Finalmente, no parece razonable y sí negligente, que sin existir razones de carácter científico y ético para ello, haya quienes se empeñen en plantear escuelas que segregan y diferencian por sexos. Y todo ello con dinero público.