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Pase de pecho de Ferrera a 'Tasilla', ejemplar de Fuente Ymbro que le correspondió en suerte. / EFE

Machada de Ferrera, triunfo de Fortes

  • El torero extremeño fuerza sin duelo su reaparición solo cinco días después de la cornada de Olivenza

Después del paseo sacaron a saludar al tercio a Antonio Ferrera. Un detalle sentimental. Ferrera, herido solo el pasado sábado en Olivenza, vino convaleciente de la cornada. «Con la herida abierta», decían los clásicos de los toreros machos en tales trances. Una machada. Cojeaba ligera pero notoriamente. Aunque tuvo el detalle de ponerles tres pares de banderillas a cada uno de sus toros, no pudo esta vez alardear tanto como acostumbra: ni dobles quiebros en tablas, ni sus inverosímiles cabriolas o volatines en el balcón, ni carreras por delante. Los pares, de ejecución sencilla, fueron, con todo, de mérito. Crudo de varas, el cuarto de corrida se le vino con pies y fuerza, y Ferrera lo cuarteó con gran aguante en la primera reunión, prendió luego de poder a poder un segundo par perfecto y cerró con un regate por delante.

No le dolieron a Ferrera prendas. Ni siquiera la herida. Ni recuerdos amargos de episodios de sangre en este mismo circo de Valencia. De aquí se llevó en dos ferias de Julio sucesivas otras tantas cornadas graves. Hace de eso unos diez años. Y un detalle más entre torero y morboso: Ferrera vestía un terno azul cobalto y plata que para la ocasión le había prestado Niño de Leganés -Luis García-, el banderillero de 'El Juli' que, gravemente herido hace un año en Sevilla, ha tenido que retirarse. Era el traje de su última tarde de toros en Madrid en 2012. Estaba como nuevo.

Ferrera se trajo a Valencia el terno y al dueño, y al dueño brindó la muerte del cuarto toro. Lo hizo salir del burladero del callejón hasta el ruedo -como es de ley cuando el brindis es de torero a torero- y allí se abrazaron sentidamente. Imposible disimular la huella de su irreversible lesión del nervio ciático que precipitó su prematura despedida: Luis entró en escena y salió de ella cojeando. Muy emotivo para quienes estaban en el secreto.

Poca fuerza del primero

Tuvo muy poquita fuerza el primero de los seis toros de Fuente Ymbro, se acostó por las dos manos, llegó a sentarse dos veces, escarbó, se rebrincó y revolvió, perdió las manos al mínimo intento. Al toro le llegaba la sangre a la pezuña. Sería letal el efecto del primer puyazo. Una estocada baja. El cuarto, toro de particular bondad, fue la otra cara de la moneda: ritmo bueno, embestidas constantes, prontas, fiables. De largo se lo dejó llegar Ferrera en tres tandas sobradas en redondo. A pies juntos, con la zurda, toreó despacito. Acabó casi jugando. Un feo metisaca desdijo de todo lo previo. Y entre lo previo, la autoridad de Ferrera con el capote, su sucinta manera de lidiar y de fijar de salida tanto al toro endeble como al que no lo fue. Solo que este otro vino corrido al caballo de pica.

Además de astifina, buena y bella corrida de Fuente Ymbro, que se movió sin desmayo. No se esperaba tan clara, sino con el temperamento clásico de la ganadería, donde la sangre de Jandilla se ha ido haciendo agreste y ácida. Hasta este turno, en que brillaron por su bondad casi pastueña los tres últimos toros. Bondad también la del tercero, que se rajó sin remedio. Del aire algo bélico que dio a la ganadería fama se vieron dosis menores tan solo en el segundo de la tarde, que se jugó con mucho viento y fue, luego de escarbar con apetito, toro dócil.

Temerario, impávido, más ajustado imposible, Jiménez Fortes puso en vilo a la gente desde su primera aparición -un quite por chicuelinas en el segundo de corrida- hasta el trance final de atacar con la espada para hacer rodar al excelente sexto, que se llamaba Mimoso, y fue el más alto y montado de los seis de envío. De dulce el toro. Fortes le buscó en tablas las vueltas al tercero cuando se le rajó. El toro había apretado para adentros ya en banderillas. Habría convenido otro terreno. Faena más valerosa que de ideas. Con el sexto se acopló Saúl en una versión vertical, lacia y segura del toreo en redondilla rehilado, de suerte descargada pero muy ceñido, hilvanado, limpio casi siempre. El pecado de torear muy en uve con la izquierda. La virtud de la quietud. El descaro del toreo en bucles circulares no siempre logrados pero de efecto seguro. Sangre fría. Y, antes de la igualada, uno con la zurda de suma belleza. Música, música y más música. Puerta grande, que sonará. El toro del triunfo mayor se lo brindó Saúl a Ferrera. Un reconocimiento.

Correcto pero frío Joselito Adame. Jaleadísima su versión del quite de El Zapopán, con el que quiso romper el hielo y el fuego a la vez. En los medios pero sin romperse con el notable quinto de corrida. Buen oficio con el segundo, que no le consintió desplantarse. Una excelente estocada. Mucho bullir de capa. No perdonó ni un quite.